miércoles, 10 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (5)

                                                  


    “Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”
                                                                                     (Mario Benedetti)




La investigación de la policía municipal acabó una vez que redactaron el atestado de tráfico y pasó a la brigada criminal por indicación del abogado de la familia, Daniel Jiménez, que había presentado una denuncia en comisaría por un presunto delito de homicidio. Al abogado, conocedor de todos los entresijos de las empresas, no le convencía la apariencia de accidente y enseguida tuvo en su mente a varios sospechosos. Por eso, desde el primer momento, contactó con un amigo en la Dirección General de la Policía al que le pidió que le asignara un inspector de confianza para que investigara todas las circunstancias del caso.
-Mira, le dijo Daniel, ya sabes que don Cándido tiene amigos en el Gobierno y estamos muy interesados en que esto se esclarezca rápidamente.
-No te preocupes que te pondremos al mejor inspector que hay en Madrid, muy discreto y eficiente. Está a punto de jubilarse y tiene mucha experiencia.
-Gracias. Y por supuesto que todo lo que necesite...Queremos resolver esto cuanto antes y sin hacer demasiado ruido. Ya sabes que hay mucha gente que le tiene ganas y podrían aprovechar las circunstancias para… Bueno, ya me entiendes, para sacar trapos sucios pasados…
-Tranquilo Daniel que haremos todo lo posible por resolverlo con rapidez y sin que trascienda demasiado a los medios de comunicación.
El informe policial recogía que hacia las 02,33 de la madrugada del sábado se había producido un atropello en el paso de peatones regulado por semáforo. No hubo testigos del accidente, ni transeúntes ni conductores. Añadía que el vehículo causante del atropello se dio a la fuga después de un fuerte impacto en la parte derecha y de pasarle la rueda por encima del cuerpo. Se encontraron restos de un faro y huellas de neumáticos que se estaban analizando. El estado del peatón atropellado era de extrema gravedad y permanecía en coma profundo.
Así de escueto fue redactado el atestado ante la falta de otros datos que lo complementaran. La policía realizaba las pesquisa para identificar el modelo de vehiculo, su matrícula y la identidad del conductor mediante la supervisión de las cámaras  de tráfico instaladas en el mismo cruce. 
Ni siquiera el chofer que acababa de dejar a don Cándido en la acera opuesta a su casa pudo ver el accidente. Se apresuró en continuar al garaje y marcharse. Acumulaba más de catorce horas seguidas trabajando, era viernes de madrugada y quería irse a descansar. De hecho Lucio, el chófer, no se enteró de lo ocurrido hasta la mañana del domingo cuando fue a buscarle para ir de caza a una finca de Cáceres. Durante el año que conducía a su servicio no se había retrasado en ninguna de sus citas. Era un hombre muy metódico y puntual.
Pero esa mañana, después de esperar más de un cuarto de hora con el vehículo en doble fila debajo de su portal, se extrañó. Llamó a su móvil y no lo cogió. Le pareció muy raro pues llegarían tarde y don Cándido no faltaba a sus citas. Y menos a una montería a la que acudirían políticos y empresarios muy influyentes. Le había escuchado conversaciones por teléfono en el coche y comentarios sobre el evento durante toda la semana.
Por fin se decidió a llamar a su domicilio. Descolgó el portero automático su hija Verónica quién le invitó a subir. Todavía le pareció más extraño porque en los meses que llevaba trabajando a sus órdenes nunca le habían hecho ese ofrecimiento.
Subió en el ascensor y al llegar al tercer piso le esperaba su hija con la puerta abierta. Le hizo pasar al salón. Sorprendido por tanta amabilidad y sin tiempo a mediar una palabra Verónica se le echó a llorar en sus brazos, sollozando y sin que comprendiera qué quería decirle.
- Mi padre está muy mal Lucio, le dijo entre lágrimas.
- No sé si saldrá de… Está en coma en el hospital. Le atropelló anoche un coche cuando venía a casa.
- Pero como es posible, si le dejé en la puerta…balbuceó Lucio sin saber qué decir en esas circunstancias.

Verónica era una joven muy atractiva de veinte años, morena, con el pelo largo y de ojos verdes claros. Siempre elegante, vestía modelos muy caros, de marca, propios de nuevos ricos. Ahora Lucio la tenía entre sus brazos mientras olía una fragancia intensa a rosas que exhalaba de su ropa. Ni siquiera llegó a abrazarla, no sabía donde poner sus manos, y era ella la que le rodeaba en un impulso en busca de protección.
En un instante, sin más tiempo para disfrutar el momento, sonó el timbre del video portero situado en el vestíbulo. Verónica se soltó bruscamente y se dirigió a descolgar el telefonillo.

