lunes, 14 de enero de 2013

BESOS DALTÓNICOS (28)

                                                                    

Desconfío en la gente que cree tener muchos amigos. Es señal de que no conocen a los demás”

                                          (Carlos Ruiz Zafón, La Sombra del Ángel)





La juez de instrucción le recibió en su despacho. Se presentó acompañado del mismo letrado que asistió a Carlos. Contaba con la ventaja de que ya conocía el caso y las pruebas que esgrimía la policía. El primer tiro les había salido por la culata y no podían errar en otro más. Los medios de comunicación permanecían al acecho, ávidos de un nuevo escándalo de un magnate de la prensa que como un ídolo caído entró en desgracia de la noche a la mañana. La puesta en libertad de Carlos había sido comentada por periódicos, radios y televisiones, además de todos los confidenciales digitales dedicados a los medios de comunicación y de las empresas informativas.

El inspector Sánchez tardó en llegar más de lo que al juez le hubiera gustado teniendo en cuenta que era viernes y había planeado un largo puente en familia. Cuando se presentó le acompañaba el subinspector Álvarez que investigó los billetes del Ave de Ernesto.

A la misma hora, en una vieja cafetería del barrio de Vallecas, Daniel estaba a punto de hacer algo que no quería. Con un maletín de piel en la mano, guantes de cuero, abrigo de felpa marrón y una bufanda cruzó la puerta de un bar mugriento. Los cuatro clientes apoyados en la barra se volvieron nada más verlo entrar. En aquel ambiente no pasó desapercibido. Buscó la mesita junto a la cristalera, como le habían indicado en el e-mail. Estaba convencido que no acudiría nadie a la cita y que todo era una trampa. Un camarero se le acercó y le preguntó qué quería tomar.

- Un café cortado descafeinado de máquina, con un poco de leche fría; le dijo con un tic nervioso y todo seguido.
Miró el reloj por primera vez, pues había llegado un poco más tarde de la hora convenida.

La juez le tomó declaración a Ernesto. Repitió lo que había dicho al inspector. Que estuvo en Córdoba en una reunión de trabajo, que había dormido allí ese viernes y que a la mañana siguiente se volvió a Málaga.
Álvarez le miró a su jefe de reojo, con complicidad, convencido de que estaban a punto de cazarle. Ernesto prosiguió contestando las preguntas del juez y le entregó también los justificantes del hotel y los billetes. No disponía de más elementos que aportar salvo que se pidieran los testimonios de los empleados del hotel cordobés. Además, en su declaración argumentó a su señoría, que “por qué iba a querer matar al jefe. No tengo ningún interés en que le pase nada, me va todo muy bien en la empresa”, concluyó.

El inspector en su turno le rebatió con una rotunda afirmación:

- Pues porque usted supo que le iban a despedir, sentenció en presencia de la juez. La empresa estaba a punto de despedirle y usted lo sabía. Le iba a suceder lo mismo que su amigo Carlos. Y por eso usted tramó sólo o en compañía de otro, la forma de acabar con su jefe. Atropellándole con un coche, al lado de su casa. Usted conocía muy bien sus movimientos, no en vano llevaba los últimos años trabajando codo con codo a su lado.
La juez le interrumpió apremiándole a que aportara alguna prueba y que se dejara de especulaciones, más propias de una película que de la realidad. Entonces el inspector sacó unos documentos fotocopiados y se los entregó.

Habían transcurrido más de quince minutos sin que se le hubiera acercado nadie a su mesa. El café se lo bebió y pidió un vaso de agua fría. Se tomó una aspirina que llevaba en el bolsillo. Se disponía a llamar por el móvil a Sofía para comunicarle que todo había sido un engaño cuando entró por la puerta un joven cubierto con un pasamontañas y gafas oscuras que se sentó en la silla de al lado.

- Soy el testigo que tiene información para usted, le dijo secamente.
- ¿Ha traído el contrato?, continuó.
- Sí, claro, pero antes identifíquese usted.
- Eso luego. Antes quiero ver el contrato. Mientras tanto puede ver estas imágenes que tengo grabadas en mi móvil.
Le entregó un teléfono y Daniel sacó de su cartera unos folios a los que sólo les faltaba poner el nombre y la identidad de una parte.

La juez leyó las copias certificadas que con el logotipo de Renfe acreditaban que Ernesto Navarro había adquirido con su tarjeta de crédito, a través de internet unos billetes del Ave de Córdoba a Madrid y vuelta, para el viernes y sábado del accidente. La fecha de compra era justamente de un día antes.

