“Por primera vez había cogido el
gusto por la soledad. ¡Cuánto ayuda la soledad a poner en
orden la cabeza!
(Miguel Delibes,
La sombra del ciprés es alargada)
Todo empezó en la habitación de un hotel de playa, en el Puerto de Santamaría, tras una jornada de trabajo por Andalucía. En la soledad de la habitación Ernesto decidió ponerse a escribir el relato de su experiencia al lado de un hombre de negocios dueño de las empresas para las que trabajaba. Lo había pensado muchas veces en los últimos meses.
Un vaquero que se hizo millonario gracias al pelotazo con una empresa de comunicación. Treinta millones de euros fueron la condena final. Ernesto Navarro que trabajaba desde hacía más de seis años bajo sus órdenes no se lo podía creer. Acababa de escuchar la noticia por la radio, los informativos no dejaban de repetirla en cada boletín horario. Pensó que debía llamar a su jefe y buscó el número del móvil. Le saltaba el buzón de voz y sólo dejó un breve mensaje con la enhorabuena.
El pez chico estaba a punto de comerse al grande, sentenció finalmente en el cuaderno de tapas rojas.
Algunos de los adjetivos con los que sus enemigos le calificaban decían que era un hombre insaciable, rapaz y sanguijuela. Y quizá se quedaban cortos, pensó Ernesto cuando leía unas declaraciones en diarios digitales que enseguida se hicieron eco de la sentencia.
Los periódicos nacionales, en sus secciones especializadas, dedicaron también grandes titulares. Su perfil personal y profesional estaba muy cuidado, lo trataban de gran empresario, el de mayor éxito en España en los últimos años. Miembro del círculo de empresarios y de otros foros, a punto estuvieron de premiarle en alguna revista como Empresario del Año. No en vano don Cándido se había preocupado de compensar con extraordinarias campañas publicitarias a esos diarios de grandes tiradas y tarifas millonarias. También en las revistas más influyentes aparecieron anuncios a doble página. Algunas migajas para los emergentes diarios digitales les compensaba por tratarle con excesiva benevolencia, escribía sin parar en su cuaderno.
Las informaciones no se compran o se venden sino con campañas de publicidad a toda página y en color. No es necesario presionar de otra manera. Se trataba de un hombre hecho así mismo, siguió escribiendo con la Mont Blanc, curtido en la más dura escuela de la vida. Desde su más tierna infancia acarreando cántaros de leche de caserío en caserío. Bajito, de un metro sesenta, moreno y con poco pelo, con apenas estudios primarios y ex boxeador.
Estos detalles de su biografía los conocía de su propia confesión a lo largo de los almuerzos de trabajo que habían compartido muchas veces. Otras confidencias eran de Juan Aguirre, su amigo y compañero de la infancia, gerente de sus empresas. Juan permanecía ahora postergado y enfermo por el acoso sufrido durante un año. Trataba con la misma distancia a sus rivales empresariales como a sus más directos colaboradores o empleados. Incluso peor a estos últimos. Por eso, si lo conocieran-pensó Ernesto- no se utilizarían expresiones tan halagadoras en los medios de comunicación. No entendía como era tan mezquino cuando, por fín, la vida le había sonreído con tanta generosidad.
En la soledad del apartamento, junto a la playa, Ernesto había decidido contar estas experiencias para convertirlas en una novela o quizá finalmente llevarlas a la práctica. No le resultaría sencillo y le podía costar su puesto de trabajo si llegara a sospecharlo. Por ello, no habló del proyecto ni con su mejor amigo, Carlos. Ni siquiera con su mujer. Guardó con mucho celo aquel secreto que escondía finalmente la intención de acabar con él.
Pensó en varios títulos para su obra: “30 razones para matar al jefe” o “Cómo acabar con el jefe". Consideró que resultaban demasiado explícitos y que ya se le ocurriría algo. Ahora lo importante era seguir dando forma al proyecto y plasmarlo en los escritos que recogería en su cuaderno-diario. No descansó en casi toda la noche confeccionando un esquema con las historias que se le agolpaban. Ernesto rememoró cómo se inició en los medios logrando unas concesiones que nunca llegó a explotar y la creación de una gran compañía a nivel nacional más tarde. La elección de una nueva marca comercial resultó innovadora. Finalmente firmó un contrato millonario y leonino con una gran empresa a la que estuvo a punto de arruinar. Era como el inquilino que se encuentra de prestado en una casa, en donde no paga ni el alquiler, ni los gastos de comunidad y que al final se queda con el piso.
A cualquiera le gustaría disfrutar de una situación semejante en los negocios o en la vida cotidiana. Pues así funcionaba en los negocios su jefe, escribió Ernesto. Pero ¿cómo lo conseguía? Ernesto dudó si sería capaz de explicarlo y que fuera verosímil. Conoció a personas que le vieron ascender y que no daban crédito a su éxito. Lo recordaban como una persona trabajadora pero escasamente preparada y ruda en el trato. ¿Cómo había logrado alcanzar ese estatus en los medios de comunicación? No tenía estudios ni pertenecía tampoco a ninguna familia influyente.
En los
años 80, en plena carrera por
abrirse un hueco en los medios audiovisuales, había conocido a don Cándido,
como gustaba que le llamasen. Se iniciaba en una actividad
totalmente desconocida para él, cuando Ernesto dirigía entonces una pequeña
emisora de provincias. Le pareció un hombre campechano, un poco
tosco en el trato pero aparentaba sinceridad. En
realidad era un hombre de paja en un conglomerado
político-empresarial. Y el hombre
de paja se hizo fuerte y habitó entre nosotros, tituló Ernesto en
su diario.
