miércoles, 2 de enero de 2013

BESOS DALTÓNICOS (26)

                                                                      

Vivo en los bellos nombres, como en mansiones de sueño que me estuvieran destinadas” 
 
                                 ( Pablo Neruda, Confieso que he vivido)




Los últimos anuncios en la prensa durante el fin de semana surtieron efecto. La atractiva cifra ofrecida animó a curiosos y aprovechados. Mucho más de lo que pudieron prever. Un aluvión de llamadas colapsaron la centralita desde primeras horas del lunes. Sofía tuvo que pedir ayuda a una de las redactoras para atender el teléfono. La mayor parte parecían falsas o sin fundamento. Pero había que tomar nota de todas y proceder a grabarlas mediante el dispositivo habilitado para ello. Después, todo el material había que pasárselo al inspector y a Daniel.

La llegada del policía con aspecto risueño presagiaba buenas noticias. Saludó a Sofía, que apenas levantó la vista del ordenador, atareada con unos auriculares y micrófono ajustados en su cabeza, y se dirigió al despacho de Daniel. Le había telefoneado a primera hora para anunciarle que necesitaba contarle algo importante.

- No me diga que tenemos pruebas para incriminar a los sospechosos…
- Pues sí. Nuestro amigo Ernesto se va a caer con todo el equipo. Hemos localizado los billetes de Ave que sacó por Internet para ir desde Córdoba a Madrid esa noche del accidente y regresar al día siguiente a primera hora de la mañana. Y a Carlos creo que podemos imputarle como autor, con las huellas que han aparecido en el interior del coche.
- Pero, si es su coche, parece normal que haya huellas. ¿No había denunciado su robo unas semanas antes…?  
- Sí, pero creemos que se trata de una coartada para encubrir su autoría. He descubierto un caso semejante en Antequera que presentaré como prueba.
- Entonces ¿los va a detener?
- Sí.
- ¿Está completamente seguro de que serán pruebas suficientes?
- Yo creo que...
- No queremos que después los pongan en libertad y el asunto se airee en los medios y volvamos a tener otro escándalo. Que bastantes llevamos ya…
- Ya he dado las órdenes para que los localicen y sean puestos a disposición judicial. Si Ernesto se encuentra aquí, ahora mismo lo detengo y me lo llevo a Comisaría.
- No lo sé. Me parece que se ha tomado una semana de vacaciones.
- Entonces, espere que llamo para que vayan a detenerlo a su domicilio en Málaga. Y a Carlos espero que esta misma mañana... 
- Estupendo, inspector. Muchas gracias. Se lo diré a Elisa, que necesita alguna buena noticia.  
- Ha empeorado don Cándido…
- Pues parece que sí, que está peor y los médicos no saben si operarle o esperar. Son muchos días en coma…

El inspector se despidió y se fue a la comisaria para dirigir las actuaciones con los detenidos. La centralita telefónica no paró de sonar hasta el mediodía. Más de doscientas personas decían haber visto la noche del accidente a un hipotético conductor del Renault 19. Otros hablaban de dos personas, sin ofrecer ningún detalle fiable que pudiera conducir a su identificación. Solo una de ellas contaba algo interesante. Parecía una voz muy joven, de unos quince o diez y seis años. La grabación y el teléfono de contacto se los pasó a Daniel, pues el inspector se acababa de marchar.

El abogado se dispuso a escuchar la conversación con Sofía.

- Mire. Le llamo por lo del anuncio.
- Sí dígame, se le escuchaba responder a Sofía.
- Yo sé quien atropelló a ese hombre, pero me tienen que garantizar que me van a pagar el millón de euros que prometen. Yo estuve esa noche en el lugar del accidente…Si quieren saber más, mi teléfono móvil es...

No le dejó tiempo a Sofía a que le hiciera ninguna pregunta y le colgó inmediatamente.

- No he podido preguntarle cómo se llamaba, ni dónde vive ni nada. No me ha dado tiempo. La voz parecía de un chico muy joven. Aquí tienes su móvil. He llamado y está apagado o fuera de cobertura. También le he mandado unos mensajes y un whatsapp...pero no ha espondido todavía. Díselo al inspector para que lo compruebe...
- Ya veremos...de momento no le diremos nada.  
- Las demás llamadas y sus referencias te las dejo aquí también. Pero no me parece que ninguna…
- De acuerdo Sofía. Gracias.

El asunto se complicaba pues el inspector estaba a punto de detener, si no lo había hecho ya, a dos sospechosos, uno de ellos empleado y el otro ex empleado despedido hace unos meses. No pudo contactar con él. Llamó entonces a Elisa. Le acababan de dar otra mala noticia. Su marido había empeorado y sólo era cuestión de horas, tal vez días hasta que el corazón se parase. Se le echó a llorar por el auricular y entre sollozos le repitió, “yo lo dejo, lo dejo todo, Daniel. Lo vendo y ya está”.  

