jueves, 1 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (13)

                                                                   

“Wells se quedó atónito. Con el tiempo describiría su reacción diciendo que “no podía creerlo”. Sin embargo, tenía buenas razones para creerlo porque no sólo conocía a la familia asesinada, sino también a quien había cometido el crimen”

                                                          (Truman Capote, A sangre fría)





Las cámaras de tráfico registraron el accidente. La escasa luz de la calle no impidió reconocer el modelo de vehículo: un Renault 19. No así su matrícula. Era un modelo antiguo de color oscuro que llegó a gran velocidad por una calle transversal. Sin detenerse en el semáforo intermitente, verde para los peatones, siguió su marcha arrollando a un viandante que voló por los aires y golpeó la cabeza contra el asfalto. Aceleró y se dio a la fuga perdiéndose del enfoque de las cámaras. No había otros vehículos en las inmediaciones, las calles estaban casi vacías a esa hora de la madrugada.
Unos segundos más tarde se vio llegar un turismo que se detuvo junto al herido. Se bajó una mujer y tras ver la sangre sobre el asfalto llamó por el móvil. Una ambulancia apareció quince minutos después y se lo llevó.

La policía municipal le entregó una copia del video al inspector Sánchez junto con un informe pericial y las fotografías de un vehículo encontrado en las inmediaciones con restos de sangre en el parachoques delantero y en el cristal trasero. El documento concluía que los restos de sangre correspondían con la de don Cándido por lo que sin duda era el coche que le atropelló.

Lo estaba leyendo y ojeando las fotos cuando entró el abogado. Le acercó el informe pericial y le comentó:

- Parece que este coche es el vehículo que le atropelló... Lo han localizado abandonado en una calle cerca del lugar del accidente. Tiene roto un cristal, parece que lo robaron...
- Y las manchas de sangre y del golpe coinciden con la de don Cándido, completó el abogado que leía una copia del informe policial.
- Sí, eso parece. Estamos comprobando la matrícula y su propietario. Parece que fue robado y que lo denunciaron hace unas semanas. Cuando sepamos algo más se lo diremos. El dueño es un tal Carlos Ferrín Gallego.
- ¿Cómo ha dicho? Carlos Ferrín…Así se llama un empleado que fue despedido hace unos meses... ¿Es el mismo Carlos Ferrín, es un apellido poco usual…?
- No lo sabemos todavía, tengo que averiguarlo y hablar con él. Estamos localizándolo...
- Se da cuenta de que son muchas casualidades…
- Sí, la verdad. Pero no adelantemos acontecimientos...Le tendré informado. Me voy.
- Gracias, inspector... Necesia alguna cosa más... Más fondos para sus gastos...
- No, Daniel no necesito nada...
- ¿Le llamo a Lucio para que le acerque al centro?
- No se moleste, tengo un coche patrulla en la puerta. Gracias.

Tanta amabilidad y alarde de medios le abrumaba. Prefería utilizar los de su propia comisaría que para eso le pagaban. En todos sus años de servicio nunca había sentido esta presión y reiterados ofrecimientos...Él trabajaba siempre para descubrir la verdad, fuera quien fuera la víctima e independientemente de su condición o su fortuna personal. Se había ganado la fama de funcionario ejemplar e insobornable. Estaba a punto de jubilarse y no quería niunguna mancha en su expediente.

Daniel marcó de inmediato el móvil de Elisa que no se había separado de la cabecera de la cama de su marido desde esa aciaga noche. Le contó lo del coche, los restos de sangre y la identidad del propietario del vehículo. Lucía dio un grito cuando escuchó su nombre. Nunca le había caído bien y enseguida sacó sus conclusiones.

