domingo, 30 de diciembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (25)

                                                     

     Los ricos solo se preocupan de sí mismo…” 

                     (Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta)





La conmemoración de los diez años de la compañía congregó a un gran número de representantes de los medios de comunicación, de la política y de la vida social. Entre ellos un ex ministro al que se le había visto a menudo con don Cándido. Se comentaba, entre los empleados, que eran muy amigos. Seguro que algo buscaba: favores de otros políticos de su partido o influencia en algunas instituciones. Lo cierto es que asistieron juntos a muchas fiestas y a más de una cacería. 

Lucio se lo confirmó a Ernesto en una conversación cuando volvían del aeropuerto y  lo recogió en su cuaderno diario a modo de conversación:

- Yo no lo conozco mucho, pero últimamente le vamos a buscar casi todos los días a su casa, dijo Lucio refiriéndose al ex ministro.
- Les he llevado a varias cacerías a Extremadura y a unas cuantas reuniones en nuestras oficinas.
- Y de qué hablaban en el coche, le pregunté.
- No sé. Tampoco presté mucha atención. Un día hablaron de comprar obras de arte o así. El ministro, bueno el ex ministro, conocía a un marchante y le aconsejó para que invirtiera en pinturas y esculturas. Me acuerdo porque me llamó la atención de que hablaban de cifras de varios millones de euros. Pero ya sabes cómo es el jefe…
- Vamos que no le convencía…
- Parece que no, porque el otro insistía mucho. Y le dijo algo así como que si no se acordaba de lo del juicio, de cómo le pagaron  al juez... Pero no pude escuchar más. En seguida cambiaron de tema.

De esta conversación dedujo Ernesto y escribió en su diario que, ese asunto tan oscuro del juicio, se pudo resolver con la compra de voluntades mediante el regalo de obras de arte. Eso unido a que el detective encontró algún asunto oscuro en la vida privada del juez  le forzaron a doblar su condena. Porque nunca se supo realmente cómo ni por qué se alcanzaron esas cifras millonarias en la sentencia que obligó a la otra empresa rival a indemnizar con casi cincuenta millones de euros. 
Pero volviendo a la celebración, el ex ministro no se separó de don Cándido durante la fiesta. Las esposas de ambos estuvieron también juntas toda la noche. El champán francés y los canapés no dejaron de servirse entre los más de quinientos invitados presentes en el jardín de las instalaciones, engalanado para la ocasión con varias carpas. Las cámaras de televisión ofrecieron en directo el momento de los discursos y los reporteros de los programas del corazón se cebaron con algunos famosos.

En un momento de la fiesta se apagaron las luces y apareció una gran tarta de cumpleaños con diez velones encendidos. Don Cándido, Elisa y sus hijos se dieron la mano y soplaron juntos. Los invitados irrumpieron en aplausos. Una actuación musical de un grupo de moda cerró la velada pasadas las tres de la madrugada. El anfitrión, cansado, decidió volver a su casa. Ernesto también se marchaba cuando el Audi se detuvo junto a él y le invitaron a subir.

- No se moleste, don Cándido que me voy en taxi.
- No hombre, sube, que pasamos cerca de tu apartamento. Ponte delante, le dijo.

En el asiento de atrás viajaba acompañado de Elisa, su esposa y de Sofía, la secretaria de confianza que era como de la familia. Su domicilio les pillaba de paso.

- Qué te ha parecido la fiesta, le soltó. Han venido todos los medios…Vaya éxito, exclamó orgulloso.
- Ha estado muy bien. Sí. He saludado a varios colegas de medios de comunicación. Por cierto, que un periodista me ha preguntado que si íbamos a asociarnos con un grupo multimedia nacional, que se había extendido el rumor en el sector…
- De asociarnos nada, ya no quiero más socios. A partir de ahora volaremos solos.
- Y otro colega que dirige un periódico en internet, de esos confidenciales, me ha asegurado que le habían hecho una oferta para vender…
- ¡Qué yo voy a vender! Bien, hombre... Antes muerto.
Las copas de champán le habían animado, lo sabía bien Ernesto, por lo que aprovechó la ocasión para lanzarle otra embestida.

- Incluso me ha dicho que se habían escuchado cifras de mil o dos mil millones de euros…
- Sí, hombre. Nosotros valemos más que eso. A ver si en vez de vender lo que voy a hacer es comprarles a ellos. Ja, ja, ja...

Se le notaba eufórico y sólo una mirada de Elisa, que tomó la palabra, cortó al lenguaraz esposo:
 
- Ya sé a qué te refieres, dijo Elisa. Es ese periodicucho digital que no hace más que llamarnos ¿verdad Sofía?
- Ah, esos. Sí, llevan toda la semana queriendo hablar con el jefe en relación a una supuesta oferta de compra. Llaman y como él no se quiere poner, me lo deja a mí para que le de largas…
- Ya sabes como es Sofía, se rió don Cándido. Es el mejor perro de presa que tengo. Me para todos los golpes…
- Ya, pero no me subes el sueldo…, le contestó con sorna.
- Ja, ja, ja. Para qué quieres ganar más si no tienes familia, ni novio, ni gastas nada. Dónde ibas tú a estar mejor que con nosotros, ¿verdad Elisa?
- A mi no me metas, en esto. Tú págale lo que tengas que pagarle y no me seas rácano.

La conversación se animaba pero discurría por unos cauces que no le convencían a Ernesto, pues quería conocer si la supuesta oferta de compra se trataba de un rumor, un globo sonda o un bulo de la competencia. Estas noticias se producían de manera habitual entre las empresas de medios enfrentados y grupos de comunicación. El mercado andaba muy agitado y también ayudaba la creciente crisis publicitaria.