- ¿Cómo me explica esto?, le preguntó la juez.
- Muy sencillo. En efecto, no puedo negar que compré esos billetes. Pero no llegué a utilizarlos.
- Y por qué no lo había dicho antes…
- No me pareció relevante. Es verdad que tuve la intención de volver a Madrid aquella noche, pero no lo hice. Me quedé en el hotel…
- Y cómo lo va a demostrar, interrumpió el inspector.
- No tengo que demostrar nada. En todo caso tendrán que ser ustedes...
- ¿Nosotros?
- No interrumpa, Sr. Sánchez, le dijo la juez. Prosiga Sr. Navarro.  
- Pues no llegué a coger ese tren. Me quedé dormido. Estaba muy cansado. Subí a la habitación y después de cenar algo, me puse a ver la televisión encima de la cama y me quedé dormido. Cuando desperté eran más de las diez de la noche. 
- Y eso creo que se podrá comprobar, intervino su abogado.  
- En efecto. Tiene usted razón, volvió a terciar la juez.
Y dirigiéndose al policía le dijo:

- Inspector Sánchez, han comprobado si Ernesto Navarro viajó finalmente en esos trenes. Que compró esos billetes parece claro con los documentos que han aportado. Pero que viajó realmente…Parece sencillo comprobarlo, basta con verificar si esos billetes se utilizaron y pasaron por los controles de acceso de las estaciones de Córdoba y Atocha. Habría testigos…cámaras en Atocha, no sé...
 
El policía titubeó. Miró a su compañero. Ambos pasaron por alto tan importante detalle confiando en que el descubrimiento de los billetes y su ocultación por parte del sospechoso era suficiente prueba para demostrar su culpabilidad. Otra vez se había equivocado.

En efecto, se pudo comprobar que en el listado de viajeros de Renfe no figuraba que los asientos 2 A del coche 7, hubiera sido utilizado ese viernes. Ni tampoco, por supuesto, el de vuelta el sábado en el coche 11 asiento 7B. Ambos habían sido presentados como prueba por la policía para justificar esos trayectos.

Las imágenes del móvil no eran muy nítidas, pero podía verse a dos jóvenes riéndose y bajándose de un Renault 19. Uno de ellos era el chaval que tenía enfrente. El otro incluso parecía más joven. Se les veía como los jóvenes miraban el golpe en el coche y tocaban las manchas de sangre de la carrocería. Le quitó el teléfono y leyó el contrato.
A Daniel no le cabía ninguna duda, ambos jóvenes eran los que atropellaron a don Cándido. Dos menores delincuentes que pretendían ahora aprovecharse de la situación y encima cobrar un buen dinero.

- Pero vosotros habéis cometido un atropello que está a punto de matar a una persona muy influyente y rica, que puede acabar con vosotros.
- Qué te pasa tío. Yo no he sido. Era mi amigo el que conducía el coche. Íbamos bebidos a toda leche por la calle y ese pavo se nos cruzó en la carretera. No pudimos hacer nada.
- Ya, pero os disteis a la fuga y seguro que tampoco tenéis carnet de conducir.
- Y qué más da… Si somos menores de edad. Mi amigo tiene quince años… Y además yo estoy colaborando con la justicia, ¿no?
- ¿No estoy contando lo que pasó?, le dijo acercándose a su cara.
- Pero eres cómplice de un delito…
- Anda tío, dame ese papel que yo he cumplido con mi parte. Si quieres saber como se llama el otro y donde vive págame lo que me debes. O si no, tendré que ir yo al juez a contarlo todo…Y a la prensa también. Lo mismo me pagan una pasta por contarlo en exclusiva en la tele… Con estas imágenes quedará muy guai…y tengo más minutos grabados.
La familia no estaba para más escándalos. Había que cerrar el caso cuanto antes. La prueba que aquel chaval les proporcionaba pondría punto final a la investigación judicial. Todo había sido una pesadilla…

Las empresas finalmente se vendieron a una multinacional que pretendía introducirse en el mercado español. Los directivos que quisieron marcharse fueron indemnizados con importantes sumas. Don Cándido permaneció en coma durante casi un año y falleció finalmente.

El joven que conducía el coche estuvo internado durante dos años en un centro especial para menores. Su amigo cobró la recompensa y luego se la repartieron.

Los medios de comunicación recogieron con grandes titulares la resolución del caso. Los jóvenes hicieron declaraciones en las televisiones pidiendo perdón. Aducían que solo quisieron dar una vuelta con el coche que encontraron abandonado. Que estaban bebidos y no sabían lo que hacían.

