lunes, 24 de septiembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (3)


                                                   
Son días de muchas noticias. No hay tiempo para verificarlas, ni para escribirlas, ni casi para gozarlas. Hay que ir de mata en mata, de zanja en vereda, de vallado en sendero, de sotillo en linde, para no perder tanta anunciación, tanto nacimiento, tanta esperanza”
                                                                             
                                     (José Antonio Muñoz Rojas, Las cosas del campo)


El accidente se produjo como lo había pensado y calculado en sus largas noches de insomnio. Un Renault 19 a gran velocidad se llevó por delante a un peatón que cruzaba un semáforo. Salió volando por los aires y se golpeó la cabeza contra el asfalto. El vehículo se dio a la fuga por las calles próximas. El herido quedó tendido en el suelo inconsciente. Pasaron varios minutos hasta que se detuvo un turismo que avisó al Samur. Lo evacuaron a un centro sanitario en quince minutos.
Los hechos ocurrieron más o menos de esta manera y en la misma madrugada la policía local levantó el correspondiente atestado, que se lo remitió al día siguiente al gabinete de prensa del ayuntamiento. Este, a su vez, recopiló todos atestados del fin de semana para elaborar una nota de prensa que junto con otras actuaciones rutinarias enviaron a los distintos medios locales y agencias de información.
La noticia pasó prácticamente desapercibida en las redacciones de los periódicos y emisoras de radio de ese domingo. Solo la agencia Efe redactó una breve información que llegó a los diarios.
Las ediciones de los periódicos locales de ese fin de semana recogieron en breves notas la información del accidente a través del teletipo de agencia. Las iniciales del herido que había facilitado la policía municipal no fueron reconocidas y se limitaron a transcribirlas en algunos sueltos en páginas interiores. La noticia apenas tuvo relevancia informativa, como cualquier atropello de los que se producen cada día en las grandes ciudades. El atropellado no fue identificado en los primeros días.
Ese lunes, los diarios digitales confidenciales ya se atrevieron a descifrar las iniciales y ponerle nombre y apellidos. La llamada de un amigo al director de uno de esos diarios por Internet le puso en el camino. Trabajaba en las empresas del herido y tuvo conocimiento de su identidad cuando fue a trabajar. La “exclusiva” se propagó de web en web esa misma mañana. La era digital se imponía a los medios tradicionales que hubieron de esperar al día siguiente para llevarla a sus rotativas.
De esta manera se conoció la identidad de la persona herida de gravedad en ese atropello de tráfico. Luego, los diarios nacionales de gran tirada- sin citar a esos modestos soportes por Internet-, se volcaron en las portadas y contraportadas con abundante tipografía y fotografías a todo color. El circo mediático acababa de comenzar y no lo abandonarían hasta el final de esta historia. Los periódicos más sensacionalistas especularon sobre las circunstancias del accidente y la situación de tensión existente en las empresas con varios despidos en los últimos meses. También recordaron como había conseguido un gran éxito económico de casi treinta millones de euros a costa de sus competidores.
Algunos escándalos de faldas se sacaron a la luz pública, más propios de la prensa del corazón que de medios considerados serios.
Estas fueron varias de las reseñas de prensa que aparecieron en los primeros días después del accidente:

PEATON HERIDO GRAVE POR UN VEHICULO QUE SE DIO A LA FUGA

Madrid 22 Nov, (EFE).- Un peatón ha resultado herido de gravedad en un atropello producido esta madrugada en la calle Marqués de Urquijo de la capital de España.
El herido responde a las iniciales C.B.F., de 54 años. Al parecer el accidente se ha producido al cruzar el peatón un semáforo cuando se encontraba en rojo y ser arrollado por un vehículo que circulaba a gran velocidad. El conductor se dio a la fuga y la policía está investigando los hechos para tratar de localizarlo. No hubo testigos del mismo.
El herido que fue asistido en el lugar del accidente por una ambulancia del SAMUR fue trasladado al Hospital Clínico en donde se encuentra en estado muy grave.
El atropello se ha registrado hacia la una y media de la madrugada del viernes al sábado en una calle que habitualmente es muy transitada. Pero al parecer en el momento del siniestro no circulaban más vehículos en las inmediaciones.
Con este accidente son cuatro los heridos de gravedad registrados en el fin de semana en Madrid, todos ellos por atropellos a peatones. En dos de los mismos los causantes de los accidentes se han dado a la fuga.


