“Una persona
estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o
grupo de personas sin obtener un provecho para sí, o
incluso obteniendo un perjuicio”
(Carlo M. Cipolla, Allegro
ma non troppo)
Los
anuncios en la prensa solicitando testigos del
accidente con la promesa de una fuerte recompensa económica no dio
ningún fruto. Sólo algunas llamadas que parecían de curiosos
fueron recogidas y filtradas por Sofía. Ésta le pasó un informe a
Daniel para que decidiera con Elisa si aumentaban la recompensa en
los próximos días o lo dejaban definitivamente.
Aunque
nadie se lo había preguntado, la secretaria de dirección opinaba
que podía ser una buena fórmula para descubrir al autor y sus
cómplices. Si aumentaban la recompensa se delatarían entre
ellos. Lo había visto en alguna película y así
se lo dijo a su amiga Elisa y a Daniel, que en un momento de la
visita al Hospital coincidieron en la sala de espera.
- Elisa, ahora que me lo preguntas te diré que yo ofrecería una importante recompensa. Más que el otro día. Porque lo mismo por dinero se delatan...
- Pero, el inspector tiene alguna prueba que puede incriminar a Carlos, y además me ha pedido que no volvamos a hacerlo…
- ¿Estás seguro, Daniel?, le dijo Sofía. Ese policía no me inspira ninguna confianza. En los días que llevamos, y van más de dos semanas, no tiene nada claro.
- Ya sabes que el dinero puede ser tentador. Yo pienso como Sofía que igual se denuncian entre ellos. Además, lo que diga el inspector me da lo mismo. El dinero es nuestro y hacemos lo que queremos...
- Vamos a intentarlo Daniel, no podemos estar parados de brazos viendo como se nos muere…
En
ese momento se echó a llorar pensando en el estado en que se
encontraba su marido. Pero enseguida reaccionó, se repuso y le dijo:
-
¿Cuánto crees que se puede ofrecer ahora?
- Uy, Elisa, qué sé yo. La semana pasada ofrecimos 10.000 euros.
- ¿60.000 ahora?
- Y si ofrecemos 600.000 euros, que son cien millones de pesetas. Tanto Daniel como Elisa pensaban todavía en pesetas, eran de la vieja escuela.
- Uy, Elisa, qué sé yo. La semana pasada ofrecimos 10.000 euros.
- ¿60.000 ahora?
- Y si ofrecemos 600.000 euros, que son cien millones de pesetas. Tanto Daniel como Elisa pensaban todavía en pesetas, eran de la vieja escuela.
Se
quedó pensativa.
-
O un millón de euros que es una cantidad más redonda. No te parece
muy tentador, Daniel…
- Lo que me digas. Tú mandas...
- Pues venga. Prepara los anuncios para este próximo fin de semana y a ver qué pasa.
- Lo que me digas. Tú mandas...
- Pues venga. Prepara los anuncios para este próximo fin de semana y a ver qué pasa.
Daniel
llamó al director general para comunicarle la
decisión de la familia y para que hiciese todos los trámites
pertinentes. No se fiaban del jefe de publicidad, Ernesto Navarro,
del que mantenían serias sospechas de que estuviera involucrado. Pedro no hizo
preguntas, a pesar de que le resultara muy extraño. Ni por
gastarse un dineral en anuncios en los primeros periódicos de tirada
nacional, ni por la
cantidad tan alta que se ofrecía como
recompensa. Sólo en rescates por secuestros se habían visto cifras tan elevadas. Los anuncios provocarían otro escándalo, más carnaza para los medios de
la competencia. Pedro se convenció que el asunto superaría la gran
repercusión mediática de la que ya disfrutaba el caso. Y en fin de
semana, cuando las televisiones están carentes de otras noticias...
Y así fue.
El despliegue tipográfico y lo novedoso del anuncio hizo que todas
las televisiones informasen en sus telediarios del
mediodía y de la noche, con conexiones en directo a las puertas del
Hospital en donde permanecía ingresado don Cándido de Blas.