La delincuencia juvenil había sido la causante del accidente mortal. El asunto se acalló unas pocas semanas después. Como un mal sueño. Como un sueño equivocado. Así se sintió la familia de don Cándido de Blas cuando despertaron al día siguiente de enterrarle en su pueblo natal, en la montaña, en una tarde lluviosa. En la que los colores se confundían a través de las nubes que dejaban pasar un rayo de luz.

miércoles, 9 de enero de 2013

BESOS DALTÓNICOS (27)

- Hay seres humanos que no pueden ir a Fantasía, y los hay que pueden pero que se quedan para siempre allí. Y luego hay algunos que van a Fantasía y regresan. Como tú Sebastian. Y que devuelven la salud a ambos mundos”

                                           (Michel Ende, La historia interminable)





El juzgado de guardia le pasó el caso al de Instrucción número 8 cuando se presentó a declarar la mujer de Carlos. Habían transcurrido sólo unos días desde su encarcelamiento. El auto de prisión estableció una fianza millonaria que no podían pagar, pero fue recurrido ya por su abogado. 
 
En el escrito se aportaban las pruebas que demostraban que el matrimonio estuvo en el balneario gallego de la Toja durante cuatro días, entre ellos el del accidente. Se adjuntaban copias de las facturas del hotel, con llamadas telefónicas realizadas desde la habitación durante esos días y la referencia de los testimonios de empleados que podrían certificar ante el juzgado. Además, argumentaba el abogado, que resultaba de todo punto imposible desplazarse desde la isla de La Toja a Madrid sin que se enterasen en el hotel o notasen su ausencia. En coche se tardaban más de siete horas para cada trayecto, pues la salida y entrada a la isla hasta llegar a Pontevedra resultaba complicada. Y luego, al menos otras seis horas para llegar a la capital. Es decir, que hubiera necesitado más de un día fuera del balneario, entre la ida y la vuelta, para llevar a cabo el supuesto atropello. Y su ausencia la hubieran notado en el hotel.

El testimonio de Natalia ante la jueza fue muy convincente:

- Estuvimos descansando en el balneario durante cuatro días. Y como comprenderá no nos íbamos a ir hasta allí arriba, metidos en una isla para descansar, para volvernos a Madrid y perder un día entero…
- En esta época de temporada baja- continuó Natalia- había muy pocos huéspedes. Para el segundo día ya nos conocían todos los empleados del hotel. Ellos podrán confirmar que no nos movimos de allí en los cuatro días. Estábamos descansando, señoría. 
- Y qué hicieron en esos días, no salieron del hotel…
- Prácticamente no. Nos dimos unas sesiones de masajes, de tratamientos contra el estrés en el balneario, nos bañamos en la piscina climatizada todos los días…No sé, fuimos a descansar y sólo salimos alguna mañana antes de comer, a jugar al golf y a dar un paseo por la isla.

La juez de instrucción revisó el auto de prisión y leyó el recurso presentado por el abogado, junto con las pruebas aportadas. Solicitó que llevaran al detenido a su presencia de manera inmediata, para proceder a interrogarle. También habló con la comisaría para que se personase el inspector Sánchez.

A estas alturas, con la que se había liado en todos los medios, ni la juez podía aislarse del ruido mediático que se generó. No parecía sensato mantenerlo en prisión un día más a la vista de las pruebas y testimonios que se le acababan de presentar. El escándalo sería aún mayor en cuanto se conocieran estos nuevos hechos por todos los medios. Y seguro que se sabrían, pensó la magistrada, dada la difusión y alcance de que gozaba el caso.

El informe policial no disponía apenas de base. No entendía como su colega decidió mandarlo a prisión, eludible eso sí por una fianza, a la que tampoco podían hacer frente. Las supuestas pruebas eran circunstanciales que se caían con la versión del acusado y por las aportadas por su esposa y el abogado defensor. No había caso.
El inspector Sánchez fue sometido a un tenso interrogatorio del que salió mal parado. Ni siquiera las huellas encontradas en el interior de su vehiculo se podían certificar como recientes. Más bien parecían de muchas semanas, o quizá meses. Lo mismo se podría decir de las de Ernesto Navarro, al que la policía seguía buscando insistentemente.