EL EMPRESARIO DE LA COMUNICACIÓN CÁNDIDO DE BLAS HERIDO GRAVE EN ACCIDENTE DE TRÁFICO
Madrid 23 Nov, (El Mundo).- El peatón herido de gravedad en el accidente de tráfico registrado en la madrugada del sábado en Madrid es Cándido de Blas Fernández, conocido empresario de la comunicación y dueño de varias empresas.
Su estado de salud continúa siendo muy grave, con fractura craneal y en situación de coma. Se teme por su vida.
La noticia se dio a conocer ayer domingo, aunque el accidente tuvo lugar en la madrugada del viernes al sábado.
Al parecer el empresario de la comunicación había asistido a la entrega de los Premios Ondas en Barcelona y regresaba a su casa de madrugada. Tras dejarle su chofer en frente de su domicilio fue arrollado por un vehículo al cruzar un semáforo.
El turismo causante del atropello circulaba a mayor velocidad de la permitida, según fuentes policiales; y no se detuvo ni asistió al herido, dándose a la fuga.
Cándido de Blas se había hecho muy conocido en el sector de los medios de comunicación después de ganar un pleito millonario a una empresa de la competencia.
La policía investiga todas las circunstancias del accidente y en principio no se descarta ninguna hipótesis. Hasta el momento no se ha localizado ni el vehículo ni al conductor del atropello. 

[Además de esta información en la sección de COMUNICACIÓN del periódico, aparecía una fotografía a dos columnas del empresario en el momento de recoger el Premio Ondas y un detallado organigrama con todas las empresas que controlaba]

martes, 18 de septiembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (2)

                                                


Y los tontos son los que dicen: “¡de mí no se ríe nadie!”
                                                                                                       Miguel de Unamuno






Disponía de toda la semana para perfilar lo que ya tenía muy avanzado. Lo había visualizado muchas veces. Su mente fue un torbellino de imágenes, de miedos, de insomnios, de pesadillas. Resultaba sorprendente que una persona que se consideraba normal, con familia, mujer y dos hijos, estuviera tramando acabar con su jefe. No podía ser que por la conversación que había escuchado aquella mañana pudiera adoptar esa drástica decisión. Y estaba decido a llevarla a efecto…

En los días siguientes apenas habló por teléfono con su mujer. Algo extraño, pues a diario mantenían dos o tres conversaciones para contarse cómo había transcurrido cada jornada. También se mostraba despistado en las reuniones que dirigía en su despacho. En la oficina tampoco se relacionó con sus compañeros más íntimos con los que habitualmente desayunaba. A la hora de comer esgrimía alguna excusa y se escapaba a su apartamento, a unos quinientos metros de la oficina. Allí ultimaba la estrategia que en unos días llevaría a cabo. No quería que se le escapase alguna indiscreción o que le notasen su agitación. Nunca supo disimular sus sentimientos.

Se obsesionó con la idea homicida desde que comenzó a escribir un diario personal con sus vivencias y pensamientos. Lo que empezó como un juego, un desahogo o una distracción se había convertido en un tormento mental que no le dejaba pensar en otra cosa. No lo había comentado siquiera con su esposa con la que llevaba casado veinte años.


Ernesto era un hombre de fuertes creencias religiosas, educado en colegios de frailes en el seno de una familia de clase media. Por eso, él mismo estaba sorprendido de la firme determinación mental de llevar a cabo tal acción. Quizá, en el fondo, se creía un ángel vengador que apartaría de la circulación a una persona que consideraba perjudicial para él, sus compañeros y la sociedad.