La policía de Málaga se había presentado a media mañana en el piso de Torremolinos en donde residía Ernesto, alertados por el inspector Sánchez. No contestó nadie. El movimiento policial llamó la atención de todo el vecindario sorprendido por el dispositivo y el despliegue de coches Z que se apostaron en las inmediaciones.
Sus hijos se encontraban en la Universidad y no regresarían hasta primeras horas de la tarde. Los agentes desconocían que el matrimonio se había ido a Tarifa a descansar aprovechando la proximidad del largo puente de la Constitución. Mientras, en Madrid, ya habían procedido a la detención de Carlos. Lo condujeron primero a Comisaría y después al juez de guardia de la Plaza de Castilla. No le pilló de sorpresa y en cuanto se lo permitieron avisó a su abogado, que se presentó en las dependencias policiales para acompañarle posteriormente en su primera declaración. Como desconocía las pruebas que iban a presentar ejerció su derecho a no declarar. Lo dejó para cuando lo llevaran ante el juez. La imputación era como autor de intento de homicidio y abandono del deber de socorro. Lo tuvieron aquella noche en los calabozos y a la mañana siguiente lo condujeron al juzgado.

El inspector se presentó con el informe policial y el detenido asistido por Javier, su abogado. La jueza de guardia le tomó declaración. Carlos negó todos los hechos que le imputaba la policía, pero no desveló su coartaba al completo. Tan sólo se limitó a decir que la noche del accidente se encontraba fuera de Madrid con su mujer; y que su coche, con el que supuestamente se cometió el atropello, se lo robaron unas semanas antes y que lo había denunciado.

El abogado mostró a la jueza la denuncia ante la policía, con los datos del vehículo. Las pruebas del inspector se limitaban al informe pericial que señalaba que las huellas de Carlos se encontraban en el interior del vehículo. De las otras huellas encontradas en la puerta y en el parachoques trasero junto a las manchas de sangre, nada decía, salvo que no se habían identificado. El inspector lo achacó a que podrían pertenecer a cualquier persona que tocó el coche después del accidente y quedaron allí. El inspector le adelantó a la jueza que el otro presunto autor o cómplice, Ernesto Navarro, se encontraba en paradero desconocido. Que se había puesto en marcha un dispositivo para proceder a su detención y que en cuanto lo tuvieran lo conducirían a su presencia.

La jueza decretó el ingreso en prisión de Carlos, eludible mediante el pago de una fianza de treinta mil euros, por la gravedad de los hechos imputados, por el estado en que se encontraba el herido y la posibilidad de su muerte. Su abogado mostró su disconformidad y manifestó que aportaría varias pruebas y la declaración de su mujer que se encontraba trabajando y no pudo acudir al juzgado.

Mientras tanto, la policía malagueña seguía apostada en las inmediaciones del domicilio de Ernesto a la espera que apareciese alguien de la familia. Lo hizo Mario, el hijo menor, quien regresó a la tres de la tarde de la Universidad en su moto. Aparcó en la zona reservada de la urbanización. Se quitó el caso y cogió su mochila cuando fue abordado por dos policías de paisano.

- Es usted Mario Navarro, hijo de Ernesto Navarro Domiguez.
Sí, quienes son ustedes.  
- Somos policías, se identificaron mostrándoles la placa dorada pegada a una cartera de cuero marrón oscuro.
- Nos puede decir donde se encuentra su padre.  
- Sí, se ha ido con mi madre, a descansar unos días. A Tarifa. Creo que al Hotel Dos Mares, a donde suelen acudir algunas veces. ¿Qué pasa?
- Lo estamos buscando para llevarlo ante el juez. Supongo que no estará huyendo.
- ¿Huyendo? por qué iba huir mi padre. Ya le dijimos al policía que nos interrogó hace unos días que mi padre estuvo pasando el fin de semana en casa, ese día del accidente de su jefe.
- Bueno, bueno. Gracias. Comuníqueselo a su hermana. Y si hablan con su padre díganle que no cometa el error de huir. Es mejor que se entregue cuanto antes. Adiós, buenas tardes.

Los medios de comunicación se hicieron eco enseguida de la noticia de la imputación y del ingreso en prisión del ex empleado como presunto autor del atropello. Así como de la búsqueda y captura de Ernesto que llevaba a cabo la policía en el sur de España. El abogado de Carlos se preocupó personalmente de contactar con unos periodistas, amigos de Ernesto, que filtraron la noticia a través de la agencia Efe y por internet. El escándalo estaba servido y esto no había hecho sino comenzar.

Todos los medios nacionales publicaron al día siguiente la noticia de la detención y del ingreso en prisión del ex directivo Carlos Ferrín, como presunto autor del atropello de don Cándido de Blas. Se le imputaba un delito de homicidio en grado de tentativa y abandono del deber de socorro. Un delito que podría agravarse si fallecía el herido.