- No me dirá, se dirigió la juez al inspector con tono airado, que la única prueba que tiene también contra el otro sospechoso es la misma que ha aportado contra Carlos Ferrín.
- No, señoría. Tenemos otras pruebas que demostrarán que Ernesto Navarro estuvo en Madrid la noche del accidente. Lo ha estado ocultando y mintiendo por lo que creemos que él está implicado en este caso.
- Pues, tráigamelo cuanto antes, que bastante ruido están haciendo ustedes con todo este caso.
- Estamos en ello señoría. No aparece, y lo mismo se ha dado a la fuga por la frontera de Portugal. Hemos establecido controles en las carreteras…
- No me cuente películas inspector, le cortó la juez.
- Localícenlo, deténgalo y me lo traen aquí con esas nuevas pruebas. Y no nos hagan perder más el tiempo y quedar en ridículo… Esto es todo.
El inspector Sánchez salió del juzgado con la sensación del boxeador noqueado. Había recibido por todos los lados. Seguro que la juez pondría en libertad a Carlos en muy pocas horas y se organizaría otro enorme escándalo en los medios. Sólo les quedaba darse mucha prisa con la detención de Ernesto. Otro error más le dejaría en muy mal lugar ante la familia de don Cándido y sus superiores.

Ernesto y su esposa permanecían mientras tanto refugiados en el apartamento de Barbate. Desde allí pudieron comprobar el enorme despliegue montado frente al Hotel Dos Mares en Tarifa, en donde se habían quedado sus maletas. Todas las televisiones conectaron aquella noche en los telediarios. ¡Cómo para presentarse en estos momentos! Seguro que a estas horas la policía habría registrado la habitación en donde se quedó su ordenador portátil. 
 
No sabían qué decisión adoptar y volvieron a hablar con el abogado. Éste le informó de la puesta en libertad de su amigo Carlos y de la intensa búsqueda de la policía que controlaba incluso la frontera portuguesa.

- Y si me presento en Madrid en el juzgado que está llevando el caso…
- Me parece una buena idea Ernesto, porque la juez está un poco mosqueada con la policía y te puede dejar en libertad en cuanto tenga alguna duda sobre las pruebas que presenten.
- Pues haré eso. Me iré en el Ave a Madrid y María volverá al hotel a recoger nuestras pertenencias. Y que sea lo que Dios quiera…
- No te preocupes Ernesto que te estaré esperando. Me llamas en cuanto llegues a Atocha y nos vamos al juzgado.

Así lo hicieron a primera hora de la mañana siguiente. Maria le llevó en su coche hasta la estación de Málaga y luego volvió al hotel de Tarifa. El viaje de vuelta se lo tomó con calma, esperando a que transcurrieran más de tres horas para que le diese tiempo a su marido de presentarse en el juzgado. En cuanto recibió el esemese de Ernesto - ya stoy en madri.todo ok.bsos - se dirigió al hotel de Tarifa que afortunadamente ya no ofrecía el despliegue de periodistas y cámaras de las jornadas precedentes.
La policía la identificó en cuanto dejó aparcado su vehículo en la explanada del hotel. Le acompañaron a la habitación a recoger sus maletas.

- ¿Donde está su marido?, le preguntó el subinspector malagueño que estuvo con Sánchez en la cita de la Carihuela una semanas antes.
- A esta hora supongo que compareciendo ante el juez en Madrid.
- ¿Cómo? Entonces no se ha dado a la fuga…
- Por qué se iba a fugar. No tiene nada que ocultar.
- Muy bien, recoja todos sus enseres y acompáñame a la Comisaría de Málaga.
- No puedo pasarme por casa y ver a mis hijos. O ¿es que estoy yo también detenida?
- No, de momento no. Bueno, le acompañaremos a Torremolinos y luego le diré qué hacemos. Tengo que hablar con mis superiores. Vámonos que ya hemos perdido bastante tiempo.
- Desde luego. Y encima no nos han dejado descansar...
El último parte médico del herido añadía más pesimismo a su estado de coma irreversible. La familia de don Cándido no tenìa ya ninguna esperanza. Reunidos en una salita anexa a la habitación de la UCI, Elisa con sus hijos y Daniel se consolaban mutuamente. Barajaron la posibilidad de trasladarle a la mejor clínica del país o del extranjero. No repararían en gastos si les daban alguna probabilidad de mejoría. Pero los propios médicos del hospital madrileño no aconsejaban siquiera moverlo de allí. Sólo cabía seguir esperando.

En ese momento entró en la sala de espera Sofía, con una leve sonrisa en los labios, desconocedora de las malas noticias que los médicos acababan de comunicarles. Llegaba sonriente porque de todas las llamadas recibidas tras los anuncios en la prensa, una de ellas mostraba una gran verosimilitud. Disponía del teléfono del joven que anunció conocer al conductor del vehículo que provocó el atropello. Lo había llamado más de cuatro veces en esa tarde pero no contestaba. Sin embargo, el joven se puso en contacto a través de un correo electrónico en el que ofrecía más detalles y proponía un encuentro con un representante de la familia. Lo malo era que pedía el pago de una cantidad por adelantado. Facilitaba un número de cuenta en donde hacer efectivo el primer pago, a cuenta del millón de euros prometido. Además, exigía que a la cita señalada para dos días después en una cafetería de Vallecas, acudiera sólo el portavoz de la familia con un contrato y las condiciones del acuerdo.