- Entonces parece claro ¿no?...Ha sido una venganza de ese Carlos. Siempre me pareció que estaba loco...Se lo dije a Cándido...Con esa mirada perdida…Seguro que ha sido él, porque le habíamos despedido.
- Pero recuerda Elisa que también fue un importante testigo nuestro en el pleito que ganamos...Gracias a él conseguimos convencer al juez y sacamos unos cuantos millones de euros más…
- ¡Por eso, Daniel! Precisamente por eso...Despechado, cabreado y luego despedido lo mismo se ha querido tomar la justicia por su mano. ¿Lo sabe la policía?
- Sí, no te preocupes. El inspector está tras ello y en breve sabremos algo más. ¿Cómo está don Cándido?¿Han dicho algo los médicos?
- No, no han dicho nada más de momento. Sigue igual, en coma, todo lleno de tubos y con respiración asistida...Confiemos en su fortaleza.
- Y tu Elisa, vete a dormir un poco que llevas tres días seguidos sin despegarte del hospital. Ya me quedo yo esta noche con él.
- Gracias Daniel. Si, la verdad es que me hace falta descansar un poco. Espero a que llegues y me voy a casa. Dile a Lucio que te traiga y yo me voy...

Mientras tanto, el inspector Sánchez, que se había marchado hacia la comisaría, recibió una llamada dándole la dirección de Carlos Ferrín. El jefe de personal le facilitó su último número telefónico e información sobre su despido, pendiente de juicio. Localizó su domicilio enseguida, en Pinto, al sur de la comunidad a unos veinte kilómetros de la capital.

Le localizó y se citó en un parque próximo a su domicilio. Carlos esperaba sentado en un banco cuando una persona alta, con gafas oscuras, sombrero y gabardina se le acercó.
- Soy el inspector Sánchez, de la brigada criminal, que estoy investigando el accidente de don Cándido.
- Y que tengo yo que ver con eso, le soltó Carlos con hironía.
- Pues, usted me lo tendrá que explicar...Se ha encontrado su vehículo, un Renault 19, granate, abandonado, con pruebas de que fue con el que se atropelló a don Cándido.
- ¡Ah, ya! ¿Y ? Piensa que como me ha despedido, he sido yo para vengarme…¡Bueno! Sabrá entonces que ese coche me lo robaron hace unas semanas y que lo denuncié.
- Sí, estamos al corriente. Pero podría tratarse de una estratagema para disponer de una coartada…
- ¿Qué me está diciendo? ¿Me está acusando de algo?...No tengo nada más que hablar con usted...Si quiere algo más lo habla con mi abogado. Adiós…
- Espere, que no he terminado…
- ¡Pero yo sí! La próxima vez, espero que lo haga con una orden judicial o con alguna acusación concreta.

Carlos ya se había levantado del banco y se marchó enfadado. Era una pose, tuvo un buen maestro. Sabía que no había cometido ningún atropello, aunque tampoco le penaba lo ocurrido a su ex jefe. Pero de ahí a cometer un homicidio había un gran trecho. Se acordó que ese día y todo el fin de semana lo pasó con su mujer fuera de Madrid. Estuvo en un hotel desde el jueves hasta el domingo. Tenía testigos. Por eso permaneció muy tranquilo. Las acusaciones de la policía no irían muy lejos...

Esa tarde había quedado con su amigo para charlar precisamente de todos estos acontecimientos. Sin embargo, le llamó para anular la cita y acordaron verse al día siguiente en el despacho de su abogado. Ernesto necesitaba asesorarse porque estaba seguro que sospechaban de su implicación. La amistad entre ambos era conocida en la empresa y a estas alturas ya se lo habrían comunicado al inspector. Además, el incidente de la filtración a la prensa le había puesto en el punto de mira de la policía, en una delicada situación.

El ambiente de sospechas que se vivía en la empresa debía conocerla su abogado por si hubiera que adoptar alguna medida legal. O tomarse unos días de vacaciones para quitarse de en medio. Le quedaban todavía siete días antes de acabar el año.
La cita con el letrado se retrasó hasta después de comer. Carlos y Ernesto se fundieron en un abrazo a la entrada del restaurante enfrente del bufete. Aprovecharon para almorzar juntos. No podían sospechar que un policía de paisano les seguían los pasos desde aquella misma mañana.

Se sentaron al fondo del comedor junto a la ventana que daba a la calle.