- Mira Ernesto, le dijo en tono más serio. Yo no vendo esto por nada del mundo, porque es un negocio estupendo y el futuro de mis hijos. Así que todo lo que oigas son puros rumores de los grandes tiburones de los medios que quieren comerse a un pez pequeño... pero matón.

Soltó una sonora carcajada mientras le cogía la mano a su esposa y miraba de reojo a Sofía. El trayecto al centro había terminado junto a la Plaza de España a unos pocos metros de su apartamento. El vehículo se detuvo unos segundos mientras se despedían. Hacía frío. El contraste con el calor del coche y la poca ropa que llevaba le hizo toser. También había fumado demasiado. Se metió las manos en los bolsillos y a paso ligero alcanzó enseguida el portal.










martes, 18 de diciembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (24)

                                                       

Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”

                                        (Carlo M. Cipolla, Allegro ma non troppo)





Los anuncios en la prensa solicitando testigos del accidente con la promesa de una fuerte recompensa económica no dio ningún fruto. Sólo algunas llamadas que parecían de curiosos fueron recogidas y filtradas por Sofía. Ésta le pasó un informe a Daniel para que decidiera con Elisa si aumentaban la recompensa en los próximos días o lo dejaban definitivamente.

Aunque nadie se lo había preguntado, la secretaria de dirección opinaba que podía ser una buena fórmula para descubrir al autor y sus cómplices. Si aumentaban la recompensa se delatarían entre ellos. Lo había visto en alguna película y así se lo dijo a su amiga Elisa y a Daniel, que en un momento de la visita al Hospital coincidieron en la sala de espera.

- Elisa, ahora que me lo preguntas te diré que yo ofrecería una importante recompensa. Más que el otro día. Porque lo mismo por dinero se delatan...
- Pero, el inspector tiene alguna prueba que puede incriminar a Carlos, y además me ha pedido que no volvamos a hacerlo…
- ¿Estás seguro, Daniel?, le dijo Sofía. Ese policía no me inspira ninguna confianza. En los días que llevamos, y van más de dos semanas, no tiene nada claro.  
- Ya sabes que el dinero puede ser tentador. Yo pienso como Sofía que igual se denuncian entre ellos. Además, lo que diga el inspector me da lo mismo. El dinero es nuestro y hacemos lo que queremos...
- Vamos a intentarlo Daniel, no podemos estar parados de brazos viendo como se nos muere…
En ese momento se echó a llorar pensando en el estado en que se encontraba su marido. Pero enseguida reaccionó, se repuso y le dijo:

- ¿Cuánto crees que se puede ofrecer ahora?
- Uy, Elisa, qué sé yo. La semana pasada ofrecimos 10.000 euros.
¿60.000 ahora?  
- Y si ofrecemos 600.000 euros, que son cien millones de pesetas. Tanto Daniel como Elisa  pensaban todavía en pesetas, eran de la vieja escuela.
Se quedó pensativa.

- O un millón de euros que es una cantidad más redonda. No te parece muy tentador, Daniel
- Lo que me digas. Tú mandas...
- Pues venga. Prepara los anuncios para este próximo fin de semana y a ver qué pasa.

Daniel llamó al director general para comunicarle la decisión de la familia y para que hiciese todos los trámites pertinentes. No se fiaban del jefe de publicidad, Ernesto Navarro, del que mantenían serias sospechas de que estuviera involucrado. Pedro no hizo preguntas, a pesar de que le resultara muy extraño. Ni por gastarse un dineral en anuncios en los primeros periódicos de tirada nacional, ni por la cantidad tan alta que se ofrecía como recompensa. Sólo en rescates por secuestros se habían visto cifras tan elevadas. Los anuncios provocarían otro escándalo, más carnaza para los medios de la competencia. Pedro se convenció que el asunto superaría la gran repercusión mediática de la que ya disfrutaba el caso. Y en fin de semana, cuando las televisiones están carentes de otras noticias...

Y así fue. El despliegue tipográfico y lo novedoso del anuncio hizo que todas las televisiones informasen en sus telediarios del mediodía y de la noche, con conexiones en directo a las puertas del Hospital en donde permanecía ingresado don Cándido de Blas. También los programas del corazón aprovecharon la escasez de otras informaciones para dedicarles programas enteros. Se mostraban las páginas de los periódicos y se recopilaban datos de la figura del herido. Con imágenes del accidente aparecidas en la prensa días atrás y destacando la importancia de la recompensa por alguna pista. También especulaban sobre las investigaciones policiales, sin ofrecer nombres de los sospechosos, pero dejando caer que todo apuntaba a algún ex empleado despedido unos meses antes. El circo mediático ya estaba montado, justo lo que pretendía evitar el inspector. Desde hacía días que el caso apenas interesaba a los medios informativos, pero estos anuncios despertaron de nuevo la atención de todos ellos que se lanzaron como buitres en pos de la presa.

El inspector no conoció la escandalosa recompensa ni el alarde de medios utilizados hasta que se desayunó, ese domingo, con El Pais. Quiso contactar con Daniel pero no le cogía el teléfono. Llevaba ya un par de días que no le contestaba ni le devolvía sus llamadas. Resultaba muy extraño. Y para colmo se le terminó por indigestar la comida familiar cuando puso el Telediario. Todas las teles hablaban de ello y también apareció su fotografía en pantalla como responsable de las investigaciones policiales.
Fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. Esta familia de nuevos y prepotentes ricos hacían lo que les daba la gana. No estaba dispuesto a seguirles el juego. Ya lo había decidido, el lunes hablaría con su jefe y dejaría el caso. Recopilaría toda la información que disponía y se la entregaría para que otro compañero se hiciese cargo.