Había pasado por varias experiencias laborales muy negativas que le marcaron y no estaba dispuesto a soportar otra más. Y menos en este caso en el que don Cándido era el único dueño y al que Ernesto había ayudado junto con sus compañeros para conseguir su mayor éxito empresarial. No le parecía justo que después de eso se quedase de nuevo en la calle.

Todas estas ideas le bullían mientras tumbado en el sofá de su apartamento repasaba su cuaderno-diario de las tapas rojas. Comenzó a escribirlo un año antes y ahora, debía destruirlo. En el cuaderno de las tapas rojas diseñó el modo de acabar con su jefe y la coartada que creía perfecta.
La idea surgió cuando conoció un defecto visual de don Cándido. Desde que lo supo pensó que confundir los colores de un semáforo podría resultarle fatal al cruzar cualquier calle. Lo escribió en su diario haciendo referencia a la manera en cómo se enteró de la tara. Unas fotografías de gran tamaño con el anagrama de la compañía colgaban de las paredes de la redacción. Pero los tonos de los cuadros no correspondían con los colores corporativos de la empresa.
En la redacción se encontraba Carla, una joven periodista rubia con ojos azules que siempre acudía al trabajo con ropa muy llamativa.
- No entiendo por qué el logotipo aparece en verde, le dijo Ernesto a Carla que estaba sentada junto al cuadro. ¡Si nuestro anagrama es en rojo vivo!, completó inocentemente Ernesto.
Carla soltó una gran carcajada y mirándole a los ojos, le dijo:
- Son cosas de don Cándido, que como es daltónico, confunde los colores. Ya ves, hasta resulta más moderno de esta forma…

Ernesto no insistió en los comentarios pues había escuchado que mantenía una relación con el jefe y quizá se tratara de una argucia para tirarle de la lengua. Ahí acabó el chascarrillo si bien se propuso confirmarlo con Pepe, otro compañero de trabajo que lo conocía mejor.
En cuanto tuvo ocasión se lo soltó, entre risas, al final de una comida de trabajo. Pepe le confirmó que don Cándido era daltónico y de paso le advirtió de la relación que mantenía con Carla. Le mostró su preocupación porque en una empresa tan pequeña podría llegar a oídos de Sofía, la secretaria del jefe y amiga íntima de Elisa, mujer de don Cándido. Las consecuencias podrían ser graves pues Elisa era la verdadera dueña del conglomerado empresarial que regentaba su marido.
Estos y otros comentarios aparecían en el cuaderno-diario de Ernesto que le ocupaban ya más de cien páginas escritas con su pluma Mont Blanc, con la que le gustaba escribir las cosas importantes de su vida. La estilográfica era un regalo de su esposa en su cuarenta cumpleaños y la llevaba siempre encima. Con ella firmaba los contratos de trabajo, las notas de regalos o las felicitaciones de Navidad. La pluma de nácar negro y oro, de punta fina, le daba mayor seguridad para expresarse porque le obligaba a escribir más despacio. Así compaginaba mejor sus pensamientos con la escritura. Su caligrafía era normalmente muy mala y de difícil comprensión incluso para él mismo. Excepto cuando escribía con la Mont Blanc.
El interés por las estilográficas, lo mismo que por la filatelia y el ajedrez le venía a Ernesto desde pequeño. Aficiones que le inculcó su abuelo paterno cuando le regaló una Sheaffer americana en su primera comunión. La pluma junto a una caja de puros habanos llena de sellos antiguos y un ajedrez con piezas de caoba fueron el mejor obsequio que recibió ese día. Al menos así lo recordaba. De las tres aficiones de su infancia conservó el gusto por coleccionar plumas y sólo jugaba al ajedrez de vez en cuando con un ordenador . La colección de sellos la extravió en el transporte de alguna mudanza.
Atesoraba más de veinte piezas de un gran valor sentimental y económico. No en vano constituían auténticas joyas, con capuchones de oro o plata y puntas siempre de muchos kilates. Una afición que había cultivado entre sus familiares y amigos que le obsequiaban con nuevas marcas en las celebraciones importantes. Desde el momento en que intuyó que las cosas no marchaban bien en la empresa comenzó a escribir ideas inconexas de cómo acabar con don Cándido. Primero fueron simples elucubraciones al conocer su defecto visual. Después tomó nota sobre sus costumbres y manías, como su hábito diario de cruzar a pie la calle tras bajarse del coche. Descendía junto a la puerta del garaje, frente a su domicilio; y atravesaba una vía con mucha circulación regulada por un semáforo.
El dónde, cómo y por qué estaban recogidos de forma detallada en esas páginas de su diario mezcladas con otras reflexiones y experiencias personales. Sólo faltaba el cúando y lo acababa de decidir. Por todo eso el diario tenía que ser destruido, quemado. Estaba convencido que tras el accidente se produciría una exhaustiva investigación y que él sería uno de los principales sospechosos.

