sábado, 27 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (12)

                                                                      

Así la novela, como hija de distintos progenitores, venía a ser la cosa más pintoresca, variada y original del mundo, y bien podía decir su autor: “Yo, el menor padre de todos/los que hicieron ese niño…”

                                          (Benito Pérez Galdós- 13 Cuentos)




La cara de ira de don Cándido cuando le gritó a Carlos no habría de olvidarla Ernesto en muchos años. Los dos estaban solos, frente a frente, sentados en la gran mesa de la sala de juntas. Un silencio que cortaba el aire precedió a la tormenta de improperios y amenazas. Luego resopló y no paró de gesticular. Parecía como si se hubiese cometido un crimen.

Sin embargo quien había decidido cometerlo era precisamente Ernesto. La idea le obsesionaba y se despertaba casi todas las noches de madrugada, sudando y con pesadillas. Luego, ya no se volvía a dormir. Se levantaba de la cama, sacaba su diario y volvía a repasar lo escrito. Tachaba algunas frases y escribía otras relacionadas con su trabajo o la manera de llevar a cabo su plan. Descubrió que el alma mater de la empresa era su esposa Elisa. Ella había provocado el despido de Carla cuando se enteró de los rumores que la relacionaban con su marido. Conocía la debilidad de su esposo, al que se le iban lo ojos detrás de cualquier falda o escote ajustado. Su matrimonio estaba basado en un pacto que don Cándido no podía traspasar. 
Ahora la situación de la compañía había mejorado y ya no dependía tanto de los recursos de su mujer. La familia le había ayudado en los primeros años, manteniendo una estructura empresarial ruinosa. Pero esos buenos resultados actuales estaban blindados en acuerdos societarios por los que Elisa era dueña de las marcas más rentables.

Sus opiniones pesaban mucho en las decisiones de su marido. Ernesto llegó a esta conclusión cuando acompañó al matrimonio durante un fin de semana de trabajo en Sevilla. Los recogió en la estación de Santa Justa. Subieron al vehículo y los llevó al hotel en donde se hospedaron. Ernesto pensó que le acompañaba para irse de compras o de visita turísitica por la ciudad. Pero no era así. Elisa se mantuvo siempre a su lado en las reuniones, como si fuera su secretaria, preocupándose de todo lo que se trató.

En esos días la conoció de cerca. Tenía un carácter fuerte y decidido. Era más joven que su esposo. No muy agraciada, aunque tampoco fea. Sus ojos eran vivaces y no dejaba escapar ningún comentario. Lo analizaba todo y le daba la razón o le contradecía.

- Las opiniones y las decisiones importantes son de Elisa...Él sólo repite lo que le dice su mujer, le confirmó Pepe cuando le habló a su amigo de la estancia en Sevilla.

Elisa era quien llevaba el mando en la familia y en la empresa. Por eso Ernesto al descubrirlo dedujo que sus días en la compañía estaban en peligro. Don Cándido no podía mantener como colaborador a quién había visto de cerca sus flaquezas y que podría hacer comentarios que deterioraran su imagen. Una imagen de hombre duro que labró para alcanzar sus objetivos y que pretendía transmitir en todo el entorno laboral.

Estas y otras reflexiones bullían en su cabeza en las noches previas al accidente. Las puso en su diario junto con el plan definitivo para llevar a cabo el homicidio.

El coche de Carlos lo dejó en la zona de Rosales, en una calle poco frecuentada. Lo recogería la noche del viernes y esperaría a que apareciese la presa. Luego lo volvería abandonar y rompería un cristal para simular el robo. Los billetes del Ave ya estaban en su poder. Era un plan sencillo y rápido. Si todo discurría como lo previsto no habría forma de descubrirle.

Ernesto había desechado otros planes que le parecieron más ariesgados. Don Cándido salía a primera hora de la mañana a correr por la Casa de Campo. Podría buscar el momento para hacerlo allí. O también cuando sacara a pasear su perro a última hora del día por los jardines próximos a su domicilio. Podría contratar un matón para que ejecutase cualquiera de ellos. Pero no, lo haría él mismo, sin dejar pistas o cómplices, ni involucrar a nadie más. Sus intenciones no las conocía nadie más, ni siquiera su esposa.

Sopesó también la posibilidad de aprovechar la repentina afición por la caza de su jefe para perpetrarlo en una de las jornadas cinegéticas. Las armas las carga el diablo y la ocasión podría resultar propicia. Don Cándido se había enganchado con gran entusiasmo a este deporte en los últimos meses. Frecuentaba cotos en tierras castellanas, extremeñas y en el extranjero. No sabía si por el instinto de matar animales porque estaba de moda entre adinerados empresarios o por el interés de cerrar suculentos negocios. Como nuevo rico sufragó una cacería de urogallos en Rumanía acompañado de varios políticos y amigos a los que pagó todos los gastos durante una semana.

Me recordó -escribió Ernesto en su diario- la trama y las escenas de “La Escopeta Nacional” de Berlanga, cuando le oía relatar sus jornadas de caza con los madrugones y caminatas que realizaron para llegar a los parajes donde se abatían esos animales protegidos. Me lo imaginé enfundado en abrigos gruesos de piel para combatir el frío, con el bigote helado  y con  la escopeta al hombro. Escenas de otros tiempos que creía enlatadas en viejas películas.

Se levantaban a las dos de la madrugada -le contó a Ernesto- y recorrían cientos de kilómetros en coche hasta el bosque donde habitaban los urogallos. Allí, con las primeras luces del día aguardaban que apareciese alguna pieza. Estas aves en extinción tienen prohibida su caza en muchos países y sólo en los del Este se organizan cacerías para millonarios. Con la nieve hasta la rodilla y muchas dificultades para avanzar, soportando un frío polar. Total, para no abatir ningún urogallo, de vuelta a la capital rumana como furtivos por la nieve y con el zurrón vacío. Una estampa que hemos visto en Cine de barrio y que creíamos de otras épocas. Quería codearse con la nueva clase social a la que había arribado merced a su éxito en los negocios, aunque los ricos de cuna le mirasen con desprecio.

Pensó aprovechar un día de cacería para ejecutar su plan, pero lo olvidó enseguida. Ernesto le tenía pavor a las armas de fuego. No las había disparado ni cuando hizo el servicio militar. Se decantó por lo más sencillo y rápido: el atropello con un vehículo a motor. Además, si las circunstancias se torcían o al final dudaba, siempre lo podía dejar pasar y esperar otra oportunidad. O desecharlo definitivamente…




















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