sábado, 1 de diciembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (21)

En el café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano: Soy más valiente que tú, 
                                                más torero y más gitano”

                                      (Federico Garcia Lorca, El Café de Chinitas)





El análisis del Renault 19 desveló la presencia de huellas en el interior, además de restos de sangre y golpes en la carrocería que confirmaban a ese turismo como el causante del accidente. La cerradura del conductor estaba forzada, el cristal roto y los cables del contacto sueltos, con los que hicieron un puente para arrancarlo. 
En el volante, en la palanca de marchas, el espejo retrovisor y asientos delanteros hallaron huellas de Carlos y Ernesto. Luego descubrieron otras marcas que no correspondían a ninguna persona fichada. Se descartaba, de esta manera, a delincuentes habituales. Esas huellas desconocidas aparecían muy claras en la puerta del conductor y en el interior, junto a las de los sospechosos. Pero, sobre todo, destacaba una más nítida junto a las manchas de sangre de la parte trasera del turismo. Y no era ni de Carlos ni de Ernesto.

El agente que terminó el informe quedó desconcertado porque las sospechas apuntaban a los dos empleados y sin embargo las pruebas creaban muchas dudas, según se desprendía de la misma documentación. La huella junto a las manchas de sangre no había sido identificada. El agente llamó al móvil del inspector Sánchez que se encontraba de viaje por Andalucía:

- Hola inspector, estamos un poco confundidos porque aparecen varias huellas  en el interior sin identificar y que no son de los sospechosos...Y también fuera, otra muy clara junto a los restos de sangre del herido que tampoco sabemos de quién es...Desde luego no corresponden a los habituales ladrones de coches fichados. Hemos repasado todas las bases de datos y no...
- Bueno, pero de los dos sospechosos también aparecen en el interior del coche, ¿no?
- Sí, sí; algunas hay, aunque no son recientes...
- ¡Bueno!, pero están ahí ¿no?
- Inspector, tenga en cuenta que es su coche y seguro que su amigo se habrá montado también alguna vez. Me parecen pruebas...con poca consistencia  para llevarlos ante un juez y que
- No haga especulaciones agente, le cortó.
- Las huellas ahí están y aunque denunciaron el robo del coche puede ser una estrategia para su coartada. Mira, estoy en Antequera y aquí ha ocurrido un caso parecido y han inculpado a los que pretendían engañar a la policía.
- Usted sabrá inspector, yo me limito a hacer mi trabajo y a contárselo. Le dejo el informe encima de su mesa y le doy una copia al Comisario.
- De acuerdo, y si descubren la identidad de las otras huellas téngame informado.

El inspector colgó su móvil y reanudó la conversación que mantenía con un compañero de la comisaría de Antequera.

- Disculpa, me llamaban de Madrid del caso que estoy investigando que te estaba contando...Me decías que sospechasteis enseguida del denunciante del robo de su vehículo…
- Sí, además tenía antecedentes por delitos diversos y había estado involucrado en otros accidentes de tráfico. Enseguida confesó cuando le presionamos en comisaría y reconoció que era el autor del atropello. Además, el supuesto testigo que pretendía corroborar su testimonio resultó que era su amigo íntimo. Fue muy sencillo sacarle una declaración. Se vino abajo, porque tenía muchas contradicciones y al final "cantó"...ja, ja, ja…
- Pero, simuló el robo de su propio coche y luego lo denunció…
- Sí, pero tras cometer el atropello...y darse a la fuga. Se ve que se asustó y decidió simular el robo.
- Claro, en mi caso lo hicieron antes, lo prepararon con tiempo y por eso va a resultar más difícil demostrarlo...

Los policías aguardaban la llegada del tren en la estación de Santa Ana, en donde se habían citado para charlar de ambos casos y después continuar viaje a Málaga. La nueva terminal del ave distaba unos quince kilómetros de la ciudad del Torcal. Cuando dieron por finalizada la conversación  se despidieron con un apretón de manos junto al monumento de bronce “Homenaje al viajero” del artista antequerano Cristóbal Toral. El conjunto escultórico estaba formado por varias maletas antiguas apiladas y que presidía  la explanada de entrada a la estación. Las maletas son el elemento más representativo de los viajes y en eso Toral era un maestro, tanto en la pintura como en la escultura.

El inspector subió al tren con destino a la capital malagueña donde le esperaba otro colega que le acercaría a Torremolinos. Su intención era comer por allí y entrevistarse con la familia de Ernesto, por la tarde, antes de volverse en el último ave.

El trayecto hasta la capital de la Costa del Sol fue breve, apenas media hora en un recorrido lleno de túneles y viaductos muy largos con algunas vistas extraordinarias. Lástima que la gran velocidad le impidió disfrutar más del paisaje.