Cuando llegó esa mañana a la oficina dispuesto a dejarlo todo le esperaba el subinspector Álvarez con una amplia sonrisa y unos folios en la mano. Pasaron a su despacho y antes que dijera nada, se le anticipó su compañero y poniéndole las dos hojas encima de la mesa le espetó:

- ¡Le hemos pillado inspector!
- ¿Qué me quiere decir?, ya no se acordaba del trabajo que le había encargado.
- Pues que hemos encontrado la información que me pidió. Ernesto Navarro compró dos billetes por internet desde el ordenador de la empresa y los pagó con su visa oro particular...
- ¡Qué estúpido!
-Y ¿a qué no se imagina para dónde?
- ¡Para Madrid!
- ¡Pleno, jefe! Sacó un billete para el mismo viernes del accidente, con salida a las diez de la noche, bueno a las 21,59 exactamente, desde Córdoba a Madrid. Y otro, para las ocho de la mañana del día siguiente, el sábado, con salida desde Atocha y llegada a Córdoba para las nueve y media de la mañana.
- Lo que sospechábamos…
- Ahí tiene las copias de los billetes y el pago con su tarjeta, con los números en la parte de abajo.
- ¡Muy bien Álvarez! Y seguro que llegó al hotel por la mañana, se metió en su habitación de la que supuestamente no había salido…luego desayunó, pagó su factura en recepción y vuelta en ave a Málaga.
- Bien pudo ocurrir así.
- Este se pensaba que somos tontos…
- Sólo nos queda rematarlo con las imágenes de las cámaras de la Estación de AtochaEstamos en ello inspector...

La alegría por la información que acababa de conocer le hizo olvidarse de su intención de abandonar la investigación. Ahora no. Habló con el Comisario Jefe al que le contó estas últimas novedades y se personó en la empresa para informar personalmente a Daniel. Si le hubieran hecho caso quizá se hubieran ahorrado bastante dinero en anuncios de prensa. El plan estaba trazado: detendrían a Ernesto esa misma mañana y a su amigo en cuanto lo localizaran. Había dado órdenes ya para que los buscasen en Madrid y en Málaga.

jueves, 13 de diciembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (23)

                                       

Los amores con la tía Julia continuaban viento en popa, pero las cosas se iban complicando   
      porque resultaba difícil mantener la clandestinidad.(…) Habíamos optado, por eso, en vernos  
                           menos de noche y más de día, aprovechando los huecos de la Radio.”

                                        (Mario Vargas Llosa, La tía Julia y el escribidor)





Las pesquisas del inspector abarcaron a otros dos directivos y a una redactora despedida unos meses antes. Al director financiero, Juan Aguirre, que llevaba un año de baja por depresión y lo había denunciado por moobing. A Pedro Fortuny actual director general que era el más beneficiado por la nueva situación y la ex redactora Carla Fernández, que tuvo un romance con el jefe y fue despedida fulminantemente cuando transcendió la noticia. 

El lío de Carla con don Cándido fue portada de varias revistas del corazón y en programas televisivos del mismo tipo. Su despido se vería ahora en el juzgado de lo social número diez. Ella solicitaba la nulidad al considerar que hubo acoso sexual y abuso de autoridad. Don Cándido no se doblegó en el acto de conciliación al pago de una importante indemnización para solucionarlo  mediante un acuerdo amistoso que evitara  la exposición a la prensa. Ahora el asunto podía suponer una bomba de relojería cuando se conociesen todos los detalles y con el empresario en estado de coma.

Por su parte, el actual director general Pedro Fortuny era el más beneficiado al quedar al frente de la compañía. Pero disponía de una buena coartada. Estuvo en la entrega de los Ondas en Barcelona en donde pasó la noche en la fiesta de los premios y fue visto por muchos invitados hasta altas horas de la madrugada. El inspector lo comprobó rápidamente y no continuó indagando. Ni siquiera precisó interrogarle.

Los casos de Juan Aguirre y Carla Fernández necesitaban de mayor atención y tacto. No se encontraban en la compañía cuando se produjo el accidente, si bien Juan era por baja de enfermedad. Denunció a su jefe por acoso laboral y moral, más conocido por el término anglosajón de “moobing”.  Le relegó de sus funciones de responsable financiero sin ninguna explicación y le sometió a continuos cambios del puesto de trabajo en los que realizaba simples tareas administrativas. Esta situación le ocasionó fuertes trastornos depresivos que finalmente avocaron en una larga baja.

Durante muchos años Juan fue la mano derecha de don Cándido. Ocupó el puesto de director financiero, lo que le facilitaba información privilegiada de todas sus empresas. Además, participó en el juicio millonario tantas veces referido. Por todo ello se encontraba en el grupo de posibles sospechosos. El inspector se dispuso a charlar con él en su domicilio. Juan Aguirre llevaba un año de baja, con una fuerte depresión y con un tratamiento médico y farmacológico muy severo. Ocupaba sus mañanas en pasear por el parque situado debajo de su domicilio. Leía la prensa, se tomaba un aperitivo y regresaba a su casa. Por la tarde se echaba una larga siesta. La medicación le daba mucho sueño y el descanso le sentaba bien.

Le recibió en compañía de su esposa que era letrada y le asesoraba en su demanda. Se sentaron en el saloncito, en un sofá amplio y cómodo. La primera en hablar fue Maria, la esposa, quien le comunicó al inspector que su marido se encontraba muy afectado por el accidente pues a pesar de todo lo sucedido seguían siendo amigos desde la infancia.