Daniel leyó el e-mail detenidamente y se lo pasó a Elisa. Reclamaba el pago de cien mil euros antes de la primera entrevista, a la que sólo podía acudir una persona. Antes, tendría que identificarse mediante una fotografía remitida también por e-mail. Si descubría que había policía en las inmediaciones, tampoco acudiría a la cita y se quedaría con la cantidad pagada a cuenta.

La propuesta no resultaba aceptable de ninguna manera y debía comunicárselo a la policía. Parecía un chantaje. Sin embargo, Elisa se adelantó a la opinión de Daniel y se mostró muy tajante.

- Daniel, prepara un contrato con las condiciones que ofrecíamos en el anuncio y transfiere mañana mismo ese dinero que pide.
- Pero Elisa, me parece una barbaridad…
- No admito reparos, tenemos que saber qué ocurrió de verdad aquella noche. Yo no puedo vivir con esta incertidumbre, con mi marido muriéndose y saliendo todos los días en los periódicos con escándalos…

En ese momento se echó a llorar en los brazos de Sofía, a la que se susurró al oído.

- Y tú Sofía, insiste con el teléfono y mándale mañana un correo adelantándole que estamos de acuerdo, pero que tenga cuidado y que no nos engañe. Porque si es así le localizaremos y entonces si iremos con la policía.
- Pero Elisa, lo que te quiso decir Daniel es que puede ser un engaño para sacarnos dinero…
- Me da lo mismo. Tenemos que intentarlo… Y se puso otra vez a llorar.

Aquella noche fue la más larga de su vida. Se le agolpaban en su cabeza los recuerdos junto a su esposo. Cómo se conocieron, el breve noviazgo, su embarazo, la boda en la intimidad… Veinticinco años de matrimonio siempre juntos, aunque ella sospechara de sus infidelidades. Siempre rodeado de chicas jóvenes y hermosas, incluso diría que provocativas. Por eso cuando se enteró de aquella relación con una redactora le colocó a su esposo entre la espada y la pared. O la despedía inmediatamente o se divorciaban. Y él sabía que un divorcio le supondría la pérdida del poder en la compañía porque le correspondía más de la mitad. No habían hecho separación de bienes y todo era por mitades. Y sus hijos además la apoyaban. Los tenía de su mano pues era ella quien se había preocupado siempre de su educación, de su cuidado, de todos sus problemas y confidencias.

Con lo que les había costado conseguir todo lo que tenían, pensó. Y este viejo verde se enrolla con una jovencita que podría ser su hija. No dejaba de recordarlo en el insomnio de aquel momento. Menos mal que el problema lo había resuelto ahora pagándole una buena indemnización para que se suspendiera el juicio por acoso sexual. No hubiera soportado otro nuevo escándalo con su marido en coma y los medios azuzándole todos los días.

Sus hijos quisieron acompañarla toda la noche al pie de la cama, porque  esperaban lo peor en las próximas horas. Pero los mandó a dormir para que la relevaran por la mañana. Necesitaba estar sola, quería meditar sobre su futuro sin su marido. Se despidió de ellos, y se quedó pensativa, como ausente.

Lo acababa de decidir. Aunque no les gustase ni a sus hijos, ni a Daniel, ni por su puesto a su marido si volviera de su estado de coma, vendería la empresa y se retiraría del mundo de los negocios. Tenía que decírselo a Daniel para que contactara inmediatamente con la multinacional que se había interesado en la compra.






miércoles, 2 de enero de 2013

BESOS DALTÓNICOS (26)

                                                                      

Vivo en los bellos nombres, como en mansiones de sueño que me estuvieran destinadas” 
 
                                 ( Pablo Neruda, Confieso que he vivido)




Los últimos anuncios en la prensa durante el fin de semana surtieron efecto. La atractiva cifra ofrecida animó a curiosos y aprovechados. Mucho más de lo que pudieron prever. Un aluvión de llamadas colapsaron la centralita desde primeras horas del lunes. Sofía tuvo que pedir ayuda a una de las redactoras para atender el teléfono. La mayor parte parecían falsas o sin fundamento. Pero había que tomar nota de todas y proceder a grabarlas mediante el dispositivo habilitado para ello. Después, todo el material había que pasárselo al inspector y a Daniel.

