lunes, 19 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (18)


Estaban fríos los pechos de la Gorda de la Cala, sentía su humedad en las mejillas el Babirusa, y abajo estaba aquel calor de fiebre que se iba abriendo, que lo atrapaba con un escozor dulce…”

                                         (Antonio Soler, El camino de los ingleses.
                                              Adaptada por Antonio Banderas en un film del mismo título)






Aquella tarde resultó muy productiva y Ernesto disponía de material para escribir muchas páginas en su diario personal. La conversación con el tercer chofer del jefe en ese año le mostró aspectos muy graciosos y reveladores de su forma de actuar. Se llamaba Jorge y apenas aguantó tres meses en el puesto.

Así lo expresaba Ernesto en su diario de tapas rojas:

Madrid, 8 de Junio 2011

Jorge entró en mi despacho muy enfadado, con muchas ganas de desahogarse. Lo conocí en uno de los viajes para asistir a una cita en una agencia de publicidad. Acababa de llegar a Madrid y mientras esperábamos al jefe charlamos e hicimos buenas migas. Pero esa tarde irrumpió en mi oficina dando voces más altas de lo normal:

- ¡Estoy hasta las narices de meter horas...!  

Traté de calmarle y le dije que se sentara, mientras prosiguió con sus quejas:

- Llevo dos meses aquí y no ha habido día que haya trabajado menos de doce horas. Ayer, sin ir más lejos, estuve desde las 8 de la mañana hasta la una de la madrugada. De aquí para allí y luego esperándole que acabara de cenar...Estuvo con unos amigos en un restaurante al lado de su casa y fue incapaz de decirme que me fuera, que ya volvería en taxi o andando. Y me tuvo, en el coche, a la puerta...hasta la una de la madrugada.
-¡ Y... por mil euros al mes, sin cobrar una sola hora extra...!

Estaba muy enfadado y concluyó: 

-¡En cuanto pueda me marcho…!

Jorge conducía el A-8 de la empresa, un vehículo muy potente con dos motores en V de seis mil centímetros cúbicos. Un verdadero  F1 que consumía cerca de veinte litros cada cien kilómetros en ciudad. Repostaba todos los días el depósito con setenta y cinco litros de combustible. Los cristales tintados y la pintura gris plata le daban un aspecto de coche oficial, como el de los ministros. No conocía bien la ciudad y se perdía a menudo, a pesar del GPS. Me contó como un día mientras daban vueltas en busca de un domicilio, el jefe se volvió hacia él, lo miró fijamente y le espetó:

- ¡O este coche está estropeado o usted no tiene ni puta idea de conducir!

Le trataba siempre de usted aunque a continuación le insultara. Pilotaba con mucha tensión pues no perdía ocasión para meterse con su forma de vestir o le reñía por equivocarse de itinerario. Aguantarle todo el día, de aquí para allá soportando sus improperios y esas largas jornadas laborales no tenía precio. Jorge llevaba dos dedos escayolados, rotos en un accidente doméstico, pero no se atrevía a coger la baja por miedo a ser despedido.

Permaneció en mi despacho más de media hora- siguió escribiendo Ernesto en su diario- e intenté tranquilizarlo. Le ofrecí un pitillo y nos fuimos al patio a fumarlo. En esa época consumía un paquete diario. Mientras lo apurábamos, se soltó un poco más y acabó contando una anécdota muy divertida:

-No sabes lo que nos pasó la otra noche en la Casa de Campo...ja, ja, ja...
- A la vuelta de una cena, a la una de la madruga o así, me confundí y me metí por la zona de las putas...Joder, es que sólo de acordarme, me parto...
- Pues había un atasco monumental y estábamos parados cuando se nos acercó una negra y, al ver semejante cochazo, se sacó las tetas y las restregó contra el cristal...

No podía contenerse de risa mientras lo recordaba, pero siguió:

- Estaba medio desnuda...Tenías que haber escuchado el grito de don Cándido: “¡Corra, corra, arranque, arranque de aquí!”. 
- Si le ves como se movió al otro lado del asiento mientras la tía seguía enseñándole las tetas...Casi se me escapa una carcajada cuando vi por el espejo retrovisor su cara de susto. 
-Tuve que aguantarme la risa porque si  no me mata...pero, cuando llegué a casa y se lo conté a mi novia nos partimos el culo durante un buen rato...Tenías que haberle visto... No sé cómo me pude aguantar… ¿No te parece de traca?
- Sí la verdad, tuvo mucha gracia. No creo que volváis a ir por allí...
- No, no creo. Encima esta noche tiene otra cena con unos amigos y sospecho que la jornada se va a volver a alargar hasta la madrugada. 
- Y yo, allí esperando en el coche...Como se me hinchen las narices me cojo y me marcho, fanfarroneó Jorge.

Desgraciadamente lo que ocurrió fue que lo despidió al día siguiente, sin ninguna explicación. Bueno, dijo que era un inepto que se perdía por Madrid. Que además no se lavaba, que olía mal y que cuando le acompañaba algún invitado se avergonzaba del olor que dejaba en el coche. Pobre infeliz. Encima de apaleado y calumniado, mal pagado y despedido.

El cuarto chofer que contrató ese año fue Lucio, el que estaba la noche del accidente. Era un joven de veintidos años, con poca práctica al volante y con escaso conocimiento también de la ciudad. Lo mismo que a los anteriores le sometió a unas duras pruebas de intensa actividad durante todo el día. A poco de llegar le vimos salir del garaje y le faltaron escasos milímetros para empotrarse contra un pretil. El grito que le dio se escuchó desde la calle, salvando el blindaje insonorizado del audi. No lo echó en aquel mismo instante porque no disponía de recambio para asistir esa tarde a una importante cacería de negocios en Ciudad Real. 









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