domingo, 11 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (16)

                                                                          

El caso es que tres segundos bastaron para que el martillo cayera sobre el atril, y el Atlas de Urrutia quedase adjudicado a la mujer rubia cuyo rostro seguía sin ver Coy”

                                 (Arturo Pérez-Reverte, La carta esférica)





Elisa había vuelto a la cabecera de la cama en donde se encontraba su marido desde hacía una semana. No experimentaba ninguna mejoría. Los médicos le daban muy pocas esperanzas, si bien ella conocía la fortaleza de su esposo. No en vano en su juventud había sido un luchador encima de los cuadriláteros.

“Pitín” era como le llamaban sus amigos más íntimos de sus años mozos. No había pasado de algunos combates de aficionado que le curtieron para toda la vida. Por eso confiaba que superaría el coma. 
Aunque no era muy creyente, le rezaba a su "santiña" para que lo ayudase a superar el difícil trance. Su dinero de poco le servía ahora. No había escatimado en medios: le trasladaron a una clínica privada, atendido por los mejores médicos y por tres enfermeras que le vigilaban en la uci las veinticuatro horas del día.
Consultaron con varios especialistas para trasladarle a Estados Unidos, o donde hiciese falta, le dijo a Daniel. No repararía en gastos. Elisa se devanaba los sesos pensando en posibles soluciones. Pero siempre se enfrentaba con ese muro infranqueable de su estado que parecía irreversible. “Sólo podemos esperar y confiar en su fortaleza física para que aguante”, le repitieron los médicos desde el primer día.
En las largas noches sentada junto a su esposo repasó todas las opciones. Su vida entera de los últimos treinta años...Su rostro había envejecido y mostraba unas grandes ojeras. Necesitaba descansar.

Sus hijos, Vero y Cándido, tampoco habían faltado un solo día al hospital. La hija mayor, empleada en la empresa, no se incorporó al trabajo. No quería dar explicaciones a sus compañeros, se refugió en su casa y en la clínica para relevar a su madre. El pequeño, Cándido júnior, estudiaba en la Universidad y estos acontecimientos le descentraron. Se ocupaba de trasladar a su madre a casa por la noche y al hospital cada mañana.

La noche anterior, mientras cenaban, hablaron de la situación y de las consecuencias si no se recuperaba del accidente. No ya que muriese sino, algo peor para ellos, que se quedase en estado vegetal o en silla de ruedas para siempre y sin capacidad mental. El golpe en la cabeza había sido muy fuerte y de momento no se podía intervenir. Las distintas fracturas de cadera, piernas y brazos eran menos importantes y se curarían con el tiempo, aunque le dejasen secuelas.

- Vosotros que pensáis de todo esto, les dijo Elisa a sus hijos mientras comían un trozo de pizza.
- ¿Qué pensamos de qué mamá? le respondió Vero.
- Pues del futuro de la empresa de papá, de los trabajadores, de la posibilidad de seguir nosotros con el negocio o no…
- No te parece un poco pronto para pensar en esas cosas, le inquirió Cándido.
- Es que todas estas noches en vela, ahí a solas, con vuestro padre… Lo miraba, todo lleno de cacharros…Y me ha dado por pensar que esta vida es muy corta, que tenemos más de lo que podemos gastar y que hay que vivirla y disfrutarla.
- Ya, pero Papá se pondrá bien, ¿no Mamá?
- No lo sé hija. ¡Ojalá!. Pero si no... ¿qué futuro nos espera? Vosotros ¿os haríais cargo de la empresa o mejor la vendemos? Nos darían bastantes millones por ella...
- No sé cómo puedes pensar en eso…
- Pues hay que pensarlo, porque Daniel me ha dicho que a papá ya le habían puesto encima de la mesa varias ofertas para comprarle todo y le daban más de mil millones de euros. Y con eso nos podíamos dedicar a cuidarle y vosotros a vivir felices.
- Déjalo Mamá, ya habrá tiempo de pensar en esas cosas... ¡Se me han quitado las ganas de cenar! se enfadó Vero y se fue a su habitación.

Elisa estaba recordando esta conversación cuando entró Daniel en la habitación de la uci. Le dio dos besos y le mostró los periódicos del día. La prensa no dejaba de rebuscar en la vida de su marido haciendo sangre de los problemas laborales de los últimos meses. Hablaban de las investigaciones policiales que apuntaban a la intencionalidad del accidente, incluso alguno se atrevía a especular sobre la posibilidad de que la compañía fuera comprada por una multinacional del sector de la  comunicación. Se referían a una supuesta oferta que le habrían hecho para adquirir sus empresas por más de mil millones de euros.

- Daniel, ¿tú sabes quienes son los que le hicieron la oferta a mi marido?, le soltó a bocajarro.
- Elisa, esas son cosas de don Cándido… A mi me comentó algo el año pasado, pero no le di mas importancia. Ya sabes que comía con propietarios de medios y con inversores...y entre plato, bebida y demás, a veces se les soltaba la lengua y hablaba de anto podía costar la compañía y si la vendería...
- ¡O sea, que no hay nada!
- Hombre, a mi me dijo que se lo habían comentado unos directivos de un grupo multinacional muy importante que querían implantarse en España. Sé quienes son, pero no me parece que en estos momentos…
- No, no, ahora no. Pero si tienes oportunidad de buscar el contacto para un futuro…y dependiendo cómo se desarrollen los acontecimientos...para sondearlos por si mantienen la oferta. Ya me entiendes…
- Bueno, lo tendré en cuenta y si surge la ocasión o se vuelve a comentar algo…
- Eso, eso. Sin prisas, pero estando atentos por si se vuelve a dar la oportunidad…

Daniel se marchó desconcertado tras la conversación con Elisa. Además de su abogado se consideraba como uno más de la familia. Pero..., lo que acababa de escuchar era contrario a la filosofía empresarial de don Cándido. Llevaba más de quince años vinculado a ellos, era padrino de Vero y los conocía muy bien a todos. Por eso, le sorprendió todavía más la reacción de Elisa. Primero fue su decisión de llegar a un acuerdo con el empleado despedido. Algo que jamás hubiera autorizado su esposo y menos cuando la policía sospechaba como posible causante del accidente. Y ahora lo de la venta de las empresas...Sólo pensarlo, con el jefe en coma postrado en el hospital, le producía una enorme desazón.

Sonó su teléfono cuando salía del hospital. Era el inspector Sánchez que le llamaba desde el tren, de viaje a Andalucía. Ya no recordaba que le encomendó la tarea de contrastar la coartada de Ernesto. Se mostró un poco alterado al otro lado del teléfono que no escuchaba bien y se entrecortaba continuamente:

- Estoy en el A-v-e a Má-la-ga…
- Le escucho un poco mal. Se corta.
- Que estoy en el Ave y a-c-a-b-... de leer una ...-for-ma-ci-ón...,se volvía a cortar.
- Bueno, llámeme cuando llegue al hotel y hablamos más tranquilos, que no se le entiende bien. Se va la voz…

En ese momento el tren se introdujo en un túnel muy largo próximo a la estación de Córdoba y se interrumpió la conexión.

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