- Mire inspector, le dijo. Quizá pueda parecer que nos alegraría que le ocurriese algo malo a don Cándido. Pero no es así. Los dos eran amigos desde hace más de treinta años. Juan ha sido su mano derecha y ahora se encuentra en esta situación...Lo degradó profesionalmente y lo menospreció personalmente, eso es innegable, pero no le deseamos ningún mal.
- No lo dudo señora...
- Disculpe, no he terminado. Mi marido se encuentra muy mal y tiene verdadero terror a volver a trabajar a su lado. Sólo esperamos que esto acabe pronto por el bien...
- Como comprenderá -se repuso y continuó María- en el estado que se encuentra Juan, medicado, no se le ocurriría coger un coche. Se lo prohibió el médico...y esa noche precisamente estábamos todos en casa, era el cumpleaños de nuestro hijo mayor.
- No lo pongo en duda, pero no me negará que su esposo tendría “motivos” para desear que le pasase algo a su “amigo”, remarcó con cierto retintín.
- No lo niego, le interrumpió Juan a su esposa que pretendía tomar la palabra. Es verdad que no me alegro, porque no deseo mal a nadie, pero tampoco me produce ninguna pena. Nos ha hecho mucho daño porque estas cosas repercuten en toda la familia.
- Juan no digas eso. Que ha sido tu amigo aunque hayáis acabado así.
- Tengo entendido que participó usted en el pleito millonario y conoció también el turbio asunto del investigador privado y el juez…
- No digas nada..., le cortó María.
- No importa, que lo sepa, tenía ganas de contarlo y que luego lo compruebe si quiere con Daniel…
- Soy todo oídos.
- Mire. En el repetido juicio todos aportamos mucho esfuerzo para que lo ganase. Yo como director financiero hice varios informes de las irregularidades que se estaban cometiendo contra nosotros y del incumplimiento del contrato. Lo puse de manifiesto en el juicio y lo ganó. Pero lo mismo que el resto de compañeros no vimos un solo duro de lo que nos prometió. Eso por un lado...
-Sí, dígame...
- Respecto al investigador privado que contrató para espiar al juez, le puedo decir cómo se llama. Yo pagué la factura un año después de que ocurriese todo. Eran seis mil euros a una empresa llamada, creo recordar, Callao Investment o algo así. Lo puede comprobar. Yo no sé realmente lo que investigó o lo que encontró aunque lo cierto es que algo importante tuvo que ser para que el juez cambiase su fallo y duplicase la pena. Y no le voy a decir más. Se lo pregunta usted a Daniel que conoce todos los detalles.
- Me parece que esta conversación ha finalizado, dijo secamente Maria. Se levantó de la silla y le acompañó a la puerta.
- Ah, y dígale a Elisa o a Daniel que dejen a mi marido en paz, que paguen lo que le corresponde y así acabaremos con todo esto. Que ya sabemos que con un compañero han llegado a un acuerdo y no ha habido juicio. Dígales que estamos dispuestos a negociar. Que Juan lo que necesita es olvidarse de todo. Tiene sesenta y tres años y con el paro que le corresponde llegaría tranquilo a la jubilación.
Se lo transmitiré a Daniel para que se lo diga a Elisa, le contestó el policía cuando bajaba por las escaleras.

El inspector conoció así más detalles del investigador privado. No estaba seguro que aportase nada nuevo pero cada vez le quedaba más claro que había muchos cabos sueltos y que cualquiera tenía razones para desear acabar con su jefe.
Lo mismo le ocurrió cuando se entrevistó con Carla, la periodista que fue despedida al hacerse público un supuesto romance. La joven era reacia a verse con el inspector de manera informal y finalmente fue citada en la Comisaría en donde compareció con su abogado.
Las investigaciones no avanzaban. El inspector había comprobado que no era querido entre sus empleados ni entre sus colaboradores de confianza, por lo que a priori todos eran sospechosos. Sin embargo, su olfato le decía que de momento sólo dos personas acumulaban indicios suficientes para ello: Carlos y tal vez Ernesto.

Pensaba en esos detalles cuando llegaron Carla y su abogado a su despacho en la Comisaría . Les contó el motivo de su presencia y las pesquisas que estaba llevando a cabo. Ratificó con la redactora algún aspecto de su paso por la empresa y de su situación actual. Le llamó la atención lo arreglada que venía, con una falda muy ajustada y corta. Se dispuso a contestar las preguntas más comprometidas que le hizo el inspector.

- Me despidió porque su mujer descubrió lo nuestro. Un “rollete” fruto del acoso al que me sometía. Porque como comprenderá, no me van los hombres de casi sesenta años y con escaso atractivo… Salvo su dinero.
- Me hizo proposiciones, insistía y no me quedó otro remedio que aceptarlas o me veía en la calle. 
- Pero usted sabía que si su mujer se enteraba también la despedirían… 
- Era un riesgo, pero entonces se armaría un escándalo y me tendría que soltar una buena indemnización… 
- Ah, eso es lo que buscaba… 
- No, fue él quien me insinuaba y me invitaba en sus viajes fuera de Madrid. 
- Eso tiene un nombre inspector, le cortó el abogado de Carla. Eso es acoso sexual en el trabajo...
- Ya, veo por donde van. 
- Ni se lo imagina, replicó Carla. A ese le voy a sacar todo lo que pueda y; además, voy a salir contándolo en todos los periódicos y teles. Y más ahora que está así. Me ha hecho mucho daño y lo va a pagar… 
- Pero ya lo está pagando. Está en coma, puede morir. Y veo que usted hubiera hecho cualquier cosa para ponerle en esa situación… 
- Un momento, un momento, le paró el abogado. 
- Hasta aquí hemos llegado. Si tiene alguna acusación concreta hágala ahora o nos vamos por esa puerta de inmediato. Y que sepa que ya ha subido el pan… 
-¿Cómo? 
- Que le puede decir a la compungida Elisa o a su abogado Daniel, que son los que manejan ahora la empresa, que si no quieren que esto vuelva a salir en el juicio y en todas las teles, que aumenten la indemnización. Es la única manera que tienen de silenciar este asunto... que bastante daño le está haciendo a mi defendida. Buenas tardes.

