“El caso es
que tres segundos bastaron para que el martillo cayera sobre el
atril, y el Atlas de Urrutia quedase adjudicado a la mujer
rubia cuyo rostro seguía sin ver Coy”
(Arturo
Pérez-Reverte, La
carta esférica)
Elisa
había vuelto a la cabecera de la cama
en donde se encontraba su marido desde hacía una semana. No
experimentaba ninguna mejoría. Los médicos le daban
muy pocas esperanzas, si bien ella conocía la fortaleza de
su esposo. No en vano en su juventud había sido un luchador
encima de los cuadriláteros.
“Pitín”
era como le llamaban sus amigos más íntimos de sus años mozos. No
había pasado de algunos combates de aficionado que le curtieron
para toda la vida. Por eso confiaba que superaría el coma.
Aunque no era muy creyente, le rezaba a su "santiña" para que lo ayudase a superar el difícil trance. Su dinero de poco le servía ahora. No había escatimado en medios: le trasladaron a una clínica privada, atendido por los mejores médicos y por tres enfermeras que le vigilaban en la uci las veinticuatro horas del día.
Aunque no era muy creyente, le rezaba a su "santiña" para que lo ayudase a superar el difícil trance. Su dinero de poco le servía ahora. No había escatimado en medios: le trasladaron a una clínica privada, atendido por los mejores médicos y por tres enfermeras que le vigilaban en la uci las veinticuatro horas del día.
Consultaron
con varios especialistas para trasladarle a Estados Unidos, o donde
hiciese falta, le dijo a Daniel. No repararía en gastos. Elisa se devanaba los sesos
pensando en posibles soluciones. Pero siempre se enfrentaba con ese
muro infranqueable de su estado que parecía irreversible.
“Sólo podemos esperar y confiar en su
fortaleza física para que aguante”, le
repitieron los médicos desde el primer día.
En
las largas noches sentada junto a su esposo repasó todas
las opciones. Su vida entera de los últimos treinta años...Su rostro
había envejecido y mostraba unas grandes ojeras. Necesitaba
descansar.
Sus
hijos, Vero y Cándido, tampoco habían faltado un solo día al
hospital. La hija mayor, empleada en la empresa,
no se incorporó al trabajo. No quería dar
explicaciones a sus compañeros, se refugió en su casa y
en la clínica para relevar a su madre. El pequeño, Cándido júnior, estudiaba en la
Universidad y estos acontecimientos le descentraron. Se ocupaba de trasladar a su madre a casa por la noche y al hospital
cada mañana.
La
noche anterior, mientras cenaban, hablaron de la
situación y de las consecuencias si no se recuperaba del accidente. No ya que muriese sino, algo peor
para ellos, que se quedase en estado vegetal o en silla de ruedas
para siempre y sin capacidad mental. El golpe en la cabeza había
sido muy fuerte y de momento no se podía
intervenir. Las distintas fracturas de cadera, piernas y brazos
eran menos importantes y se curarían con el tiempo, aunque le dejasen
secuelas.
-
Vosotros que pensáis de todo esto, les dijo Elisa a sus hijos
mientras comían un trozo de pizza.
-
¿Qué pensamos de qué mamá? le respondió Vero.
-
Pues del futuro de la empresa de papá, de los trabajadores, de la
posibilidad de seguir nosotros con el negocio o no…
-
No te parece un poco pronto para pensar en esas cosas, le inquirió
Cándido.
-
Es que todas estas noches en vela, ahí a solas, con vuestro padre…
Lo miraba, todo lleno de cacharros…Y me ha dado por pensar
que esta vida es muy corta, que tenemos más de lo que podemos
gastar y que hay que vivirla y disfrutarla.
-
Ya, pero Papá se pondrá bien, ¿no Mamá?
-
No lo sé hija. ¡Ojalá!. Pero si no... ¿qué futuro nos espera?