Su
táctica siempre se basaba en obtener ventajas, concesiones o
prebendas de manera gratuita para explotarlas con el menor riesgo
económico, sentenció finalmente
Ernesto en esa primera noche en la que inauguró su diario.
Todo
era virtual en las empresas. Desde
la sede social situada en una gran avenida de la capital de España hasta el número de trabajadores
que apenas sumaban varias decenas en todo el país. La sede servía sólo como dirección postal donde llegaba todo el correo. No había oficinas de trabajo, ni apenas empleados.
Ernesto
tenía curiosidad por conocer que se escondía en esa misteriosa
dirección de correo. Por eso se escapó en cuanto volvió a Madrid tras su
periplo viajero por el sur.
Desde la Plaza de España subiendo en dirección a Callao, junto a una boca
de metro, se encontraba la misteriosa dirección. El inmueble no era
de los más lujosos de esa zona. Más bien al contrario, antiguo y un
poco desconchado.
En la puerta, muchas placas doradas daban cuenta que el edificio albergaba sólo oficinas y despachos. Ninguna señal exterior o en el directorio del portal mostraban signo alguno de lo que buscaba. Entró decidido hasta el final del estrecho pasillo que desembocaba en un patio amplio. Allí en medio, un mostrador semicircular abarrotado de sobres que trataba de ordenar un portero. Se dirigió al enchaquetado que se afanaba en colocar la correspondencia en montoncitos con una goma.
En la puerta, muchas placas doradas daban cuenta que el edificio albergaba sólo oficinas y despachos. Ninguna señal exterior o en el directorio del portal mostraban signo alguno de lo que buscaba. Entró decidido hasta el final del estrecho pasillo que desembocaba en un patio amplio. Allí en medio, un mostrador semicircular abarrotado de sobres que trataba de ordenar un portero. Se dirigió al enchaquetado que se afanaba en colocar la correspondencia en montoncitos con una goma.
-Hola, buenos días, le dijo Ernesto.
-Buenos
días, le respondió el portero sin levantar la vista de su tarea.
-Estoy
buscando las oficinas de don Cándido de Blas.
En ese momento, al oir el nombre se quitó las gafas que sostenía en su pequeña nariz y se puso a la defensiva.
-Y para
qué quiere Vd. saber dónde están las oficinas de don Cándido de
Blas.
-Bueno,-le contestó Ernesto que llevaba preparada la respuesta-
soy funcionario de la inspección de telecomunicaciones y
quisiera verle. Creo que es el administrador
único y propietario de sesenta y cinco emisoras que el Ministerio
quiere inspeccionar y no hay manera de dar con él.
El
portero carraspeó sorprendido y le confirmó que en esta dirección
sólo se recogía la correspondencia oficial de sus empresas que
luego enviaba a otro domicilio. Miró en una
agenda y le indicó las señas exactas. Ernesto ya
había conseguido averiguar el escondite legal de su jefe.
Cuando se lo contó a su amigo Pepe y también su intención de escribir sobre ello, éste torció el gesto y le aconsejó que no lo hiciera.
-Es capaz de todo, es muy vengativo y haría todo lo que
estuviera en su mano para impedirlo, le advirtió muy serio.
Pepe
Fernández era su amigo además de su compañero de trabajo, hacía muchos años. Él llevaba una década con don Cándido y lo conocía mejor.
-Yo
cuando me vaya de aquí no quiero saber nada de él, le dijo Pepe.
No diré ni que le he conocido. No me fío...
No diré ni que le he conocido. No me fío...
Parecía una
premonición, unos meses más tarde Pepe dejaba la empresa deprisa y
corriendo, casi sin avisar.
A Ernesto le
sorprendió el temor que le mostró su amigo e intentó sonsacarle más información.
-
Pero que me va a pasar...me va a partir las piernas, afirmó en
tono jocoso para tratar de distender el ambiente.
-
No te diría que no, le cortó.
-
Mira-continuó Pepe- y esto lo negaré a quien me lo pregunte. Yo he visto aquí
cosas increíbles...He contratado a un investigador
privado para que siguiera y controlara a un juez…
-
¿Qué me dices?, respondió Ernesto sorprendido.
-
Bueno, no te digo nada más, porque no quiero involucrarte en algo
muy oscuro, sentenció Pepe.
-
Pero eso es muy fuerte…
-
Vamos a hablar de otra cosa, cortó. Sólo te digo y te aconsejo que te
olvides de él. Que hagas tu trabajo, lo mejor posible; y te vayas
buscando otro para salir de aquí en cuanto puedas. Yo, al menos es
lo que estoy haciendo y no me quedan muchos meses para marcharme.
-Si,
quizá eso será lo mejor, concluyó Ernesto para tranquilizarle pues
la conversación se había puesto tensa.
De esta
charla se habría de acordar muchas veces en los meses
siguientes. Primero, cuando algunos medios de comunicación publicaron
la noticia de un turbio asunto sobre un supuesto soborno a un juez. Pero sobre
todo cuando comprobó por sí mismo que su amigo llevaba razón en su análisis de
la situación. Las cosas no se ven claramente hasta que no nos
afectan directamente, en nuestras propias carnes. Por mucho que
seamos advertidos de antemano de los riegos.
Esto empiea a tener tintes dramáticos. Sigue, no nos dejes tanto tiempo sin avanzar en la novela.
ResponderEliminarBesos temerosos.
Gracias Isolda, intentaré no prolongar la espera de la próxima entrega.Aunque tengo que sacar tiempo para las correcciones y puestas a punto de los capítulos.
ResponderEliminarBesos cansados