“Los amores con la tía Julia
continuaban viento en popa, pero las cosas se iban
complicando
porque resultaba difícil mantener la
clandestinidad.(…) Habíamos optado, por eso, en
vernos
menos de noche y más de día, aprovechando los huecos
de la Radio.”
(Mario Vargas Llosa, La tía Julia y el
escribidor)
Las pesquisas del inspector abarcaron a otros dos directivos y a una
redactora despedida unos meses antes. Al director
financiero, Juan Aguirre, que llevaba un año de baja por depresión y lo había denunciado por moobing. A Pedro Fortuny actual director general que era el más beneficiado por la nueva situación y la ex redactora Carla Fernández, que tuvo un
romance con el jefe y fue despedida fulminantemente cuando transcendió
la noticia.
El lío de
Carla con don Cándido fue portada de varias revistas del corazón y en programas televisivos del mismo tipo. Su despido se vería ahora en el juzgado de lo social número diez. Ella
solicitaba la nulidad al considerar que hubo acoso sexual y abuso de
autoridad. Don Cándido no se doblegó en el acto de conciliación al pago de
una importante indemnización para solucionarlo mediante un acuerdo amistoso que evitara la exposición a la prensa. Ahora el asunto podía suponer una
bomba de relojería cuando se conociesen todos los detalles y con el empresario en estado de coma.
Por su parte, el actual director
general Pedro Fortuny era el más beneficiado al quedar al frente de la compañía. Pero disponía de una buena coartada. Estuvo en la entrega de los Ondas en Barcelona en donde pasó la noche en la
fiesta de los premios y fue visto por muchos invitados hasta altas
horas de la madrugada. El inspector lo comprobó rápidamente y no continuó indagando. Ni siquiera precisó interrogarle.
Los casos
de Juan Aguirre y Carla Fernández necesitaban de mayor atención y
tacto. No se encontraban en la compañía cuando se produjo
el accidente, si bien Juan era por baja de enfermedad. Denunció a su jefe por acoso laboral y moral, más conocido por el término anglosajón de “moobing”. Le relegó de sus funciones de responsable financiero sin ninguna explicación y le sometió a continuos cambios del puesto de trabajo en los que realizaba simples tareas administrativas. Esta situación le ocasionó fuertes trastornos depresivos que finalmente avocaron en una larga baja.
Durante muchos años Juan fue la mano derecha de don Cándido. Ocupó el puesto de director financiero, lo que le facilitaba información privilegiada de todas sus empresas. Además, participó en el juicio millonario tantas veces referido. Por todo ello se encontraba en el grupo de posibles sospechosos. El inspector se dispuso a charlar con él en su domicilio. Juan Aguirre llevaba un año de baja, con una fuerte depresión y con un tratamiento médico y farmacológico muy severo. Ocupaba sus mañanas en pasear por el parque situado debajo de su domicilio. Leía la prensa, se tomaba un aperitivo y regresaba a su casa. Por la tarde se echaba una larga siesta. La medicación le daba mucho sueño y el descanso le sentaba bien.
Le recibió en compañía de su esposa que era letrada y le asesoraba en su demanda. Se sentaron en el saloncito, en un sofá amplio y cómodo. La primera en hablar fue Maria, la esposa, quien le comunicó al inspector que su marido se encontraba muy afectado por el accidente pues a pesar de todo lo sucedido seguían siendo amigos desde la infancia.
Durante muchos años Juan fue la mano derecha de don Cándido. Ocupó el puesto de director financiero, lo que le facilitaba información privilegiada de todas sus empresas. Además, participó en el juicio millonario tantas veces referido. Por todo ello se encontraba en el grupo de posibles sospechosos. El inspector se dispuso a charlar con él en su domicilio. Juan Aguirre llevaba un año de baja, con una fuerte depresión y con un tratamiento médico y farmacológico muy severo. Ocupaba sus mañanas en pasear por el parque situado debajo de su domicilio. Leía la prensa, se tomaba un aperitivo y regresaba a su casa. Por la tarde se echaba una larga siesta. La medicación le daba mucho sueño y el descanso le sentaba bien.
Le recibió en compañía de su esposa que era letrada y le asesoraba en su demanda. Se sentaron en el saloncito, en un sofá amplio y cómodo. La primera en hablar fue Maria, la esposa, quien le comunicó al inspector que su marido se encontraba muy afectado por el accidente pues a pesar de todo lo sucedido seguían siendo amigos desde la infancia.
- Mire
inspector, le dijo. Quizá pueda parecer que nos alegraría que le ocurriese algo malo a don Cándido. Pero no es así. Los dos eran amigos desde hace más de
treinta años. Juan ha sido su mano derecha y ahora se
encuentra en esta situación...Lo degradó
profesionalmente y lo menospreció personalmente, eso es innegable, pero no le deseamos ningún mal.