- Creen que he podido ser yo el que ha intentado matar al jefe, le dijo Carlos nada mas pedir el menú del día.
- Pues de mí también sospechan porque me han cazado pasándole información a Fermín, el director del diario digital que conozco.

Se miraron, pusieron cara de poquer y rompieron en una carcajada.

- ¡Esto es de locos! ¿cómo pueden pensar que vamos a matar al “bigotes”?, le soltó Carlos a su amigo.

El mote de “el bigotes”, era la forma en que ambos denominaban a su jefe durante el tiempo que trabajaron juntos. Incluso sólo con un gesto llevándose el dedo por debajo de la nariz, sobre el labio superior, bastaba para que ambos entendieran a quien se referían o para anunciar que acababa de llegar.

Ernesto le contó su incidente con el inspector y la información publicada en los periódicos digitales. Las oficinas estaban tomadas, con todo el mundo bajo sospecha y los teléfonos intervenidos.

- Ya no me atrevo ni a llamar desde mi propio móvil. Porque lo mismo me lo tienen también pinchado...y si no nos están siguiendo en estos momentos, poco le faltará.
- Pues está bien la cosa… Los dos sospechosos de intentar matar al jefe. Yo, que estaba en Galicia y tú, en Málaga.
- La verdad es que es de risa, si no fuera una cosa tan seria…
- Pero bueno, vayamos a lo práctico. Cuando hablemos con Pedro organizamos nuestra defensa porque seguro que vendrán a por nosotros. Y luego está lo del juicio por mi despido, que no sé si se suspenderá o no...
- ¿Cuándo es el juicio?
- Pues dentro de diez días, me parece. Recuerda que tú eres testigo de mi parte. Pedro te preparará y te dirá las preguntas que te va a hacer y lo que te pueden preguntar.

Terminaron de comer y se dirigieron al despacho. Pedro ya les esperaba. El abogado no había comido siquiera y tenía mucha prisa porque esperaba a otros clientes.

Carlos le puso al tanto de los acontecimientos: de la conversación con el inspector y de su coartada. El abogado le recomendó que se hiciese con documentación de su estancia en el hotel, factura o justificantes de pago de esos días en Galicia...Le dijo que hablase con personal del hotel y pensase en otros posibles testigos con los que hubiese coincidido en el parador de La Toja. Algún camarero, empleados del balneario o cosas que hubiese hecho que confirmaran su presencia ininterrumpida allí. Cúantos más testimonios y pruebas, mejor.

Respecto a Ernesto le dijo que no se preocupase. Que si la situación se ponía muy tensa que se tomara unos días de vacaciones y permaneciera descansando en la playa. 
En relación al juicio de despido de Carlos opinaba que no se suspendería salvo que falleciese antes. Habría dado poderes a algún empleado o a su abogado para que le representase. Le indicó a Ernesto las preguntas que habría de responder cuando fuese llamado a declarar. Eran muy sencillas pues sólo pretendía demostrar que el despido no tenía ninguna causa, como quería hacer ver la empresa. Que fue un capricho del jefe y que por tanto resultaba totalmente improcedente. Tendrían que pagarle los cuarenta y cinco dias por año trabajado, les aseguró.

Así quedaron las cosas y les recomendó finalmente que no hiciesen declaraciones a la policía si no era en su presencia. Que le llamasen si les volvían a llamar o les detenían. Y que tampoco cometieran tonterías filtrando informaciones a la prensa. Que la cosa era muy seria y había que andarse con mucho cuidado.

- Es un personaje con mucho poder e influencia y...seguro que su familia la utilizará, concluyó el letrado.

La sorpresa fue cuando unos días antes del juicio el abogado de la empresa llamó a Pedro y le propuso un acuerdo. Sin vista oral, para que el asunto no trascendiera a los medios informativos. Le ofrecieron todo lo que reclamaba: los cuarenta y cinco días por año, como indemnización por despido improcedente y todos los salarios de tramitación que legalmente le correspondían. Algo estaba cambiando en la empresa...La decisión la tomó Elisa  porque su marido, más rencoroso, no hubiera dado su brazo a torcer...































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