“Entre todas las características
de la condición humana, la envidia es la más lamentable. La
persona envidiosa no sólo desea hacer daño, además la envidia
la hace desgraciada. En lugar de obtener placer de lo que tiene,
sufre por lo que tienen los demás”
(Bertrand Russell, La conquista de la felicidad)
Trabajaba
para don Cándido desde hacía seis años viajando por todo el sur de
España en su coche particular. Visitaba las ciudades para controlar a los directores de las emisoras. No se fiaba de nadie, ni de
su propia gente. Y debía entregarle un informe cada viernes. Había
convertido su trabajo en el de un inspector con la maleta a cuestas.
Nada creativo y altamente estresante. Tampoco entendía, al
principio, el sentido de esta actividad. Sólo meses más tarde pudo
averiguarlo. Recogía información y pruebas para asestar un golpe
mortal a su socio ganando un pleito millonario.
Su objetivo
era hacerse con un importante grupo de comunicación como forma de pago de la
deuda. Finalmente no lo consiguió, aunque su cuenta corriente se
vio notablemente aumentada.
Ernesto
puso fecha en el bloc con su pluma Mont Blanc de
tinta granate y escribió en aquel cuaderno-diario de
tapas rojas y hojas sin rayas:
Málaga,
4 de Noviembre de 2010.
Respondí
a la llamada de don Cándido y me presenté en Madrid al día
siguiente. Nos reunimos y me explicó la situación legal planteada.
-
Tenemos cuatro meses para poner en marcha el proyecto por nuestra
cuenta, me dijo sin pausa. El
15 de marzo debemos estar segregados, tanto desde el
punto de vista técnico como de la comercialización. Tu tienes
experiencia y te ofrezco un puesto directivo, el que quieras asumir.
No me lo podía creer, escribió en el diario. Me dio un par de días para que lo pensara. Era su táctica. Lanzaba un “haz lo que quieras, tu tienes preferencia” y luego… ya veremos.
A los dos días nos volvimos a reunir y le contesté afirmativamente. Le dije que me atrevía con todo y que podía contar conmigo para lo que necesitase.
Don Cándido
no parecía darse por enterado totalmente, pues me respondía con
evasivas. Yo estaba desconcertado, aunque finalmente me presentó a
los compañeros. Conocí al Director General que también acababa
de contratar, Pedro Fortuny. Era amigo personal de la familia. Anunció mi nombramiento al resto del
staff directivo compuesto por Carlos Ferrín, en la parte técnica;
Juan Aguirre, como director financiero y Pepe Fernández, el encargado
de los contenidos. En verdad, la estructura era muy escasa y eso
auguraba un futuro completo de trabajo, completó en su diario.
Las
reuniones se sucedieron inmediatamente, día tras día. No les quedaban
apenas horas libres con tanta reunión. Trabajaban contrarreloj pues
quedaban sólo cuatro meses. En ese tiempo debían
desarrollar su propia estructura empresarial o llegar a acuerdos con otras que les facilitasen esos servicios. De momento
no disponían siquiera de un local donde instalarse. Carlos, el
director técnico, había recomendado uno.
-Es un
edificio estupendo, comentó. Tiene cuatrocientos
metros, es
independiente, con plazas de garaje propias y está en una zona muy tranquila de
la capital, cerca de Arturo Soria.
Así
lo escribió Ernesto en su diario, antes de ir a verlo en una mañana
de enero, a la vuelta de las vacaciones de Navidad.
Curiosamente
ya lo conocía don Cándido y lo había rechazado. Le pareció
pequeño y mal ubicado. Para alguién que no conoce bien la capital esa zona residencial le
quedaba muy lejos. Además, se perdieron cuando fueron a visitarlo la primera vez. El
chofer, recién contratado, era de Zaragoza y no conocía tampoco la ciudad. Tardó más de
cuarenta y cinco minutos en localizar el edificio. No dejaban de dar
vueltas en su Audi por las inmediaciones sin que ni
siquiera el GPS fuera capaz de orientarles.
Meses después ya le pareció estupendo y lo compró rápidamente por dos millones de euros.
En las primeras semanas de noviembre Ernesto se mantuvo hospedado en un
pequeño hotel. A los pocos días
le ofrecieron un apartamento muy céntrico en la Plaza de España, propiedad de la empresa. Sofía, la
secretaria de dirección, le entregó enseguida las llaves para que
lo viera.
Sólo su buena situación a un paso del centro neurálgico de la
capital le convenció. Se
notaba que había permanecido desocupado durante muchos años.Tenía dos habitaciones, un baño, salón
y una pequeña cocina. Era muy
oscuro, con escasa iluminación eléctrica y sin apenas decoración. Sólo unos cuadros antiguos tapaban las paredes necesitadas de una buena pintada. Lo mejor era su ubicación en plena Plaza de España junto a la Gran
Vía y cerca de la Plaza de Callao. Encontró que no
funcionaba tampoco el aire acondicionado. La instalación obsoleta estaba rota. En verano, con
temperaturas de más de cuarenta grados resultaría necesario. Ahora en invierno la calefacción central calentaba con fuerza.
Tuvo que abrir más de una vez las ventanas para que se ventilara.
Pero en verano sin aire
acondicionado se asfixiaría por las noches. Puso el problema en
conocimiento de Sofía que le garantizó que lo solucionaría antes de
la primavera. Una promesa que como otras no se cumplieron en
los meses que vivió allí. Menos mal que agosto lo
pasaba en la Costa del Sol…
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