- No lo dudo señora...
- Disculpe, no he terminado. Mi marido se encuentra muy mal y tiene verdadero terror a volver a trabajar a su lado. Sólo esperamos que esto acabe pronto por el bien...
- No lo dudo señora...
- Disculpe, no he terminado. Mi marido se encuentra muy mal y tiene verdadero terror a volver a trabajar a su lado. Sólo esperamos que esto acabe pronto por el bien...
- Como
comprenderá -se repuso y continuó María- en el estado que se
encuentra Juan, medicado, no se le ocurriría coger un coche. Se lo
prohibió el médico...y esa noche precisamente estábamos todos en
casa, era el cumpleaños de nuestro hijo mayor.
- No lo
pongo en duda, pero no me negará que su esposo tendría
“motivos” para desear que le pasase algo a su “amigo”,
remarcó con cierto retintín.
- No lo
niego, le interrumpió Juan a su esposa que pretendía tomar la
palabra. Es verdad que no me alegro, porque no deseo mal a nadie,
pero tampoco me produce ninguna pena. Nos ha hecho mucho daño
porque estas cosas repercuten en toda la familia.
- Juan no
digas eso. Que ha sido tu amigo aunque hayáis acabado
así.
- Tengo entendido que participó usted en el pleito millonario y conoció también el turbio asunto del investigador privado y el juez…
- No digas nada..., le cortó María.
- No importa, que lo sepa, tenía ganas de contarlo y que luego lo compruebe si quiere con Daniel…
- Soy todo oídos.
- Mire. En el repetido juicio todos aportamos mucho esfuerzo para que lo ganase. Yo como director financiero hice varios informes de las irregularidades que se estaban cometiendo contra nosotros y del incumplimiento del contrato. Lo puse de manifiesto en el juicio y lo ganó. Pero lo mismo que el resto de compañeros no vimos un solo duro de lo que nos prometió. Eso por un lado...
-Sí, dígame...
- Respecto al investigador privado que contrató para espiar al juez, le puedo decir cómo se llama. Yo pagué la factura un año después de que ocurriese todo. Eran seis mil euros a una empresa llamada, creo recordar, Callao Investment o algo así. Lo puede comprobar. Yo no sé realmente lo que investigó o lo que encontró aunque lo cierto es que algo importante tuvo que ser para que el juez cambiase su fallo y duplicase la pena. Y no le voy a decir más. Se lo pregunta usted a Daniel que conoce todos los detalles.
- Me parece que esta conversación ha finalizado, dijo secamente Maria. Se levantó de la silla y le acompañó a la puerta.
- Ah, y dígale a Elisa o a Daniel que dejen a mi marido en paz, que paguen lo que le corresponde y así acabaremos con todo esto. Que ya sabemos que con un compañero han llegado a un acuerdo y no ha habido juicio. Dígales que estamos dispuestos a negociar. Que Juan lo que necesita es olvidarse de todo. Tiene sesenta y tres años y con el paro que le corresponde llegaría tranquilo a la jubilación.
- Se lo transmitiré a Daniel para que se lo diga a Elisa, le contestó el policía cuando bajaba por las escaleras.
El inspector conoció así más detalles del investigador privado. No estaba seguro que aportase nada nuevo pero cada vez le quedaba más claro que había muchos cabos sueltos y que cualquiera tenía razones para desear acabar con su jefe.
Lo mismo le ocurrió cuando se entrevistó con Carla, la periodista que fue despedida al hacerse público un supuesto romance. La joven era reacia a verse con el inspector de manera informal y finalmente fue citada en la Comisaría en donde compareció con su abogado.
Las investigaciones no avanzaban. El inspector había comprobado que no era querido entre sus empleados ni entre sus colaboradores de confianza, por lo que a priori todos eran sospechosos. Sin embargo, su olfato le decía que de momento sólo dos personas acumulaban indicios suficientes para ello: Carlos y tal vez Ernesto.
Pensaba en esos detalles cuando llegaron Carla y su abogado a su despacho en la Comisaría . Les contó el motivo de su presencia y las pesquisas que estaba llevando a cabo. Ratificó con la redactora algún aspecto de su paso por la empresa y de su situación actual. Le llamó la atención lo arreglada que venía, con una falda muy ajustada y corta. Se dispuso a contestar las preguntas más comprometidas que le hizo el inspector.
- Me despidió porque su mujer descubrió lo nuestro. Un “rollete” fruto del acoso al que me sometía. Porque como comprenderá, no me van los hombres de casi sesenta años y con escaso atractivo… Salvo su dinero.
- Me hizo proposiciones, insistía y no me quedó otro remedio que aceptarlas o me veía en la calle.