La llegada del policía con aspecto risueño presagiaba buenas noticias. Saludó a Sofía, que apenas levantó la vista del ordenador, atareada con unos auriculares y micrófono ajustados en su cabeza, y se dirigió al despacho de Daniel. Le había telefoneado a primera hora para anunciarle que necesitaba contarle algo importante.

- No me diga que tenemos pruebas para incriminar a los sospechosos…
- Pues sí. Nuestro amigo Ernesto se va a caer con todo el equipo. Hemos localizado los billetes de Ave que sacó por Internet para ir desde Córdoba a Madrid esa noche del accidente y regresar al día siguiente a primera hora de la mañana. Y a Carlos creo que podemos imputarle como autor, con las huellas que han aparecido en el interior del coche.
- Pero, si es su coche, parece normal que haya huellas. ¿No había denunciado su robo unas semanas antes…?  
- Sí, pero creemos que se trata de una coartada para encubrir su autoría. He descubierto un caso semejante en Antequera que presentaré como prueba.
- Entonces ¿los va a detener?
- Sí.
- ¿Está completamente seguro de que serán pruebas suficientes?
- Yo creo que...
- No queremos que después los pongan en libertad y el asunto se airee en los medios y volvamos a tener otro escándalo. Que bastantes llevamos ya…
- Ya he dado las órdenes para que los localicen y sean puestos a disposición judicial. Si Ernesto se encuentra aquí, ahora mismo lo detengo y me lo llevo a Comisaría.
- No lo sé. Me parece que se ha tomado una semana de vacaciones.
- Entonces, espere que llamo para que vayan a detenerlo a su domicilio en Málaga. Y a Carlos espero que esta misma mañana... 
- Estupendo, inspector. Muchas gracias. Se lo diré a Elisa, que necesita alguna buena noticia.  
- Ha empeorado don Cándido…
- Pues parece que sí, que está peor y los médicos no saben si operarle o esperar. Son muchos días en coma…

El inspector se despidió y se fue a la comisaria para dirigir las actuaciones con los detenidos. La centralita telefónica no paró de sonar hasta el mediodía. Más de doscientas personas decían haber visto la noche del accidente a un hipotético conductor del Renault 19. Otros hablaban de dos personas, sin ofrecer ningún detalle fiable que pudiera conducir a su identificación. Solo una de ellas contaba algo interesante. Parecía una voz muy joven, de unos quince o diez y seis años. La grabación y el teléfono de contacto se los pasó a Daniel, pues el inspector se acababa de marchar.

El abogado se dispuso a escuchar la conversación con Sofía.

- Mire. Le llamo por lo del anuncio.
- Sí dígame, se le escuchaba responder a Sofía.
- Yo sé quien atropelló a ese hombre, pero me tienen que garantizar que me van a pagar el millón de euros que prometen. Yo estuve esa noche en el lugar del accidente…Si quieren saber más, mi teléfono móvil es...

No le dejó tiempo a Sofía a que le hiciera ninguna pregunta y le colgó inmediatamente.

- No he podido preguntarle cómo se llamaba, ni dónde vive ni nada. No me ha dado tiempo. La voz parecía de un chico muy joven. Aquí tienes su móvil. He llamado y está apagado o fuera de cobertura. También le he mandado unos mensajes y un whatsapp...pero no ha espondido todavía. Díselo al inspector para que lo compruebe...
- Ya veremos...de momento no le diremos nada.  
- Las demás llamadas y sus referencias te las dejo aquí también. Pero no me parece que ninguna…
- De acuerdo Sofía. Gracias.

El asunto se complicaba pues el inspector estaba a punto de detener, si no lo había hecho ya, a dos sospechosos, uno de ellos empleado y el otro ex empleado despedido hace unos meses. No pudo contactar con él. Llamó entonces a Elisa. Le acababan de dar otra mala noticia. Su marido había empeorado y sólo era cuestión de horas, tal vez días hasta que el corazón se parase. Se le echó a llorar por el auricular y entre sollozos le repitió, “yo lo dejo, lo dejo todo, Daniel. Lo vendo y ya está”.  