Se levantaron y salieron sin cruzar ninguna palabra más con el inspector. Éste se reclinó en su sillón y abrió el libro de Ruiz Zafón que estaba terminando de leer. Recuperó una cita que le llamó la atención y que pensó muy apropiada:
 “Sonrisa aceitosa y gangrenada de desprecio que caracteriza a los eunucos prepotentes que penden como morcillas tumefactas de los altos escalafones de toda empresa”. Era de la Sombra del Viento, un éxito editorial que le había enganchado y que quería terminar de leer. Describía en ese párrafo la situación de los editores de Julián Carax, respecto a su secretaria, que se parecía bastante a lo que acababa de escuchar en boca de Carla. El acoso sexual en el trabajo como una forma de coacción que colocaba a la mujer en una posición de sometimiento con difícil salida. Porque si se opone y no accede a las insinuaciones, mal; y si cede, a la larga, todavía peor. Sobre todo si el jefe está casado y posee una gran fortuna. 

Estos acontecimientos y las informaciones que recopiló en los últimos días le inducían a pensar, cada vez más, que quizá se merecía lo que le había pasado. Enseguida reaccionó, surgió su profesionalidad y la obligación de obtener pruebas para incriminar a los sospechosos. Llamó al subinspector Álvarez y le recordó la tarea de indagar en la página web de Renfe para averiguar si Ernesto había comprado algún billete del ave con destino a Madrid. Le aleccionó para que contactase con el servicio de delitos electrónicos de la Policía Nacional. Era muy urgente y necesitaba que rastreasen una compra de billetes por Internet mediante el pago de tarjeta de crédito, posiblemente, a nombre de Ernesto Navarro Domínguez. Quizá no reparó en ese detalle...











martes, 11 de diciembre de 2012

REFLEXIONES EN EL CERCANIAS

La ONU sobre raíles

Vuelvo a tomar el cercanías después de algunos meses.Y retomo este sitio en donde cuento, mientras viajo a la capital, las sensaciones matinales en este cercanías de la Costa del Sol. Un cercanías de medio recorrido pues solo llega hasta Fuengirola y sin embargo no pierde su vocación de una pequeña ONU sobre raíles. En los escasos veinte minutos de trayecto desde Torremolinos me he paseado por los vagones y he tenido la oportunidad de escuchar a unos alemanes, ingleses y quizá unos belgas pues me pareció flamenco lo que hablaban. El chino sentado enfrente viajaba solo y no le pude escuchar, aunque tampoco hubiera distinguido si era mandarín u otro dialecto del país de los dragones. Los españoles en esta mañana estábamos poco habladores y no oí apenas la lengua de Cervantes, salvo la voz de megafonia que anunciaba las disntintas paradas. Estamos casi en invierno y aunque el turismo ha descendido notablemente este cercanías de la Costa del Sol sigue siendo una pequeña ONU. Nuestra ONU particular. Es lo que han dado de si los veinte minutos de trayecto...

miércoles, 5 de diciembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (22)

                                                     

“…es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”

                                   (Juan Ramón Jiménez, Platero y yo)






La familia estaba muy nerviosa y preocupada. El último informe médico les daba escasas esperanzas de recuperación. En el mejor de los casos, les dijeron, quedaría en estado vegetativo y sin posibilidad de recuperar el movimiento. De nada habían servido los cuidados de enfermeras y especialistas. El cerebro se encontraba muy dañado por el golpe y tampoco aconsejaban una intervención de momento.

Daniel, mientras tanto, tomó la iniciativa y decidió publicar varios anuncios en la prensa de tirada nacional. El Pais, El Mundo, ABC y La Razón insertaron  a página completa un texto en el que se solicitaba la colaboración de los ciudadanos para identificar al conductor del atropello. En las emisoras de la capital también programaron cuñas en las que se ofrecía una suculenta recompensa para quien diera alguna pista para esclarecer los hechos. El alarde en los medios de comunicación les costó más de cien mil euros. Parecía el último cartucho del abogado ante el nulo avance de las investigaciones por parte de la policía.

El inspector pretendía inculpar a Carlos Ferrín aún sabiendo que sus pruebas era poco consistentes. Respecto a Ernesto debía rastrear la compra de billetes del ave por internet. Verificaría la posible adquisición por la web de Renfe de la ruta Córdoba a Madrid y vuelta. El policía se desayunó con los anuncios en los periódicos. Le pareció un derroche innecesario porque era partidario de incriminar directamente a Carlos y continuar con las investigaciones sobre Ernesto.
Se lo comunicaría a Daniel el mismo lunes. También necesitaba mantener un intercambio de información con el abogado para que le contase los entresijos de la empresa. Y sobre todo, que no se produjesen actuaciones sin consultarle. Como esa de inundar los periódicos de anuncios en busca de pistas que le dejaba en muy mal lugar. El descanso del fin de semana no le calmó lo suficiente. Todo lo contrario, no hizo mas que darle vueltas a la situación y estaba dispuesto a abandonar la investigación si Daniel o la familia no aceptaban sus criterios. En sus años en el cuerpo de policía, con más de treinta de oficio, no admitió interferencias en su  trabajo.

La reunión con Daniel se retrasó esa mañana porque el abogado había salido de la oficina. Sofía, la secretaria, le comunicó que volvería en una hora. Recibió una llamada urgente de un colega, que representaba a una multinacional de comunicación, muy interesado en sondear la posibilidad de que la familia aceptara una oferta para vender las empresas.