- Pero usted sabía que si su mujer se enteraba también la despedirían…
- Era un riesgo, pero entonces se armaría un escándalo y me tendría que soltar una buena indemnización…
- Ah, eso es lo que buscaba…
- No, fue él quien me insinuaba y me invitaba en sus viajes fuera de Madrid.
- Eso tiene un nombre inspector, le cortó el abogado de Carla. Eso es acoso sexual en el trabajo...
- Ya, veo por donde van.
- Ni se lo imagina, replicó Carla. A ese le voy a sacar todo lo que pueda y; además, voy a salir contándolo en todos los periódicos y teles. Y más ahora que está así. Me ha hecho mucho daño y lo va a pagar…
- Pero ya lo está pagando. Está en coma, puede morir. Y veo que usted hubiera hecho cualquier cosa para ponerle en esa situación…
- Un momento, un momento, le paró el abogado.
- Hasta aquí hemos llegado. Si tiene alguna acusación concreta hágala ahora o nos vamos por esa puerta de inmediato. Y que sepa que ya ha subido el pan…
-¿Cómo?
- Que le puede decir a la compungida Elisa o a su abogado Daniel, que son los que manejan ahora la empresa, que si no quieren que esto vuelva a salir en el juicio y en todas las teles, que aumenten la indemnización. Es la única manera que tienen de silenciar este asunto... que bastante daño le está haciendo a mi defendida. Buenas tardes.
Se levantaron y salieron sin cruzar ninguna palabra más con el inspector. Éste se reclinó en su sillón y abrió el libro de Ruiz Zafón que estaba terminando de leer. Recuperó una cita que le llamó la atención y que pensó muy apropiada:
“Sonrisa aceitosa y gangrenada de desprecio que caracteriza a los eunucos prepotentes que penden como morcillas tumefactas de los altos escalafones de toda empresa”. Era de la Sombra del Viento, un éxito editorial que le había enganchado y que quería terminar de leer. Describía en ese párrafo la situación de los editores de Julián Carax, respecto a su secretaria, que se parecía bastante a lo que acababa de escuchar en boca de Carla. El acoso sexual en el trabajo como una forma de coacción que colocaba a la mujer en una posición de sometimiento con difícil salida. Porque si se opone y no accede a las insinuaciones, mal; y si cede, a la larga, todavía peor. Sobre todo si el jefe está casado y posee una gran fortuna.
Estos acontecimientos y las informaciones que recopiló en los últimos días le inducían a pensar, cada vez más, que quizá se merecía lo que le había pasado. Enseguida reaccionó, surgió su profesionalidad y la obligación de obtener pruebas para incriminar a los sospechosos. Llamó al subinspector Álvarez y le recordó la tarea de indagar en la página web de Renfe para averiguar si Ernesto había comprado algún billete del ave con destino a Madrid. Le aleccionó para que contactase con el servicio de delitos electrónicos de la Policía Nacional. Era muy urgente y necesitaba que rastreasen una compra de billetes por Internet mediante el pago de tarjeta de crédito, posiblemente, a nombre de Ernesto Navarro Domínguez. Quizá no reparó en ese detalle...
- Tengo entendido que participó usted en el pleito millonario y conoció también el turbio asunto del investigador privado y el juez…
- No digas nada..., le cortó María.
- No importa, que lo sepa, tenía ganas de contarlo y que luego lo compruebe si quiere con Daniel…
- Soy todo oídos.
- Mire. En el repetido juicio todos aportamos mucho esfuerzo para que lo ganase. Yo como director financiero hice varios informes de las irregularidades que se estaban cometiendo contra nosotros y del incumplimiento del contrato. Lo puse de manifiesto en el juicio y lo ganó. Pero lo mismo que el resto de compañeros no vimos un solo duro de lo que nos prometió. Eso por un lado...
-Sí, dígame...
- Respecto al investigador privado que contrató para espiar al juez, le puedo decir cómo se llama. Yo pagué la factura un año después de que ocurriese todo. Eran seis mil euros a una empresa llamada, creo recordar, Callao Investment o algo así. Lo puede comprobar. Yo no sé realmente lo que investigó o lo que encontró aunque lo cierto es que algo importante tuvo que ser para que el juez cambiase su fallo y duplicase la pena. Y no le voy a decir más. Se lo pregunta usted a Daniel que conoce todos los detalles.
- Me parece que esta conversación ha finalizado, dijo secamente Maria. Se levantó de la silla y le acompañó a la puerta.
- Ah, y dígale a Elisa o a Daniel que dejen a mi marido en paz, que paguen lo que le corresponde y así acabaremos con todo esto. Que ya sabemos que con un compañero han llegado a un acuerdo y no ha habido juicio. Dígales que estamos dispuestos a negociar. Que Juan lo que necesita es olvidarse de todo. Tiene sesenta y tres años y con el paro que le corresponde llegaría tranquilo a la jubilación.