La nueva estación malagueña se llamaba “María Zambrano”, en recuerdo de la escritora y pensadora veleña, discípula de Ortega y Gasset. Estaba como recién estrenada y no se parecía a la que conoció hace años cuando viajó por primera vez a Málaga. Fue en los años ochenta, en unas vacaciones de Semana Santa. Entones, al llegar a la vetusta terminal y bajarse del Talgo, después de cinco horas de viaje, notó la calidez del clima mediterráneo. Recordaba cómo le llamó la atención el arbolado interior y la suave brisa que se colaba entre las rejas de la fachada. Y la luz, el torrente de luminosidad que se filtraba por la techumbre y los laterales de las marquesinas que cubrían los andenes. En nada semejante a la enorme acristalada estación del ave que la había sustituido. Muy moderna, con muchas tiendas y restaurantes, parecía un gran centro comercial. Aquella, sin embargo, la evocaba con más encanto, donde se escuchaba  el trino de los pájaros que revoloteaban por los andenes.

En veinte minutos llegaron a la Carihuela. Querían comer en un chiringuito hasta la llegada de la esposa y los hijos de Ernesto. Su compañero le mostró el largo paseo marítimo que se extendía desde unas rocas en donde rompían las olas hasta Puerto Marina en Benalmádena. Un bello puerto deportivo que simulaba una pequeña Venecia, con puentes que daban acceso a los apartamentos lujosos junto a restaurantes, tiendas y barcos atracados a su puerta. Una estampa muy turística pero que en este último sábado de noviembre apenas tenía visitantes. La jornada soleada resultaba muy agradable para pasear cerca del mar o comer en una terraza pegada a la playa.

Los dos policías se sentaron en un sencillo "chiringuito" construido en madera. El inspector envidió la suerte de su compañero por vivir en un lugar tan agradable, con ese clima tan benigno.

- Esto de comer en la misma playa, con este sol y esta temperatura es todo un lujo...
- No lo sabe bien inspector…Hasta que no regresé a Málaga no paré. Me pasé diez años en el País Vasco y no sabe las ganas que tenía de volver.
- Me lo imagino…
- Yo soy de Ronda, no sé si la conoce…
- No, la verdad es que he oído hablar muy bien pero no he estado…Te prometo visitarla cuando me jubile…
- Tiene que venir, me parece la ciudad más bonita de Andalucía. No exagero. Allí tengo a mis padres y me escapo cuando puedo. Aunque me he habituado a vivir en la costa, cerca del mar, por la luz...Estamos allí, al otro lado de la bahía- le señaló con el índice-, en Torre del Mar.
- Tiene que ser una gozada vivir aquí, sí. Ya te digo, cuando me jubile, que me queda poco, te prometo que volveré...Seguro que aquí, además, estará todo más barato...
- Bueno, ya no tanto...La casa y la comida son quis algo más asequibles que en Madrid.
- Seguro...

Mientras hablaban de las bondades de la zona degustaron unas sabrosas sardinas que llamaban espetos. Estaban insertadas en unas cañas, a modo de estoque, con las que se asaban lentamente a la brasa para soltar la grasa. El fuego se montaba sobre unas típicas barcazas, pintadas de colores y colocadas a pleno sol en la arena de la playa. El espetero encargado de prepararlas se cubría la cabeza con un sombrero de paja, ajeno al calor y a la humareda. Luego siguieron comiendo unos pescaítos fritos también típicos de la Costa del Sol, unos boquerones victorianos y otros pescados pequeños muy frescos y sabrosos. Todo ello regado con unas cervecitas.

A los postres recibió la llamada de Ernesto que le anunció que su esposa e hijos se encontraban ya en la Carihuela, en la heladería San Miguel, en mitad del paseo marítimo. Le esperarían sentados en la terraza. Pagó la comida y quedó con su compañero en el mismo restaurante para volver a la estación. 

La familia de Ernesto le recibió con mucha frialdad. Lo normal dadas las circunstancias y el motivo de su visita. Se sentaron, pidieron un café y unos helados. El inspector intentó tranquilizarles diciéndoles que no tenía sospechas de su marido, pero que debía confirmar lo que había declarado. Les mentía pues era uno de sus principales sospechos. No hubo sorpresas. Le repitieron punto por punto lo declarado en Madrid por Ernesto. Se notaba que lo habían preparado.

- Y a usted no le sorprendió que su marido se fuera a Córdoba el mismo día que llegó de Madrid y que pasase la noche hasta el día siguiente por la mañana…
- No, ¿por qué? Eso es muy normal en el trabajo de mi marido. Casi todos los viernes, incluso algún jueves, vuelve de Madrid y asiste a alguna reunión por aquí... 
- Unas veces en Málaga, otras en Marbella, o en Almería, o en Sevilla…Vamos, en cualquier ciudad de Andalucía. A veces se queda a dormir fuera y otras regresa a casa el mismo día por la noche. Depende del trabajo que tenga…

El inspector no pudo obtener más información de su esposa ni tampoco de los hijos. No le ayudaron, era perder el tiempo. La entrevista duró media hora. Total, que al final no sacó nada en limpio de este viaje. Ni en Córdoba ni en Málaga...
La investigación tendría que intensificarse si quería aportar algo más contundente para inculpar a los sospechosos.


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