La conversación con su colega transcurrió por estos cauces:

- Hombre Javier ¿cómo podéis pensar en comprarnos en estos momentos?
- No te enfades...
- Es que sólo han pasado diez días del accidente...y en la situación que se encuentra don Cándido... y el estado de ánimo de la familia...
- Daniel, nosotros somos meros intermediarios. Tú sabes bien que nuestra compañía ha estado siempre muy interesada en adquirir sus empresas. 
- Pero quizá, no es el momento...
- Bueno, ya se le hicieron unas ofertas cuando estaba vivo…Bueno, perdona, cuando estaba al frente de…Ya me entiendes. Seguro que la familia conoce las cifras que se manejan…
- Pero podías esperar por lo menos un poco, ¿no?
- ¿Para qué nos vamos a engañar? Sabemos que la familia se está planteando la venta y me parece normal. Sólo te pido que se lo transmitas a Elisa. Y si te parece nos vemos la semana que viene.
- Vale, no te prometo nada porque tendré que buscar el momento oportuno y ahora la cosa está muy mal…
- ¿Ha empeorado?
- Sí, hay pocas esperanzas...No puedo decirte nada más. Disculpa que me esperan para una reunión.
- Entones te llamo la semana que viene y me dices algo ¿no?
- Vale, hasta la semana que viene.

El inspector esperaba ansioso en una sala contigua al despacho de Daniel. Sofía  le hizo entrar cuando regresó el abogado:

- ¿Cómo van esas investigaciones, alguna novedad?
- Desgraciadamente no. No he sacado nada en limpio de mi viaje a Málaga. Parece como si hubieran preparado la coartada a conciencia…
- O a lo mejor es que no hay nada…
- Ya veremos, tengo que hacer unas comprobaciones…
- ¿Y Carlos?
- Yo soy partidario de incriminarlo y presentarlo ante el juez, para ver qué pasa…
- Mejor esperar a disponer de más pruebas…¿no?
- ¡Ya! O a que me vuelvan a dejar con el culo al aire…
- ¿Cómo?
El ambiente de tensión se palpaba en el ambiente. La respuesta del inspector, muy desairada, no le gustó a Daniel. Y especialmente en estos momentos tan críticos. El inspector continuó sin pestañear:

- Porque si no me cuenta todo lo del juicio, las implicaciones del detective privado y el juez... Así es difícil que pueda avanzar en la investigación. Y para eso mejor lo dejo...
- Mire inspector, se puso muy serio Daniel. Del investigador privado no puedo decirle nada porque forma parte del secreto profesional y le aseguro que eso no tiene nada que ver con este accidente. De lo demás, usted es el experto
- Ya, pero...
- Déjeme, por favor. Yo sólo le pido que si acusa a alguien, máxime si se trata de un ex empleado, necesitamos pruebas contundentes para no quedar en ridículo y darle bazas a la prensa para que se ceben otra vez con nosotros. La familia no está para más escándalos en los medios de comunicación.
- No estoy seguro de eso, le replicó también muy serio el inspector. Sobre todo, a la vista del despliegue de anuncios de este fin de semana...
- Me parece -continuó el policía- que debo saber todo lo acontecido en esta empresa en los últimos meses y sobre todo lo relacionado con el juicio y el pago millonario, porque ahí podríamos tener una causa y una motivación muy clara.
- Bueno, si insiste, le daré el nombre del investigador privado y hable usted con él. Ya verá como no tiene donde rascar…
- Bien, eso lo decidiré yo...Entonces, concluyó, comprobaré un par de informes y procederemos a detener a Carlos y lo presentaremos al juez como imputado.
- Téngame informado, se despidió Daniel al que no le gustó cómo se desarrollaron los acontecimientos.  

Le desbordaba esta situación porque no era un abogado especialista en derecho penal, lo suyo eran el mercantil y civil. Ahí se movía como pez  en el agua.

La familia se reunió para comer con Daniel. Se citaron en un restaurante próximo al hospital. La cara de Elisa mostraba el cansancio de los últimos días y el pesimismo por las noticias que le transmitían los médicos. Los hijos, Vero y Cándido junior, también parecían agotados.

Les contó la entrevista con su amigo Javier, el abogado que trabajaba para una multinacional interesada en comprar las empresas. Elisa no tenía ganas de hablar pero le dijo que les sondeara porque era partidaria de aceptar una buena oferta, dejar los negocios y centrarse en la salud de su marido:

- No quiero hablar ahora de dinero, pero que nos hagan una oferta  para ver si van en serio o no...
- Y sobre todo, Daniel, mucha discreción. No queremos salir más en la prensa. Que bastante hemos aparecido el fin de semana con los anuncios.
- ¿Qué te ha parecido la idea?
- No sé si ha sido...Lo siento Daniel, pero no se habla de otra cosa en los medios…Y sobre todo, la policía entonces para qué está…
- Sí, la verdad. Discúlpame si no te ha gustado…Me pareció oportuno porque veía que el inspector no estaba avanzando nada y lo hice…¿Quieres que contratemos un investigador privado por nuestra cuenta?
- Déjalo Daniel, no hagamos más ruido. A lo mejor, después de todo, no ha sido más que un simple accidente, uno más…No sé, no estoy en condiciones de pensar. Lo dejo en tus manos. Tú sabrás qué hacer...
En verdad Elisa tenía razón. Confiaba plenamente en Daniel que, además de amigo de la familia, era considerado como uno de los mejores abogados mercantiles de Madrid y posiblemente de España. Doctor, profesor en la Universidad y con un despacho de diez letrados a sus órdenes que se dedicaba casi en exclusiva a sus empresas. Por eso la idea de venderlas no le atraía demasiado. A menos, eso sí, de que obtuviera una buena comisión que le retirara anticipadamente. Ya consiguió un buen pellizco con el anterior juicio y si mantenía el porcentaje en esta nueva operación podría retirarse a los cuarenta y ocho años. Luego, sin embargo, pensó que la venta no le agradaría nada a don Cándido, lo conocía muy bien. Si llegara a recuperarse...