- Se lo transmitiré a Daniel para que se lo diga a Elisa, le contestó el policía cuando bajaba por las escaleras.
El inspector conoció así más detalles del investigador privado. No estaba seguro que aportase nada nuevo pero cada vez le quedaba más claro que había muchos cabos sueltos y que cualquiera tenía razones para desear acabar con su jefe.
Lo mismo le ocurrió cuando se entrevistó con Carla, la periodista que fue despedida al hacerse público un supuesto romance. La joven era reacia a verse con el inspector de manera informal y finalmente fue citada en la Comisaría en donde compareció con su abogado.
Las investigaciones no avanzaban. El inspector había comprobado que no era querido entre sus empleados ni entre sus colaboradores de confianza, por lo que a priori todos eran sospechosos. Sin embargo, su olfato le decía que de momento sólo dos personas acumulaban indicios suficientes para ello: Carlos y tal vez Ernesto.
Pensaba en esos detalles cuando llegaron Carla y su abogado a su despacho en la Comisaría . Les contó el motivo de su presencia y las pesquisas que estaba llevando a cabo. Ratificó con la redactora algún aspecto de su paso por la empresa y de su situación actual. Le llamó la atención lo arreglada que venía, con una falda muy ajustada y corta. Se dispuso a contestar las preguntas más comprometidas que le hizo el inspector.
- Me despidió porque su mujer descubrió lo nuestro. Un “rollete” fruto del acoso al que me sometía. Porque como comprenderá, no me van los hombres de casi sesenta años y con escaso atractivo… Salvo su dinero.
- Me hizo proposiciones, insistía y no me quedó otro remedio que aceptarlas o me veía en la calle.
- Pero usted sabía que si su mujer se enteraba también la despedirían…
- Era un riesgo, pero entonces se armaría un escándalo y me tendría que soltar una buena indemnización…
- Ah, eso es lo que buscaba…
- No, fue él quien me insinuaba y me invitaba en sus viajes fuera de Madrid.
- Eso tiene un nombre inspector, le cortó el abogado de Carla. Eso es acoso sexual en el trabajo...
- Ya, veo por donde van.
- Ni se lo imagina, replicó Carla. A ese le voy a sacar todo lo que pueda y; además, voy a salir contándolo en todos los periódicos y teles. Y más ahora que está así. Me ha hecho mucho daño y lo va a pagar…
- Pero ya lo está pagando. Está en coma, puede morir. Y veo que usted hubiera hecho cualquier cosa para ponerle en esa situación…
- Un momento, un momento, le paró el abogado.
- Hasta aquí hemos llegado. Si tiene alguna acusación concreta hágala ahora o nos vamos por esa puerta de inmediato. Y que sepa que ya ha subido el pan…
-¿Cómo?
- Que le puede decir a la compungida Elisa o a su abogado Daniel, que son los que manejan ahora la empresa, que si no quieren que esto vuelva a salir en el juicio y en todas las teles, que aumenten la indemnización. Es la única manera que tienen de silenciar este asunto... que bastante daño le está haciendo a mi defendida. Buenas tardes.
Se levantaron y salieron sin cruzar ninguna palabra más con el inspector. Éste se reclinó en su sillón y abrió el libro de Ruiz Zafón que estaba terminando de leer. Recuperó una cita que le llamó la atención y que pensó muy apropiada:
“Sonrisa aceitosa y gangrenada de desprecio que caracteriza a los eunucos prepotentes que penden como morcillas tumefactas de los altos escalafones de toda empresa”. Era de la Sombra del Viento, un éxito editorial que le había enganchado y que quería terminar de leer. Describía en ese párrafo la situación de los editores de Julián Carax, respecto a su secretaria, que se parecía bastante a lo que acababa de escuchar en boca de Carla. El acoso sexual en el trabajo como una forma de coacción que colocaba a la mujer en una posición de sometimiento con difícil salida. Porque si se opone y no accede a las insinuaciones, mal; y si cede, a la larga, todavía peor. Sobre todo si el jefe está casado y posee una gran fortuna.
Estos acontecimientos y las informaciones que recopiló en los últimos días le inducían a pensar, cada vez más, que quizá se merecía lo que le había pasado. Enseguida reaccionó, surgió su profesionalidad y la obligación de obtener pruebas para incriminar a los sospechosos. Llamó al subinspector Álvarez y le recordó la tarea de indagar en la página web de Renfe para averiguar si Ernesto había comprado algún billete del ave con destino a Madrid. Le aleccionó para que contactase con el servicio de delitos electrónicos de la Policía Nacional. Era muy urgente y necesitaba que rastreasen una compra de billetes por Internet mediante el pago de tarjeta de crédito, posiblemente, a nombre de Ernesto Navarro Domínguez. Quizá no reparó en ese detalle...
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