Vosotros ¿os haríais cargo de la empresa o mejor la vendemos? Nos
darían bastantes millones por ella...
-
No sé cómo puedes pensar en eso…
-
Pues hay que pensarlo, porque Daniel me ha dicho que a papá ya
le habían puesto encima de la mesa varias ofertas para comprarle
todo y le daban más de mil millones de euros. Y con eso nos
podíamos dedicar a cuidarle y vosotros a vivir felices.
-
Déjalo Mamá, ya habrá tiempo de pensar en esas cosas... ¡Se me
han quitado las ganas de cenar! se enfadó Vero y se fue a su
habitación.
Elisa estaba recordando esta conversación cuando entró Daniel en
la habitación de la uci. Le dio dos besos y le mostró los
periódicos del día. La prensa no dejaba de rebuscar en la vida de
su marido haciendo sangre de los problemas laborales de los últimos
meses. Hablaban de las investigaciones policiales que apuntaban a la
intencionalidad del accidente, incluso alguno se atrevía a especular
sobre la posibilidad de que la compañía fuera comprada por una
multinacional del sector de la comunicación. Se referían a una supuesta oferta
que le habrían hecho para adquirir sus empresas por más de mil millones de
euros.
-
Daniel, ¿tú sabes quienes son los que le hicieron la oferta a mi
marido?, le soltó a bocajarro.
-
Elisa, esas son cosas de don Cándido… A mi me comentó algo el
año pasado, pero no le di mas importancia. Ya sabes que comía con propietarios de medios y con inversores...y entre plato, bebida y
demás, a veces se les soltaba la lengua y hablaba de cúanto podía costar la compañía y si la vendería...
-
¡O sea, que no hay nada!
-
Hombre, a mi me dijo que se lo habían comentado unos directivos de
un grupo multinacional muy importante que querían implantarse en
España. Sé quienes son, pero no me parece que en estos
momentos…
-
No, no, ahora no. Pero si tienes oportunidad de buscar el
contacto para un futuro…y dependiendo cómo se desarrollen los
acontecimientos...para sondearlos por si mantienen la oferta.
Ya me entiendes…
-
Bueno, lo tendré en cuenta y si surge la ocasión o se vuelve a
comentar algo…
-
Eso, eso. Sin prisas, pero estando atentos por si se vuelve a dar la
oportunidad…
Daniel
se marchó desconcertado tras la conversación
con Elisa. Además de su abogado se consideraba como uno más de la familia. Pero..., lo que acababa de escuchar era contrario a la filosofía
empresarial de don Cándido. Llevaba más de quince años vinculado a
ellos, era padrino de Vero y los conocía muy bien a todos. Por eso,
le sorprendió todavía más la reacción de Elisa. Primero fue su decisión
de llegar a un acuerdo con el empleado despedido. Algo que jamás
hubiera autorizado su esposo y menos cuando la policía
sospechaba como posible causante del accidente. Y ahora lo
de la venta de las empresas...Sólo pensarlo, con el jefe en coma
postrado en el hospital, le producía una enorme desazón.
Sonó
su teléfono cuando salía del hospital. Era el inspector
Sánchez que le llamaba desde el tren, de viaje a Andalucía. Ya no recordaba que le encomendó la tarea
de contrastar la coartada de Ernesto. Se mostró un poco alterado al
otro lado del teléfono que no escuchaba bien y se entrecortaba continuamente:
-
Estoy en el A-v-e a Má-la-ga…
-
Le escucho un poco mal. Se corta.
-
Que estoy en el Ave y a-c-a-b-... de leer una ...-for-ma-ci-ón...,se
volvía a cortar.
-
Bueno, llámeme cuando llegue al hotel y hablamos más tranquilos,
que no se le entiende bien. Se va la voz…
En
ese momento el tren se introdujo en un túnel muy largo próximo a la
estación de Córdoba y se interrumpió la conexión.
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