sábado, 15 de septiembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS

            Bajo este título voy a publicar un extenso relato en sucesivos post numerados bajo el título de Besos daltónicos ( o la ilusión de matar al jefe) en donde contaré de forma novelada parte de una historia, en algún aspecto real y en otros muchos ficticia. Cuando la escribí hace más de cinco años supuso un desahogo personal. Hoy, sólo un recuerdo...


                         Besos daltónicos ( o la ilusión de matar al jefe)


                                                                         (1)  


                               “El escritor que intenta mejorar la sociedad en la que vive, que intenta colaborar en la medida de sus fuerzas para que esta sociedad se desperece de su siesta permanente y eche a andar hacia delante se encontrará con que lo que hace no es grato o es molesto y a veces profundamente ofensivo”
                                                                                (Ignacio Aldecoa)




Ernesto no se lo pensó dos veces. Aquella misma mañana cuando escuchó la conversación del director de personal con el presidente de la compañía intuyó que sus horas en la empresa estaban contadas. Tenía que pasar a la acción. Se acumulaban demasiados precedentes para albergar alguna duda sobre su futuro. Por eso, la decisión estaba tomada. Mataría a su jefe.
No podría soportar un nuevo despido-que consideraba injusto-en su trayectoria profesional y en su estado anímico. Apenas se había recuperado de su anterior tropiezo laboral y tras seis años al frente de un bello proyecto se sentía en la misma tesitura que le llevaron a engrosar las filas del Inem años atrás. Su autoestima y seguridad profesional podrían verse, de nuevo, seriamente dañadas. Y una nueva recaída… ¿cómo se lo explicaría a sus hijos, a su esposa…? Sólo de pensarlo le recorrió un escalofrío por la espalda que le nubló el pensamiento.
Sí, pasaría a la acción. Lo había meditado muchas veces en sus largas y solitarias noches en el apartamento que ocupaba en Madrid. Incluso lo había puesto por escrito en un diario íntimo que recogía sus andanzas personales y profesionales. Era su conclusión a los acontecimientos que llevaba vividos en los últimos meses. Parecería un accidente de tráfico, de los que a diario suceden en cualquier ciudad. Conocía los hábitos y manías de su jefe. No en vano llevaba más de seis años trabajando a su lado. Sólo tendría que buscar el momento propicio y la coartada segura que creía haber diseñado con inteligencia.
Esa misma mañana, después de escuchar lo que creyó su sentencia de muerte laboral, se encerró en su despacho y no pudo aguantar un hondo llanto. Su obsesión por acabar con quien causaba esa zozobra le hizo superar esta nueva crisis anímica. Habló con Sofía, la secretaria y mano derecha del jefe. Con la excusa de preparar una reunión de trabajo ésta le informó de que el viernes asistiría a la entrega de los Premios Ondas. Los galardones se celebraban en la ciudad condal y los invitados eran trasladados por la organización en vuelos especiales. El regreso tendría lugar de madrugada. Era el día perfecto, solo debería completar su plan de acción.