“Los ricos
solo se preocupan de sí mismo…”
(Eduardo
Mendoza, La verdad
sobre el caso Savolta)
La conmemoración de los diez años de la
compañía congregó a un gran número de representantes de los
medios de comunicación, de la política y de la vida social. Entre
ellos un ex ministro al que se le había visto a menudo con don
Cándido. Se comentaba, entre los empleados, que eran muy amigos. Seguro que algo buscaba: favores
de otros políticos de su partido o influencia en algunas
instituciones. Lo cierto es que asistieron
juntos a muchas fiestas y a más de una cacería.
Lucio se lo confirmó a Ernesto en una conversación cuando volvían del aeropuerto y lo recogió en su cuaderno diario a modo de conversación:
- Yo no lo conozco mucho, pero últimamente le vamos a buscar casi todos los días a su casa, dijo Lucio refiriéndose al ex ministro.
- Les he llevado a varias cacerías a Extremadura y a unas cuantas reuniones en nuestras oficinas.
- Y de qué hablaban en el coche, le pregunté.
- No sé. Tampoco presté mucha atención. Un día hablaron de comprar obras de arte o así. El ministro, bueno el ex ministro, conocía a un marchante y le aconsejó para que invirtiera en pinturas y esculturas. Me acuerdo porque me llamó la atención de que hablaban de cifras de varios millones de euros. Pero ya sabes cómo es el jefe…
- Vamos que no le convencía…
- Parece que no, porque el otro insistía mucho. Y le dijo algo así como que si no se acordaba de lo del juicio, de cómo le pagaron al juez... Pero no pude escuchar más. En seguida cambiaron de tema.
De esta conversación dedujo Ernesto y escribió en su diario que, ese asunto tan oscuro del juicio, se pudo resolver con la compra de voluntades mediante el regalo de obras de arte. Eso unido a que el detective encontró algún asunto oscuro en la vida privada del juez le forzaron a doblar su condena. Porque nunca se supo realmente cómo ni por qué se alcanzaron esas cifras millonarias en la sentencia que obligó a la otra empresa rival a indemnizar con casi cincuenta millones de euros.
Lucio se lo confirmó a Ernesto en una conversación cuando volvían del aeropuerto y lo recogió en su cuaderno diario a modo de conversación:
- Yo no lo conozco mucho, pero últimamente le vamos a buscar casi todos los días a su casa, dijo Lucio refiriéndose al ex ministro.
- Les he llevado a varias cacerías a Extremadura y a unas cuantas reuniones en nuestras oficinas.
- Y de qué hablaban en el coche, le pregunté.
- No sé. Tampoco presté mucha atención. Un día hablaron de comprar obras de arte o así. El ministro, bueno el ex ministro, conocía a un marchante y le aconsejó para que invirtiera en pinturas y esculturas. Me acuerdo porque me llamó la atención de que hablaban de cifras de varios millones de euros. Pero ya sabes cómo es el jefe…
- Vamos que no le convencía…
- Parece que no, porque el otro insistía mucho. Y le dijo algo así como que si no se acordaba de lo del juicio, de cómo le pagaron al juez... Pero no pude escuchar más. En seguida cambiaron de tema.
De esta conversación dedujo Ernesto y escribió en su diario que, ese asunto tan oscuro del juicio, se pudo resolver con la compra de voluntades mediante el regalo de obras de arte. Eso unido a que el detective encontró algún asunto oscuro en la vida privada del juez le forzaron a doblar su condena. Porque nunca se supo realmente cómo ni por qué se alcanzaron esas cifras millonarias en la sentencia que obligó a la otra empresa rival a indemnizar con casi cincuenta millones de euros.
Pero volviendo a la celebración, el
ex ministro no se separó de don Cándido durante la fiesta. Las esposas de ambos estuvieron también juntas
toda la noche. El champán francés y los canapés no dejaron de servirse entre los
más de quinientos invitados presentes en el jardín de las instalaciones,
engalanado para la ocasión con varias carpas. Las cámaras de televisión ofrecieron en directo el momento de los discursos y los reporteros de los
programas del corazón se cebaron con algunos famosos.
En un momento de la fiesta se apagaron las luces y apareció una gran tarta de cumpleaños con diez velones encendidos. Don Cándido, Elisa y sus hijos se dieron la mano y soplaron juntos. Los invitados irrumpieron en aplausos. Una actuación musical de un grupo de moda cerró la velada pasadas las tres de la madrugada. El anfitrión, cansado, decidió volver a su casa. Ernesto también se marchaba cuando el Audi se detuvo junto a él y le invitaron a subir.
- No se moleste, don Cándido que me voy en taxi.
- No hombre, sube, que pasamos cerca de tu apartamento. Ponte delante, le dijo.
En un momento de la fiesta se apagaron las luces y apareció una gran tarta de cumpleaños con diez velones encendidos. Don Cándido, Elisa y sus hijos se dieron la mano y soplaron juntos. Los invitados irrumpieron en aplausos. Una actuación musical de un grupo de moda cerró la velada pasadas las tres de la madrugada. El anfitrión, cansado, decidió volver a su casa. Ernesto también se marchaba cuando el Audi se detuvo junto a él y le invitaron a subir.
- No se moleste, don Cándido que me voy en taxi.
- No hombre, sube, que pasamos cerca de tu apartamento. Ponte delante, le dijo.
En el
asiento de atrás viajaba acompañado de Elisa, su esposa y de
Sofía, la secretaria de confianza que era como de la familia. Su domicilio les pillaba de paso.