Respecto a Ernesto Navarro, los distintos medios relataban como la policía andaba tras su búsqueda al encontrarse en paradero desconocido. Se le acusaba de cómplice de su amigo y lo buscaban por Málaga y Cádiz.

Los informativos de radio y televisión abrieron también con esa noticia y enviaron unidades móviles a Tarifa, apostados enfrente de la playa de Los Lances. Una filtración había dado el aviso de que se hospedaba allí y desplazaron a sus redactores para cubrir la detención en directo del sospechoso.  

Ernesto y María, su esposa, se habían ido a la playa para pasar unos días de descanso. Ajenos a todo decidieron acudir aquella mañana de Tarifa a Bolonia, en donde la tranquilidad era aún mayor. En aquella paradisíaca playa, con su duna junto al bravío océano atlántico, contemplaban a lo lejos las ruinas romanas de Baello Claudia. Un espectáculo que les gustaba repetir cada año fuera de temporada, en octubre o ahora en el puente constitucional. El sol calentaba lo suficiente para aguantar tumbados sobre la suave arena, protegidos del viento de poniente con unos toldos amarrados al suelo. En la playa, casi desierta, el móvil permanecía apagado. No querían que les molestasen. Sólo María encendió el suyo un momento para hablar con sus hijos, antes de irse a almorzar pasadas las cuatro de la tarde.

Tenía más de diez llamadas con varios avisos de voz. Escuchó el primero y le pasó el teléfono a Ernesto. “Mamá, la policía está buscando a Papá para detenerlo. Llamarme en cuanto podáis”, se le podía escuchar entrecortadamente y con una voz muy agitada a Mario. Marcó su móvil pero no lo tenía encendido. Posiblemente estaba en clase de inglés. Lo mismo ocurrió con el de Marta, la hija mayor, que estudiaba tercero de Medicina.

La jornada de sol, playa y descanso se les había truncado. Tenían pensado acudir al día siguiente a Zahara de los Atunes, a la playa de los Alemanes. Telefoneó a Javier, el abogado de Carlos y suyo. Le confirmó la detención, el ingreso en prisión hasta que depositaran una finaza y la enorme repercusión que se le había dado en todos los medios de comunicación.

- Y no te imaginas la que se está montando ahí en Tarifa con tu búsqueda, le dijo el abogado.
- Pues nosotros acabamos de enterarnos de que me buscan. Estamos en la playa de Bolonia…
- No es mal sitio, no; bromeó el abogado. Las televisiones están conectando con los aledaños del hotel en que estáis alojados. En donde, por cierto, no habéis aparecido ¿no?
No, qué va! Lo que pasa es que nada más llegar, nos registramos y nos vinimos para Bolonia. Nos encanta la arena… Y teníamos pensado irnos después a la playa de los Alemanes en Zahara, sin volver esta noche al hotel. Un amigo tiene por allí una casa y nos ha dejado las llaves de su apartamento en Barbate. ¿Qué te parece que debemos hacer?
- Ah, ¿tenéis previsto ir a Zahara de los Atunes? Pues iros.
- ¿Sí? ¿ Te parece bien…?
- ¿Por qué no? Que se haga la bola más grande, que se crean que estáis huyendo….Con la repercusión que le darán los medios se va a armar la de dios…
- Pero ¿no me puede perjudicar?
- No. Oficialmente vosotros no os habéis enterado de nada, ¿no? Pues eso. Y volvéis mañana tranquilamente al hotel.  
- ¿Tú crees?, ¿sí?
- Bueno, ya lo vamos madurando y lo hablamos para ver cómo siguen las cosas.
- Bien, pues eso, ya lo pensamos. Aunque no creo que podamos descansar demasiado. Lo mismo nos quedamos en Barbate unos días más… Lo vemos. Dale recuerdos y ánimos a Carlos. Que no se preocupe, que yo sé que él no ha hecho nada…
- Por supuesto, ya verás cuando mañana declare Natalia. Y confirme su coartada… Cuando aparezcamos con los papeles del hotel y los testimonios de los empleados del balneario en donde estuvieron esos días….
- Esto se va a poner muy divertido… Adiós.

El sentido del humor de Ernesto resultaba chocante en estos momentos tan críticos. Con la policía detrás de él, a punto detenerlo y meterlo en chirona acusado de un delito muy grave. Esa filosofía de vida le había permitido afrontar los reveses con ese talante especial “a prueba de bomba” que edulcoraba todos los problemas. Grandes o pequeños, pero siempre compartidos. Y en estos momentos se disponía a superar la prueba más importante de cuantas se le habían presentado. Contaba con el apoyo de su mujer, siempre a su lado; y de sus hijos, en una edad ya adolescente que afrontarían los acontecimientos con madurez. No le tenía miedo a nada. Esa posibilidad la había barajado en las semanas precedentes, mientras organizaba su plan y la sentía como asumida.




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