También los programas del corazón aprovecharon la
escasez de otras informaciones para dedicarles programas enteros. Se
mostraban las páginas de los periódicos y se recopilaban datos de la figura
del herido. Con imágenes del accidente aparecidas en la prensa días
atrás y destacando la importancia de la recompensa por alguna pista. También
especulaban sobre las investigaciones policiales, sin ofrecer nombres
de los sospechosos, pero dejando caer que todo apuntaba a algún ex
empleado despedido unos meses antes. El circo mediático ya estaba
montado, justo lo que pretendía evitar el inspector. Desde hacía
días que el caso apenas interesaba a los medios informativos, pero
estos anuncios despertaron de nuevo la atención de todos ellos que
se lanzaron como buitres en pos de la presa.
El
inspector no conoció la escandalosa recompensa ni el alarde de
medios utilizados hasta que se desayunó, ese domingo, con El Pais.
Quiso contactar con Daniel pero no le cogía el teléfono. Llevaba ya
un par de días que no le contestaba ni le devolvía sus llamadas.
Resultaba muy extraño. Y para
colmo se le terminó por indigestar la comida familiar cuando puso
el Telediario. Todas las teles hablaban de ello y
también apareció su fotografía en pantalla como responsable de las
investigaciones policiales.
Fue la gota
que colmó el vaso de su paciencia. Esta familia de nuevos y prepotentes ricos hacían lo que les daba la gana. No estaba dispuesto a
seguirles el juego. Ya lo había decidido, el lunes hablaría con su jefe y dejaría el caso. Recopilaría toda la información
que disponía y se la entregaría para que otro compañero se hiciese
cargo.
Cuando
llegó esa mañana a la oficina dispuesto a dejarlo todo le esperaba el subinspector Álvarez
con una amplia sonrisa y unos folios en la mano. Pasaron a su
despacho y antes que dijera nada, se le anticipó su compañero y
poniéndole las dos hojas encima de la mesa le espetó:
- ¡Le hemos
pillado inspector!
- ¿Qué me
quiere decir?, ya no se acordaba del trabajo que le había encargado.
- Pues que
hemos encontrado la información que me pidió.
Ernesto Navarro compró dos billetes por internet desde el
ordenador de la empresa y los pagó con su visa oro particular...
- ¡Qué estúpido!
-Y ¿a qué no se imagina para dónde?
- ¡Qué estúpido!
-Y ¿a qué no se imagina para dónde?
- ¡Para
Madrid!
- ¡Pleno,
jefe! Sacó un billete para el mismo viernes del accidente, con
salida a las diez de la noche, bueno a las 21,59 exactamente, desde Córdoba a Madrid. Y
otro, para las ocho de la mañana del día siguiente, el sábado,
con salida desde Atocha y llegada a Córdoba para las nueve y
media de la mañana.
-
Lo que sospechábamos…
- Ahí
tiene las copias de los billetes y el pago con su tarjeta, con
los números en la parte de abajo.
- ¡Muy bien Álvarez! Y seguro que llegó al hotel
por la mañana, se metió en su
habitación de la que supuestamente no había salido…luego desayunó, pagó su factura en
recepción y vuelta en ave a Málaga.
- Bien
pudo ocurrir así.
- Este se pensaba que somos tontos…
- Sólo nos queda rematarlo con las imágenes de las cámaras de la Estación de Atocha. Estamos en ello inspector...
La alegría
por la información que acababa de conocer le hizo olvidarse de su
intención de abandonar la investigación. Ahora no. Habló con el
Comisario Jefe al que le contó estas últimas novedades y se personó en la empresa para informar personalmente a Daniel. Si le hubieran hecho caso quizá se hubieran ahorrado
bastante dinero en anuncios de prensa. El plan estaba trazado: detendrían a Ernesto esa misma mañana y a su amigo en cuanto lo localizaran. Había dado órdenes
ya para que los buscasen en Madrid y en Málaga.
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