La policía de Málaga se había presentado a media mañana en el piso de Torremolinos en donde residía Ernesto, alertados por el inspector Sánchez. No contestó nadie. El movimiento policial llamó la atención de todo el vecindario sorprendido por el dispositivo y el despliegue de coches Z que se apostaron en las inmediaciones.
Sus hijos se encontraban en la Universidad y no regresarían hasta primeras horas de la tarde. Los agentes desconocían que el matrimonio se había ido a Tarifa a descansar aprovechando la proximidad del largo puente de la Constitución. Mientras, en Madrid, ya habían procedido a la detención de Carlos. Lo condujeron primero a Comisaría y después al juez de guardia de la Plaza de Castilla. No le pilló de sorpresa y en cuanto se lo permitieron avisó a su abogado, que se presentó en las dependencias policiales para acompañarle posteriormente en su primera declaración. Como desconocía las pruebas que iban a presentar ejerció su derecho a no declarar. Lo dejó para cuando lo llevaran ante el juez. La imputación era como autor de intento de homicidio y abandono del deber de socorro. Lo tuvieron aquella noche en los calabozos y a la mañana siguiente lo condujeron al juzgado.

El inspector se presentó con el informe policial y el detenido asistido por Javier, su abogado. La jueza de guardia le tomó declaración. Carlos negó todos los hechos que le imputaba la policía, pero no desveló su coartaba al completo. Tan sólo se limitó a decir que la noche del accidente se encontraba fuera de Madrid con su mujer; y que su coche, con el que supuestamente se cometió el atropello, se lo robaron unas semanas antes y que lo había denunciado.

El abogado mostró a la jueza la denuncia ante la policía, con los datos del vehículo. Las pruebas del inspector se limitaban al informe pericial que señalaba que las huellas de Carlos se encontraban en el interior del vehículo. De las otras huellas encontradas en la puerta y en el parachoques trasero junto a las manchas de sangre, nada decía, salvo que no se habían identificado. El inspector lo achacó a que podrían pertenecer a cualquier persona que tocó el coche después del accidente y quedaron allí. El inspector le adelantó a la jueza que el otro presunto autor o cómplice, Ernesto Navarro, se encontraba en paradero desconocido. Que se había puesto en marcha un dispositivo para proceder a su detención y que en cuanto lo tuvieran lo conducirían a su presencia.

La jueza decretó el ingreso en prisión de Carlos, eludible mediante el pago de una fianza de treinta mil euros, por la gravedad de los hechos imputados, por el estado en que se encontraba el herido y la posibilidad de su muerte. Su abogado mostró su disconformidad y manifestó que aportaría varias pruebas y la declaración de su mujer que se encontraba trabajando y no pudo acudir al juzgado.

Mientras tanto, la policía malagueña seguía apostada en las inmediaciones del domicilio de Ernesto a la espera que apareciese alguien de la familia. Lo hizo Mario, el hijo menor, quien regresó a la tres de la tarde de la Universidad en su moto. Aparcó en la zona reservada de la urbanización. Se quitó el caso y cogió su mochila cuando fue abordado por dos policías de paisano.

- Es usted Mario Navarro, hijo de Ernesto Navarro Domiguez.
Sí, quienes son ustedes.  
- Somos policías, se identificaron mostrándoles la placa dorada pegada a una cartera de cuero marrón oscuro.
- Nos puede decir donde se encuentra su padre.  
- Sí, se ha ido con mi madre, a descansar unos días. A Tarifa. Creo que al Hotel Dos Mares, a donde suelen acudir algunas veces. ¿Qué pasa?
- Lo estamos buscando para llevarlo ante el juez. Supongo que no estará huyendo.
- ¿Huyendo? por qué iba huir mi padre. Ya le dijimos al policía que nos interrogó hace unos días que mi padre estuvo pasando el fin de semana en casa, ese día del accidente de su jefe.
- Bueno, bueno. Gracias. Comuníqueselo a su hermana. Y si hablan con su padre díganle que no cometa el error de huir. Es mejor que se entregue cuanto antes. Adiós, buenas tardes.

Los medios de comunicación se hicieron eco enseguida de la noticia de la imputación y del ingreso en prisión del ex empleado como presunto autor del atropello. Así como de la búsqueda y captura de Ernesto que llevaba a cabo la policía en el sur de España. El abogado de Carlos se preocupó personalmente de contactar con unos periodistas, amigos de Ernesto, que filtraron la noticia a través de la agencia Efe y por internet. El escándalo estaba servido y esto no había hecho sino comenzar.

Todos los medios nacionales publicaron al día siguiente la noticia de la detención y del ingreso en prisión del ex directivo Carlos Ferrín, como presunto autor del atropello de don Cándido de Blas. Se le imputaba un delito de homicidio en grado de tentativa y abandono del deber de socorro. Un delito que podría agravarse si fallecía el herido.

Respecto a Ernesto Navarro, los distintos medios relataban como la policía andaba tras su búsqueda al encontrarse en paradero desconocido. Se le acusaba de cómplice de su amigo y lo buscaban por Málaga y Cádiz.

