martes, 16 de octubre de 2012

BESOS DALTONICOS (6)

                                                                      
Entre todas las características de la condición humana, la envidia es la más lamentable. La persona envidiosa no sólo desea hacer daño, además la envidia la hace desgraciada. En lugar de obtener placer de lo que tiene, sufre por lo que tienen los demás”
                       
                                 (Bertrand Russell, La conquista de la felicidad)





Trabajaba para don Cándido desde hacía seis años viajando por todo el sur de España en su coche particular. Visitaba las ciudades para controlar a los directores de las emisoras. No se fiaba de nadie, ni de su propia gente. Y debía entregarle un informe cada viernes. Había convertido su trabajo en el de un inspector con la maleta a cuestas. Nada creativo y altamente estresante. Tampoco entendía, al principio, el sentido de esta actividad. Sólo meses más tarde pudo averiguarlo. Recogía información y pruebas para asestar un golpe mortal a su socio ganando un pleito millonario.
Su objetivo era hacerse con un importante grupo de comunicación como forma de pago de la deuda. Finalmente no lo consiguió, aunque su cuenta corriente se vio notablemente aumentada.

Ernesto puso fecha en el bloc con su pluma Mont Blanc de tinta granate y escribió en aquel cuaderno-diario de tapas rojas y hojas sin rayas:

Málaga, 4 de Noviembre de 2010.
Respondí a la llamada de don Cándido y me presenté en Madrid al día siguiente. Nos reunimos y me explicó la situación legal planteada.

- Tenemos cuatro meses para poner en marcha el proyecto por nuestra cuenta, me dijo sin pausa. El 15 de marzo debemos estar segregados, tanto desde el punto de vista técnico como de la comercialización. Tu tienes experiencia y te ofrezco un puesto directivo, el que quieras asumir.

No me lo podía creer, escribió en el diario. Me dio un par de días para que lo pensara. Era su táctica. Lanzaba un “haz lo que quieras, tu tienes preferencia” y luego… ya veremos. 

A los dos días nos volvimos a reunir y le contesté afirmativamente. Le dije que me atrevía con todo y que podía contar conmigo para lo que necesitase.
Don Cándido no parecía darse por enterado totalmente, pues me respondía con evasivas. Yo estaba desconcertado, aunque finalmente me presentó a los compañeros. Conocí al Director General que también acababa de contratar, Pedro Fortuny. Era amigo personal de la familia. Anunció mi nombramiento al resto del staff directivo compuesto por Carlos Ferrín, en la parte técnica; Juan Aguirre, como director financiero y Pepe Fernández, el encargado de los contenidos. En verdad, la estructura era muy escasa y eso auguraba un futuro completo de trabajo, completó en su diario.

Las reuniones se sucedieron inmediatamente, día tras día. No les quedaban apenas horas libres con tanta reunión. Trabajaban contrarreloj pues quedaban sólo cuatro meses. En ese tiempo debían desarrollar su propia estructura empresarial o llegar a acuerdos con otras que les facilitasen esos servicios. De momento no disponían siquiera de un local donde instalarse. Carlos, el director técnico, había recomendado uno.
 
-Es un edificio estupendo, comentó. Tiene cuatrocientos metros, es independiente, con plazas de garaje propias y está en una zona muy tranquila de la capital, cerca de  Arturo Soria.

Así lo escribió Ernesto en su diario, antes de ir a verlo en una mañana de enero, a la vuelta de las vacaciones de Navidad. 

Curiosamente ya lo conocía don Cándido y lo había rechazado. Le pareció pequeño y mal ubicado. Para alguién que no conoce bien la capital esa zona residencial le quedaba muy lejos. Además, se perdieron cuando fueron a visitarlo la primera vez. El chofer, recién contratado, era de Zaragoza y no conocía tampoco la ciudad. Tardó más de cuarenta y cinco minutos en localizar el edificio. No dejaban de dar vueltas en su Audi por las inmediaciones sin que ni siquiera el GPS fuera capaz de orientarles.

Meses después ya le pareció estupendo y lo compró rápidamente por dos millones de euros.

En las primeras semanas de noviembre Ernesto se mantuvo hospedado en un pequeño hotel. A los pocos días le ofrecieron un apartamento muy céntrico en la Plaza de España, propiedad de la empresa. Sofía, la secretaria de dirección, le entregó enseguida las llaves para que lo viera. 
 Sólo su buena situación a un paso del centro neurálgico de la capital le convenció. Se notaba que había permanecido desocupado durante muchos años.Tenía dos habitaciones, un baño, salón y una pequeña cocina. Era muy oscuro, con escasa iluminación eléctrica y sin apenas decoración. Sólo unos cuadros antiguos tapaban las paredes necesitadas de una buena pintada. Lo mejor era su ubicación en plena Plaza de España junto a la Gran Vía y cerca de la Plaza de Callao. Encontró que no funcionaba tampoco el aire acondicionado. La instalación obsoleta estaba rota. En verano, con temperaturas de más de cuarenta grados resultaría necesario. Ahora en invierno la calefacción central calentaba con fuerza. Tuvo que abrir más de una vez las ventanas para que se ventilara. Pero en verano sin aire acondicionado se asfixiaría por las noches. Puso el problema en conocimiento de Sofía que le garantizó que lo solucionaría antes de la primavera. Una promesa que como otras no se cumplieron en los meses que vivió allí. Menos mal que agosto lo pasaba en la Costa del Sol…


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