En la preparación, desarrollo y desenlace del juicio millonario fue decisiva su estrategia junto con las declaraciones e informes de varios empleados. Las pruebas que se presentaron fueron ideadas por él y aportadas por varios directivos que recorrieron el país recopilándolas. Los informes de Carlos y su testimonio resultaron determinantes en la vista oral para aumentar en varios millones la cuantía de la pena. Ernesto y Pepe elaboraron también dosieres, fotografías y requerimientos notariales que convencieron al tribunal. Pero Daniel fue quien orientó toda la batería de pruebas y las supervisó, además de llevar directamente el juicio. Su triunfo contribuyó a afianzar su relación tan estrecha con el jefe. Se podía decir que era la única persona en la que realmente confiaba don Cándido. Por eso no quería traicionarle…y albergaba muchas dudas sobre la venta de las empresas.












sábado, 1 de diciembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (21)

En el café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano: Soy más valiente que tú, 
                                                más torero y más gitano”

                                      (Federico Garcia Lorca, El Café de Chinitas)





El análisis del Renault 19 desveló la presencia de huellas en el interior, además de restos de sangre y golpes en la carrocería que confirmaban a ese turismo como el causante del accidente. La cerradura del conductor estaba forzada, el cristal roto y los cables del contacto sueltos, con los que hicieron un puente para arrancarlo. 
En el volante, en la palanca de marchas, el espejo retrovisor y asientos delanteros hallaron huellas de Carlos y Ernesto. Luego descubrieron otras marcas que no correspondían a ninguna persona fichada. Se descartaba, de esta manera, a delincuentes habituales. Esas huellas desconocidas aparecían muy claras en la puerta del conductor y en el interior, junto a las de los sospechosos. Pero, sobre todo, destacaba una más nítida junto a las manchas de sangre de la parte trasera del turismo. Y no era ni de Carlos ni de Ernesto.

El agente que terminó el informe quedó desconcertado porque las sospechas apuntaban a los dos empleados y sin embargo las pruebas creaban muchas dudas, según se desprendía de la misma documentación. La huella junto a las manchas de sangre no había sido identificada. El agente llamó al móvil del inspector Sánchez que se encontraba de viaje por Andalucía:

- Hola inspector, estamos un poco confundidos porque aparecen varias huellas  en el interior sin identificar y que no son de los sospechosos...Y también fuera, otra muy clara junto a los restos de sangre del herido que tampoco sabemos de quién es...Desde luego no corresponden a los habituales ladrones de coches fichados. Hemos repasado todas las bases de datos y no...
- Bueno, pero de los dos sospechosos también aparecen en el interior del coche, ¿no?
- Sí, sí; algunas hay, aunque no son recientes...
- ¡Bueno!, pero están ahí ¿no?
- Inspector, tenga en cuenta que es su coche y seguro que su amigo se habrá montado también alguna vez. Me parecen pruebas...con poca consistencia  para llevarlos ante un juez y que
- No haga especulaciones agente, le cortó.
- Las huellas ahí están y aunque denunciaron el robo del coche puede ser una estrategia para su coartada. Mira, estoy en Antequera y aquí ha ocurrido un caso parecido y han inculpado a los que pretendían engañar a la policía.
- Usted sabrá inspector, yo me limito a hacer mi trabajo y a contárselo. Le dejo el informe encima de su mesa y le doy una copia al Comisario.
- De acuerdo, y si descubren la identidad de las otras huellas téngame informado.

El inspector colgó su móvil y reanudó la conversación que mantenía con un compañero de la comisaría de Antequera.

- Disculpa, me llamaban de Madrid del caso que estoy investigando que te estaba contando...Me decías que sospechasteis enseguida del denunciante del robo de su vehículo…
- Sí, además tenía antecedentes por delitos diversos y había estado involucrado en otros accidentes de tráfico. Enseguida confesó cuando le presionamos en comisaría y reconoció que era el autor del atropello. Además, el supuesto testigo que pretendía corroborar su testimonio resultó que era su amigo íntimo. Fue muy sencillo sacarle una declaración. Se vino abajo, porque tenía muchas contradicciones y al final "cantó"...ja, ja, ja…
- Pero, simuló el robo de su propio coche y luego lo denunció…
- Sí, pero tras cometer el atropello...y darse a la fuga. Se ve que se asustó y decidió simular el robo.
- Claro, en mi caso lo hicieron antes, lo prepararon con tiempo y por eso va a resultar más difícil demostrarlo...

Los policías aguardaban la llegada del tren en la estación de Santa Ana, en donde se habían citado para charlar de ambos casos y después continuar viaje a Málaga. La nueva terminal del ave distaba unos quince kilómetros de la ciudad del Torcal. Cuando dieron por finalizada la conversación  se despidieron con un apretón de manos junto al monumento de bronce “Homenaje al viajero” del artista antequerano Cristóbal Toral. El conjunto escultórico estaba formado por varias maletas antiguas apiladas y que presidía  la explanada de entrada a la estación. Las maletas son el elemento más representativo de los viajes y en eso Toral era un maestro, tanto en la pintura como en la escultura.