- Qué te ha parecido la fiesta, le soltó. Han venido todos los medios…Vaya éxito, exclamó orgulloso.
- Ha estado muy bien. Sí. He saludado a varios colegas de medios de comunicación. Por cierto, que un periodista me ha preguntado que si íbamos a asociarnos con un grupo multimedia nacional, que se había extendido el rumor en el sector…
- De asociarnos nada, ya no quiero más socios. A partir de ahora volaremos solos.
- Y otro colega que dirige un periódico en internet, de esos confidenciales, me ha asegurado que le habían hecho una oferta para vender…
- ¡Qué yo voy a vender! Bien, hombre... Antes muerto.
Las
copas de champán le habían animado, lo sabía bien Ernesto, por lo
que aprovechó la ocasión para lanzarle otra embestida.
- Incluso me ha dicho que se habían escuchado cifras de mil o dos mil millones de euros…
- Sí, hombre. Nosotros valemos más que eso. A ver si en vez de vender lo que voy a hacer es comprarles a ellos. Ja, ja, ja...
Se le notaba eufórico y sólo una mirada de Elisa, que tomó la palabra, cortó al lenguaraz esposo:
- Ya sé a qué te refieres, dijo Elisa. Es ese periodicucho digital que no hace más que llamarnos ¿verdad Sofía?
- Ah, esos. Sí, llevan toda la semana queriendo hablar con el jefe en relación a una supuesta oferta de compra. Llaman y como él no se quiere poner, me lo deja a mí para que le de largas…
- Ya sabes como es Sofía, se rió don Cándido. Es el mejor perro de presa que tengo. Me para todos los golpes…
- Ya, pero no me subes el sueldo…, le contestó con sorna.
- Ja, ja, ja. Para qué quieres ganar más si no tienes familia, ni novio, ni gastas nada. Dónde ibas tú a estar mejor que con nosotros, ¿verdad Elisa?
- A mi no me metas, en esto. Tú págale lo que tengas que pagarle y no me seas rácano.
La conversación se animaba pero discurría por unos cauces que no le convencían a Ernesto, pues quería conocer si la supuesta oferta de compra se trataba de un rumor, un globo sonda o un bulo de la competencia. Estas noticias se producían de manera habitual entre las empresas de medios enfrentados y grupos de comunicación. El mercado andaba muy agitado y también ayudaba la creciente crisis publicitaria.
- Mira Ernesto, le dijo en tono más serio. Yo no vendo esto por nada del mundo, porque es un negocio estupendo y el futuro de mis hijos. Así que todo lo que oigas son puros rumores de los grandes tiburones de los medios que quieren comerse a un pez pequeño... pero matón.
Soltó una sonora carcajada mientras le cogía la mano a su esposa y miraba de reojo a Sofía. El trayecto al centro había terminado junto a la Plaza de España a unos pocos metros de su apartamento. El vehículo se detuvo unos segundos mientras se despedían. Hacía frío. El contraste con el calor del coche y la poca ropa que llevaba le hizo toser. También había fumado demasiado. Se metió las manos en los bolsillos y a paso ligero alcanzó enseguida el portal.
- Incluso me ha dicho que se habían escuchado cifras de mil o dos mil millones de euros…
- Sí, hombre. Nosotros valemos más que eso. A ver si en vez de vender lo que voy a hacer es comprarles a ellos. Ja, ja, ja...
Se le notaba eufórico y sólo una mirada de Elisa, que tomó la palabra, cortó al lenguaraz esposo:
- Ya sé a qué te refieres, dijo Elisa. Es ese periodicucho digital que no hace más que llamarnos ¿verdad Sofía?
- Ah, esos. Sí, llevan toda la semana queriendo hablar con el jefe en relación a una supuesta oferta de compra. Llaman y como él no se quiere poner, me lo deja a mí para que le de largas…
- Ya sabes como es Sofía, se rió don Cándido. Es el mejor perro de presa que tengo. Me para todos los golpes…
- Ya, pero no me subes el sueldo…, le contestó con sorna.
- Ja, ja, ja. Para qué quieres ganar más si no tienes familia, ni novio, ni gastas nada. Dónde ibas tú a estar mejor que con nosotros, ¿verdad Elisa?
- A mi no me metas, en esto. Tú págale lo que tengas que pagarle y no me seas rácano.
La conversación se animaba pero discurría por unos cauces que no le convencían a Ernesto, pues quería conocer si la supuesta oferta de compra se trataba de un rumor, un globo sonda o un bulo de la competencia. Estas noticias se producían de manera habitual entre las empresas de medios enfrentados y grupos de comunicación. El mercado andaba muy agitado y también ayudaba la creciente crisis publicitaria.
- Mira Ernesto, le dijo en tono más serio. Yo no vendo esto por nada del mundo, porque es un negocio estupendo y el futuro de mis hijos. Así que todo lo que oigas son puros rumores de los grandes tiburones de los medios que quieren comerse a un pez pequeño... pero matón.
Soltó una sonora carcajada mientras le cogía la mano a su esposa y miraba de reojo a Sofía. El trayecto al centro había terminado junto a la Plaza de España a unos pocos metros de su apartamento. El vehículo se detuvo unos segundos mientras se despedían. Hacía frío. El contraste con el calor del coche y la poca ropa que llevaba le hizo toser. También había fumado demasiado. Se metió las manos en los bolsillos y a paso ligero alcanzó enseguida el portal.
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