           - Sí, quién es...
        - Hola, soy el inspector Sánchez. Vengo para hablar con la familia de don Cándido de Blas.
               -Adelante, suba por favor, le dijo Verónica mientras se acicalaba el pelo y se secaba las lágrimas con un Klinex.

El inspector llegó enseguida y tras ser recibido por la joven que le dio dos besos pasó también al salón en donde aguardaba Lucio. Una habitación de gran tamaño con dos sofás muy cómodos, una chimenea y presidida por una escultura que parecía de mucho valor. Le presentó a Lucio que le estrechó la mano, todavía desconcertado por lo que acababa de vivir.
- Siento mucho lo sucedido señorita, dijo el inspector Sánchez. Desde este momento estoy a disposición de ustedes para esclarecer las circunstancias de este desgraciado accidente.
- Muchas gracias inspector. Mi madre no se encuentra en casa. Está en el hospital. ¿Qué necesita saber o con quien quiere hablar?
- Quisiera contactar con alguien de la empresa lo más rápidamente posible para que me facilite información de los nombres y datos de los empleados para comenzar la investigación. Aunque sea domingo me trasladaré al centro de trabajo o donde me digan y me pondré manos a la obra. No le quiero molestar más.
- No es molestia, muchas gracias. Si quiere, Lucio, que es el chofer de mi padre le llevará a las oficinas y le pondrá en contacto con el jefe de personal para que le facilite toda la información que precise.
- Muchas gracias. No la molesto más. Si necesita alguna cosa no tiene nada más que llamarme. Este es mi teléfono. 
Le entregó una tarjeta de visita y abandonó el domicilio. Durante el trayecto a las oficinas el inspector le sometió al primer interrogatorio de los muchos que iba a realizar a todos los empleados. El chofer fue la última persona que estuvo con él apenas unos segundos antes del atropello. Le contó que no había visto nada pues se metió muy rápido al garaje para aparcar el coche. La entrada se encuentra junto al semáforo en donde se apeó don Cándido, enfrente de su domicilio. Después se marchó enseguida, sin enterarse de lo que había sucedido, por la salida del subterráneo que daba a otra calle.
        -¿Cómo es posible que no viera nada si la entrada al garaje está muy cerca del lugar de los hechos?, le inquirió el inspector mientras se dirigían a las oficinas de la compañía.    
   -Muy sencillo, de dijo Lucio en evidente estado de nerviosismo. Porque estaba muy cansado y me marché rápidamente. Llevaba más de catorce horas de servicio y tenía prisa por irme a casa. Le dejé en la puerta del garaje, como siempre...,continuó sin darse un respiro. Y mientras él se disponía a cruzar la calle yo entré en el garaje. Dejé aparcado el coche en su plaza y me llevé el mío estacionado allí. Como la salida es por otra calle, no me enteré de nada. De hecho hasta esta mañana no he tenido noticia... ¿Es que sospecha de mí?, se revolvió Lucio.
   -No, claro que no. Pero me sorprende que me diga que se bajaba y cruzaba la calle, como siempre a pie. ¿Por qué no le dejaba en la puerta de su casa que está enfrente y así no tendría que cruzar toda la calle con ese semáforo tan peligroso y con tanto tráfico?
        -Pues porque había que dar toda la vuelta a la manzana para volver a entrar al garaje y él me había ordenado que lo hiciera de esa manera. Y así lo hacía siempre...
         -Ah, ja,ja, carraspeó el inspector. Y esa costumbre la conocía más gente de la empresa, además de usted.
          -Pues no lo sé..., dudó en principio. Yo hago lo que me dice el jefe y a callar. A nadie se lo he dicho, pero…bueno más de un directivo ha viajado con nosotros y se han bajado en este mismo sitio. No me parece... ¿por qué lo dice?
          -Por nada, por nada, quiso zanjar el inspector. Y dice que varios directivos han viajado algunas veces con don Cándido y se han bajado en el mismo lugar. Dígame quienes son, por favor…

Lucio le facilitó los nombres de todo el staff directivo y de su secretaria personal. El inspector Sánchez los anotó en una libreta que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Al sacarla, le permitió entrever por el espejo retrovisor una funda de cuero marrón con un revolver cerca del pecho. Continuaron el viaje por la M-40 en dirección a las nuevas oficinas de la compañía. Había muy poco tráfico en esa mañana soleada y fría.
Aunque era domingo el accidente había alarmado a los empleados que vivían en la capital y avisados por el director de personal se encontraban en sus puestos de trabajo. Sólo faltaban los que residían fuera de la ciudad que hasta el lunes no se incorporarían. La noticia se propagó ya rápidamente pues en lo boletines informativos no se dejaba de contar cada hora, con los partes médicos que facilitaba el hospital. Las muestras de apoyo también se sucedieron. El director general se puso al frente del comité de crisis. Solo faltaba Ernesto que no respondía en su móvil.


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