martes, 18 de septiembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (2)

                                                


Y los tontos son los que dicen: “¡de mí no se ríe nadie!”
                                                                                                       Miguel de Unamuno






Disponía de toda la semana para perfilar lo que ya tenía muy avanzado. Lo había visualizado muchas veces. Su mente fue un torbellino de imágenes, de miedos, de insomnios, de pesadillas. Resultaba sorprendente que una persona que se consideraba normal, con familia, mujer y dos hijos, estuviera tramando acabar con su jefe. No podía ser que por la conversación que había escuchado aquella mañana pudiera adoptar esa drástica decisión. Y estaba decido a llevarla a efecto…

En los días siguientes apenas habló por teléfono con su mujer. Algo extraño, pues a diario mantenían dos o tres conversaciones para contarse cómo había transcurrido cada jornada. También se mostraba despistado en las reuniones que dirigía en su despacho. En la oficina tampoco se relacionó con sus compañeros más íntimos con los que habitualmente desayunaba. A la hora de comer esgrimía alguna excusa y se escapaba a su apartamento, a unos quinientos metros de la oficina. Allí ultimaba la estrategia que en unos días llevaría a cabo. No quería que se le escapase alguna indiscreción o que le notasen su agitación. Nunca supo disimular sus sentimientos.

Se obsesionó con la idea homicida desde que comenzó a escribir un diario personal con sus vivencias y pensamientos. Lo que empezó como un juego, un desahogo o una distracción se había convertido en un tormento mental que no le dejaba pensar en otra cosa. No lo había comentado siquiera con su esposa con la que llevaba casado veinte años.


Ernesto era un hombre de fuertes creencias religiosas, educado en colegios de frailes en el seno de una familia de clase media. Por eso, él mismo estaba sorprendido de la firme determinación mental de llevar a cabo tal acción. Quizá, en el fondo, se creía un ángel vengador que apartaría de la circulación a una persona que consideraba perjudicial para él, sus compañeros y la sociedad.

Había pasado por varias experiencias laborales muy negativas que le marcaron y no estaba dispuesto a soportar otra más. Y menos en este caso en el que don Cándido era el único dueño y al que Ernesto había ayudado junto con sus compañeros para conseguir su mayor éxito empresarial. No le parecía justo que después de eso se quedase de nuevo en la calle.

Todas estas ideas le bullían mientras tumbado en el sofá de su apartamento repasaba su cuaderno-diario de las tapas rojas. Comenzó a escribirlo un año antes y ahora, debía destruirlo. En el cuaderno de las tapas rojas diseñó el modo de acabar con su jefe y la coartada que creía perfecta.
La idea surgió cuando conoció un defecto visual de don Cándido. Desde que lo supo pensó que confundir los colores de un semáforo podría resultarle fatal al cruzar cualquier calle. Lo escribió en su diario haciendo referencia a la manera en cómo se enteró de la tara. Unas fotografías de gran tamaño con el anagrama de la compañía colgaban de las paredes de la redacción. Pero los tonos de los cuadros no correspondían con los colores corporativos de la empresa.
En la redacción se encontraba Carla, una joven periodista rubia con ojos azules que siempre acudía al trabajo con ropa muy llamativa.
- No entiendo por qué el logotipo aparece en verde, le dijo Ernesto a Carla que estaba sentada junto al cuadro. ¡Si nuestro anagrama es en rojo vivo!, completó inocentemente Ernesto.
Carla soltó una gran carcajada y mirándole a los ojos, le dijo:
- Son cosas de don Cándido, que como es daltónico, confunde los colores. Ya ves, hasta resulta más moderno de esta forma…

Ernesto no insistió en los comentarios pues había escuchado que mantenía una relación con el jefe y quizá se tratara de una argucia para tirarle de la lengua. Ahí acabó el chascarrillo si bien se propuso confirmarlo con Pepe, otro compañero de trabajo que lo conocía mejor.
En cuanto tuvo ocasión se lo soltó, entre risas, al final de una comida de trabajo. Pepe le confirmó que don Cándido era daltónico y de paso le advirtió de la relación que mantenía con Carla. Le mostró su preocupación porque en una empresa tan pequeña podría llegar a oídos de Sofía, la secretaria del jefe y amiga íntima de Elisa, mujer de don Cándido. Las consecuencias podrían ser graves pues Elisa era la verdadera dueña del conglomerado empresarial que regentaba su marido.
Estos y otros comentarios aparecían en el cuaderno-diario de Ernesto que le ocupaban ya más de cien páginas escritas con su pluma Mont Blanc, con la que le gustaba escribir las cosas importantes de su vida. La estilográfica era un regalo de su esposa en su cuarenta cumpleaños y la llevaba siempre encima. Con ella firmaba los contratos de trabajo, las notas de regalos o las felicitaciones de Navidad. La pluma de nácar negro y oro, de punta fina, le daba mayor seguridad para expresarse porque le obligaba a escribir más despacio. Así compaginaba mejor sus pensamientos con la escritura. Su caligrafía era normalmente muy mala y de difícil comprensión incluso para él mismo. Excepto cuando escribía con la Mont Blanc.
El interés por las estilográficas, lo mismo que por la filatelia y el ajedrez le venía a Ernesto desde pequeño. Aficiones que le inculcó su abuelo paterno cuando le regaló una Sheaffer americana en su primera comunión. La pluma junto a una caja de puros habanos llena de sellos antiguos y un ajedrez con piezas de caoba fueron el mejor obsequio que recibió ese día. Al menos así lo recordaba. De las tres aficiones de su infancia conservó el gusto por coleccionar plumas y sólo jugaba al ajedrez de vez en cuando con un ordenador . La colección de sellos la extravió en el transporte de alguna mudanza.
Atesoraba más de veinte piezas de un gran valor sentimental y económico. No en vano constituían auténticas joyas, con capuchones de oro o plata y puntas siempre de muchos kilates. Una afición que había cultivado entre sus familiares y amigos que le obsequiaban con nuevas marcas en las celebraciones importantes. Desde el momento en que intuyó que las cosas no marchaban bien en la empresa comenzó a escribir ideas inconexas de cómo acabar con don Cándido. Primero fueron simples elucubraciones al conocer su defecto visual. Después tomó nota sobre sus costumbres y manías, como su hábito diario de cruzar a pie la calle tras bajarse del coche. Descendía junto a la puerta del garaje, frente a su domicilio; y atravesaba una vía con mucha circulación regulada por un semáforo.
El dónde, cómo y por qué estaban recogidos de forma detallada en esas páginas de su diario mezcladas con otras reflexiones y experiencias personales. Sólo faltaba el cúando y lo acababa de decidir. Por todo eso el diario tenía que ser destruido, quemado. Estaba convencido que tras el accidente se produciría una exhaustiva investigación y que él sería uno de los principales sospechosos.

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