El inspector subió al tren con destino a la capital malagueña donde le esperaba otro colega que le acercaría a Torremolinos. Su intención era comer por allí y entrevistarse con la familia de Ernesto, por la tarde, antes de volverse en el último ave.

El trayecto hasta la capital de la Costa del Sol fue breve, apenas media hora en un recorrido lleno de túneles y viaductos muy largos con algunas vistas extraordinarias. Lástima que la gran velocidad le impidió disfrutar más del paisaje.

La nueva estación malagueña se llamaba “María Zambrano”, en recuerdo de la escritora y pensadora veleña, discípula de Ortega y Gasset. Estaba como recién estrenada y no se parecía a la que conoció hace años cuando viajó por primera vez a Málaga. Fue en los años ochenta, en unas vacaciones de Semana Santa. Entones, al llegar a la vetusta terminal y bajarse del Talgo, después de cinco horas de viaje, notó la calidez del clima mediterráneo. Recordaba cómo le llamó la atención el arbolado interior y la suave brisa que se colaba entre las rejas de la fachada. Y la luz, el torrente de luminosidad que se filtraba por la techumbre y los laterales de las marquesinas que cubrían los andenes. En nada semejante a la enorme acristalada estación del ave que la había sustituido. Muy moderna, con muchas tiendas y restaurantes, parecía un gran centro comercial. Aquella, sin embargo, la evocaba con más encanto, donde se escuchaba  el trino de los pájaros que revoloteaban por los andenes.

En veinte minutos llegaron a la Carihuela. Querían comer en un chiringuito hasta la llegada de la esposa y los hijos de Ernesto. Su compañero le mostró el largo paseo marítimo que se extendía desde unas rocas en donde rompían las olas hasta Puerto Marina en Benalmádena. Un bello puerto deportivo que simulaba una pequeña Venecia, con puentes que daban acceso a los apartamentos lujosos junto a restaurantes, tiendas y barcos atracados a su puerta. Una estampa muy turística pero que en este último sábado de noviembre apenas tenía visitantes. La jornada soleada resultaba muy agradable para pasear cerca del mar o comer en una terraza pegada a la playa.

Los dos policías se sentaron en un sencillo "chiringuito" construido en madera. El inspector envidió la suerte de su compañero por vivir en un lugar tan agradable, con ese clima tan benigno.

- Esto de comer en la misma playa, con este sol y esta temperatura es todo un lujo...
- No lo sabe bien inspector…Hasta que no regresé a Málaga no paré. Me pasé diez años en el País Vasco y no sabe las ganas que tenía de volver.
- Me lo imagino…
- Yo soy de Ronda, no sé si la conoce…
- No, la verdad es que he oído hablar muy bien pero no he estado…Te prometo visitarla cuando me jubile…
- Tiene que venir, me parece la ciudad más bonita de Andalucía. No exagero. Allí tengo a mis padres y me escapo cuando puedo. Aunque me he habituado a vivir en la costa, cerca del mar, por la luz...Estamos allí, al otro lado de la bahía- le señaló con el índice-, en Torre del Mar.
- Tiene que ser una gozada vivir aquí, sí. Ya te digo, cuando me jubile, que me queda poco, te prometo que volveré...Seguro que aquí, además, estará todo más barato...
- Bueno, ya no tanto...La casa y la comida son quis algo más asequibles que en Madrid.
- Seguro...

Mientras hablaban de las bondades de la zona degustaron unas sabrosas sardinas que llamaban espetos. Estaban insertadas en unas cañas, a modo de estoque, con las que se asaban lentamente a la brasa para soltar la grasa. El fuego se montaba sobre unas típicas barcazas, pintadas de colores y colocadas a pleno sol en la arena de la playa. El espetero encargado de prepararlas se cubría la cabeza con un sombrero de paja, ajeno al calor y a la humareda. Luego siguieron comiendo unos pescaítos fritos también típicos de la Costa del Sol, unos boquerones victorianos y otros pescados pequeños muy frescos y sabrosos. Todo ello regado con unas cervecitas.

A los postres recibió la llamada de Ernesto que le anunció que su esposa e hijos se encontraban ya en la Carihuela, en la heladería San Miguel, en mitad del paseo marítimo. Le esperarían sentados en la terraza. Pagó la comida y quedó con su compañero en el mismo restaurante para volver a la estación. 

La familia de Ernesto le recibió con mucha frialdad. Lo normal dadas las circunstancias y el motivo de su visita. Se sentaron, pidieron un café y unos helados. El inspector intentó tranquilizarles diciéndoles que no tenía sospechas de su marido, pero que debía confirmar lo que había declarado. Les mentía pues era uno de sus principales sospechos. No hubo sorpresas. Le repitieron punto por punto lo declarado en Madrid por Ernesto. Se notaba que lo habían preparado.

- Y a usted no le sorprendió que su marido se fuera a Córdoba el mismo día que llegó de Madrid y que pasase la noche hasta el día siguiente por la mañana…
- No, ¿por qué? Eso es muy normal en el trabajo de mi marido. Casi todos los viernes, incluso algún jueves, vuelve de Madrid y asiste a alguna reunión por aquí... 
- Unas veces en Málaga, otras en Marbella, o en Almería, o en Sevilla…Vamos, en cualquier ciudad de Andalucía. A veces se queda a dormir fuera y otras regresa a casa el mismo día por la noche. Depende del trabajo que tenga…

El inspector no pudo obtener más información de su esposa ni tampoco de los hijos. No le ayudaron, era perder el tiempo. La entrevista duró media hora. Total, que al final no sacó nada en limpio de este viaje. Ni en Córdoba ni en Málaga...
La investigación tendría que intensificarse si quería aportar algo más contundente para inculpar a los sospechosos.