domingo, 25 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (20)


 “A las aladas almas de las rosas
           del almendro de nata te requiero,
                     que tenemos que hablar de muchas cosas,
                                        compañero del alma, compañero”

                                                    (Miguel Hernández, Elegía)




Ernesto y Carlos se juraron fidelidad como si de un matrimonio se tratase. En los últimos meses se afianzó entre ellos una gran amistad iniciada años antes viajando por España. Permanecían ahora más horas juntos que muchas parejas. En la oficina durante toda la jornada, a la hora de comer casi a diario y también cenaban algunas noches. Ernesto se encontraba solo en la capital  y Carlos estaba casado con una periodista con turnos difíciles de compaginar con los suyos. Eso les permitía compartir horas de conversaciones y confidencias que se incrementaban en sus esporádicas salidas viajeras por la península. Sólo los fines de semana dejaban de verse cuando los dos volvían al sur: uno a la Costa del Sol y el otro a Pinto, en donde residía.

En esos cinco años compartieron miles de kilómetros de conversaciones en los que se contaron sus vivencias, sueños y hasta las creencias más íntimas. Su afición por la buena gastronomía les llevó a alardear de conocer los mejores lugares de cada región que visitaban. Establecieron unas rutas gastronómicas en las que competían por elegir el mesón o la tasca más típicos en cada ciudad para degustar los platos más exquisitos. Desde los variados y excelsos arroces de Alicante, a los ibéricos de Plasencia, pasando por los pescaditos malagueños, los mariscos gallegos o los chuletones vascos. En suma, una filosofía de vida que les unía a pesar de su diferencia de edad, pues Carlos era veinte años más joven. Se divertían y disfrutaban con su trabajo. Les unía un proyecto que les ilusionaba y del que se sentían orgullosos, desconocedores del futuro que les aguardaba.

La monumental e injusta bronca que Ernesto presenció aquella mañana de enero le dejó muy deprimido, más incluso que al propio Carlos. Pero también consolidó entre ellos ese lazo de amistad que se estrecha cuando se comparten desgracias personales. Se le revolvían las tripas cada vez que lo recordaba. Por la noche, mientras tapeaban en un bar de la calle Vallehermoso, Carlos le manifestó su pesimista impresión.

- Estoy más fuera que dentro, le dijo.
- No me digas eso..., que tú sabes que te necesita para acabar el proyecto...
- Bueno si, pero en cuanto esté todo funcionando me dará la patada y si te he visto no me acuerdo.
- No hombre, ya verás como cuenta contigo para otros...
- Ya, pero al que no le interesan esos nuevos proyectos será a mí. Me ha engañado. Me ha mentido y encima me ha humillado delante de compañeros…

Sólo pasaron cuatro meses de aquella conversación para que la premonición se cumpliera. Don Cándido le llamó a su despacho cuando todo estuvo funcionando y le propuso que montara una cadena de televisión digital. 

Carlos, que esperaba ese momento, tenía preparada su respuesta:

- No me siento con fuerzas para abordar ese proyecto, le contestó mirándole desafiante.
- Hombre, tu sabes mucho de televisión y yo me voy a meter en ese negocio, le dijo tratando de ponerle el caramelo en la boca.
- Ya, pero no. No lo voy a hacer. Ya te he dicho que no me siento con fuerzas para ello.
- Pero si tú puedes Carlos..., insistía sin querer darse cuenta que lo que estaba escuchando era una rotunda negativa a su oferta. No que no se sintiera capaz de llevarlo a efecto.

Por eso tuvo que mostrarse todavía más contundente:

- ¡Te estoy diciendo que no me siento con fuerzas de llevarlo a cabo!, le tuteó Carlos, que sabía que eso le molestaba.

No le dejó hablar y siguió con la batería de reproches guardados durante meses:
 
- Además, no me fío de ti. Porque no cumples lo que prometes. Lo que me prometiste por llevar adelante el anterior proyecto no lo has cumplido. Aunque lo juraste por tus hijos... ¿Te acuerdas?
Nadie hasta ese momento se había atrevido a decirle algo así, tan directo y a la cara. Y menos a poner en duda su palabra...

- ¡Pero qué se piensa este chaval! ¡Está loco, loco, loco…!, pudo escucharse por toda la oficina.

Lo echó de su despacho y llamó al jefe de personal para que le preparase el finiquito.

Así se lo contó Carlos a su amigo:

- Ha sido una satisfacción, posiblemente de las más importantes que he tenido en los últimos años. Llevo más de cinco y necesitaba resarcirme...
- Tenías que haberle visto, continuó Carlos. No se podía creer que alguien le estuviera diciendo que ¡no! 
- Al todopoderoso don Cándido de Blas nadie le dice que no, parecía que me transmitían sus ojos llenos de ira. Enrojecidos, fuera de sí. Se puso como aquel día en que me armó la bronca por lo de los cables.
- ¿Y cómo aguantaste tanta tensión? 
- La verdad es que me encontré muy sereno. Le dije lo que ya habíamos hablado tú y yo en varias ocasiones previendo el momento: que no me sentía respaldado, ni con ánimo, ni fuerzas para empezar el nuevo proyecto de televisión que me ofrecía... y que no lo iba a hacer. 
- Joder, ¡qué huevos! 
- Y también le dije que ese no era mi trabajo, lo de la tele; y que él sabría qué tenía que hacer… 
- ¿Te amenazó? 
- Imagínate. Y encima le eché en cara que no compliera lo que prometía...
- ¡La hostia que pelotas...!
- Sí, porque no supo reaccionar... quizá no se lo esperaba. Pero en cuanto me echó de su despacho, los gritos se escucharon por todo el edificio. Su secretaria estaba asustada, pensaba que le daba algo. 

Tras un breve silencio de ambos, Ernesto volvió a la realidad:

- Así es que ahora sólo te queda esperar que te despida ¿no? 
- ¡Hombre, seguro! Buscará cualquier excusa para despedirme, y si puede, no pagarme los cuarenta y cinco días...
- Pues, yo que tú me cogía la baja. Has estado aguantando una situación de estrés y presión muy fuerte y se te nota cansado. Vete al médico y que te dé la baja...cógete unas vacaciones a ver qué pasa... 
- No es mala idea, no. Además estando de baja no te pueden despedir ¿no? 
- Bueno...Te puede despedir igual pero la improcedencia sería más fácil de probar...
- Pero lo que importa eres tú, Carlos. Tu salud. Se te ve agotado. Vete al médico de cabecera, le cuentas la situación y… 
- Sí, sí. Eso voy a hacer.
Los dos se fundieron en un abrazo mientras se despedían en mitad de la Plaza de España.


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