Los informativos de radio y televisión abrieron también con esa noticia y enviaron unidades móviles a Tarifa, apostados enfrente de la playa de Los Lances. Una filtración había dado el aviso de que se hospedaba allí y desplazaron a sus redactores para cubrir la detención en directo del sospechoso.  

Ernesto y María, su esposa, se habían ido a la playa para pasar unos días de descanso. Ajenos a todo decidieron acudir aquella mañana de Tarifa a Bolonia, en donde la tranquilidad era aún mayor. En aquella paradisíaca playa, con su duna junto al bravío océano atlántico, contemplaban a lo lejos las ruinas romanas de Baello Claudia. Un espectáculo que les gustaba repetir cada año fuera de temporada, en octubre o ahora en el puente constitucional. El sol calentaba lo suficiente para aguantar tumbados sobre la suave arena, protegidos del viento de poniente con unos toldos amarrados al suelo. En la playa, casi desierta, el móvil permanecía apagado. No querían que les molestasen. Sólo María encendió el suyo un momento para hablar con sus hijos, antes de irse a almorzar pasadas las cuatro de la tarde.

Tenía más de diez llamadas con varios avisos de voz. Escuchó el primero y le pasó el teléfono a Ernesto. “Mamá, la policía está buscando a Papá para detenerlo. Llamarme en cuanto podáis”, se le podía escuchar entrecortadamente y con una voz muy agitada a Mario. Marcó su móvil pero no lo tenía encendido. Posiblemente estaba en clase de inglés. Lo mismo ocurrió con el de Marta, la hija mayor, que estudiaba tercero de Medicina.

La jornada de sol, playa y descanso se les había truncado. Tenían pensado acudir al día siguiente a Zahara de los Atunes, a la playa de los Alemanes. Telefoneó a Javier, el abogado de Carlos y suyo. Le confirmó la detención, el ingreso en prisión hasta que depositaran una finaza y la enorme repercusión que se le había dado en todos los medios de comunicación.

- Y no te imaginas la que se está montando ahí en Tarifa con tu búsqueda, le dijo el abogado.
- Pues nosotros acabamos de enterarnos de que me buscan. Estamos en la playa de Bolonia…
- No es mal sitio, no; bromeó el abogado. Las televisiones están conectando con los aledaños del hotel en que estáis alojados. En donde, por cierto, no habéis aparecido ¿no?
No, qué va! Lo que pasa es que nada más llegar, nos registramos y nos vinimos para Bolonia. Nos encanta la arena… Y teníamos pensado irnos después a la playa de los Alemanes en Zahara, sin volver esta noche al hotel. Un amigo tiene por allí una casa y nos ha dejado las llaves de su apartamento en Barbate. ¿Qué te parece que debemos hacer?
- Ah, ¿tenéis previsto ir a Zahara de los Atunes? Pues iros.
- ¿Sí? ¿ Te parece bien…?
- ¿Por qué no? Que se haga la bola más grande, que se crean que estáis huyendo….Con la repercusión que le darán los medios se va a armar la de dios…
- Pero ¿no me puede perjudicar?
- No. Oficialmente vosotros no os habéis enterado de nada, ¿no? Pues eso. Y volvéis mañana tranquilamente al hotel.  
- ¿Tú crees?, ¿sí?
- Bueno, ya lo vamos madurando y lo hablamos para ver cómo siguen las cosas.
- Bien, pues eso, ya lo pensamos. Aunque no creo que podamos descansar demasiado. Lo mismo nos quedamos en Barbate unos días más… Lo vemos. Dale recuerdos y ánimos a Carlos. Que no se preocupe, que yo sé que él no ha hecho nada…
- Por supuesto, ya verás cuando mañana declare Natalia. Y confirme su coartada… Cuando aparezcamos con los papeles del hotel y los testimonios de los empleados del balneario en donde estuvieron esos días….
- Esto se va a poner muy divertido… Adiós.

El sentido del humor de Ernesto resultaba chocante en estos momentos tan críticos. Con la policía detrás de él, a punto detenerlo y meterlo en chirona acusado de un delito muy grave. Esa filosofía de vida le había permitido afrontar los reveses con ese talante especial “a prueba de bomba” que edulcoraba todos los problemas. Grandes o pequeños, pero siempre compartidos. Y en estos momentos se disponía a superar la prueba más importante de cuantas se le habían presentado. Contaba con el apoyo de su mujer, siempre a su lado; y de sus hijos, en una edad ya adolescente que afrontarían los acontecimientos con madurez. No le tenía miedo a nada. Esa posibilidad la había barajado en las semanas precedentes, mientras organizaba su plan y la sentía como asumida.