viernes, 19 de octubre de 2012

BESOS DALTONICOS (8)

                                                                     
“Al hombre sabio le son más útiles sus enemigos que al necio sus amigos”
          “Hay que tener mucho cuidado con el que alaba, mayor que con el que critica”

                                               (Baltasar Gracián, El arte de la prudencia)




En el cuerpo a cuerpo don Cándido no aguantaba el tipo. El símil boxístico resultaba muy apropiado para una persona que se fajó en este deporte como aficionado en su juventud. La sensación de victoria la obtenían los que negociaban por primera vez con él. Pero era un engaño, porque luego no cumplía lo acordado verbalmente. Dejaba alguna puerta, algún resquicio para volverse atrás. Por eso parecía que perdía en el cuerpo a cuerpo y que conseguían lo que buscaban. Falsa sensación porque rectificaba y se hacía lo que se le antojaba. Su táctica era siempre la misma: no ofrecía nada concreto, daba largas y dejaba que el otro pidiera. Se manejaba estupendamente.

Así le ocurrió a Ernesto la primera vez que negoció su subida salarial cuando accedió al nuevo puesto en la capital.

-¿Cuánto quieres ganar?, le soltó de improviso sentados a la mesa de un restaurante de la calle del Buen Suceso. 
 
Ernesto le soltó una cifra redonda.
- Quiero ganar 4.000 euros netos al mes, le contestó también rápidamente sin titubear, como si llevara la respuesta preparada. Además-añadió- de los gastos de estancia, comidas y viajes.

Le miró a la cara y le dijo rápidamente que estaba de acuerdo y pasaron a otra conversación antes de finalizar el almuerzo.

En su diario personal Ernesto recogió los detalles de esa comida.

Me sorprendió la rapidez en su respuesta y la facilidad con la que alcanzamos un acuerdo. Me asaltó la duda de si me habría quedado corto en mis pretensiones económicas, de si podría haberle sacado más...o si había resultado muy sencillo el acuerdo”, escribió. 

Se trataba de una reflexión lógica teniendo en cuenta la fama que tenía de hombre duro en los negocios. Sin embargo, todo había sido rápido y aparentemente sencillo. O así lo pensó en aquel momento. Pero no era así. Fue él quien no calculó en ese momento lo que significaban esos cuatro mil euros que prometió pagarle cada mes, el doble de lo que ganaba hasta ese momento. 

También se sorprendió su compañero Carlos cuando conoció esa cifra.
- Ojalá me equivoque, pero me parece increíble que esté dispuesto a pagarte esa cantidad al mes, le soltó cuando compartían una cerveza en el bar de la esquina.

El comentario de su amigo habría de recordarlo cuando supo meses después que don Candido no le pagaría más ese dinero“o si no, que se vaya a la puta calle”, fueron sus palabras. La conversación, con su jefe de personal, la escuchó accidentalmente Ernesto la mañana en la que tomó la resolución de acabar con él.

Siempre jugaba con ventaja. Decía que sí porque luego no cumplía lo prometido. Por eso en el cuerpo a cuerpo no ganaba nunca. Se dejaba ganar. Era su estrategia en los negocios. Ernesto asistió a reuniones con empresarios o directivos muy cualificados que acababan de la misma forma. Se creaba un ambiente de cordialidad, incluso de campechanía en el trato. Pero era solo apariencia, una pose. Así el contrario se relajaba y se confiaba. Parecía un garrulo y llegaban a menospreciarle. Era su baza. Una situación ideal para él, pues con las defensas bajas sus oponentes cometían errores que tenía consecuencias catastróficas. Así fue como logró el contrato leonino con una gran compañía.

Este método lo repetía minuciosamente en todas sus relaciones. Hasta con sus propios empleados a los que entretenía con promesas que no cumplía. Poniendo incluso a sus hijos como garantía: te juro por mis hijos que te voy a pagar lo que me has pedido, le dijo a Carlos al que prometió una subida salarial que nunca ejecutó. Además, su insistente reclamación le supuso también el despido.

Al día siguiente de cerrar el acuerdo retributivo con Ernesto, le llamó a su despacho y le dijo que era mucho dinero, que fiscalmente era un problema y que tenía que hablarlo con el asesor. A duras penas consiguió que le abonase lo pactado que como complemento de la nómina cobraba en dinero B. Todos los meses con la incertidumbre de que se lo dejase de pagar como finalmente sucedió y que desencadenó su deseo homicida. 


Cualquier gasto, por pequeño que fuera, tenía que autorizarlo don Cándido con su firma. Nadie más tenía poderes suyos para liquidar la factura más pequeña. Ni sus directivos podían tomarse la más pequeña atribución si no querían arriesgarse a duras reprimendas. 

Ese fue el caso de un incidente al que asistió atónito Ernesto en una fría mañana de enero. Los gritos que oyó no los había escuchado de ningún dueño o alto directivo en todas las empresas en las que trabajó en los últimos veinte años. Ocurrió en su despacho, don Cándido se mostraba más nervioso que de costumbre. Mantenía su tic compulsivo característico de pasarse el dedo pulgar por el interior del cuello de su camisa, mientras inclinaba la cabeza. Era un gesto que repetía una y otra vez mientras hablaba y que no pasaba desapercibido. Pero aquella mañana su tono de voz era más elevado que de costumbre. Había ordenado a Sofía que localizasen a Carlos y que lo quería en su despacho en cuanto llegase. Estaba a punto de  conocer su verdadero rostro.

Carlos llegó más tarde de lo habitual porque venía de reparar una avería. Llamó a la puerta del despacho y sin traspasar el umbral escuchó los alaridos de su jefe.

- ¡Pero tú que te crees! ¿que puedes hacer lo que te de la gana?, le lanzó acercándose a su cara.
- Te dije que no se cambiara nada de los estudios y que se dejasen los cables como estaban. Y tú vas y tiras todos los cables y los pones nuevos…

Todo ello en un tono amenazante y a toda velocidad mientras tiraba al suelo los papeles que había encima de la mesa. No le dejó explicarse y sólo pudo oir las últimas palabras fuera de sí, antes de echarle del despacho:

- Vete de aquí, que no te quiero ver… Si no, te voy a dar una hostia... La que me ha hecho…la que me ha hecho…

Siguió repitiendo esa última expresión sentado, con los codos apoyados en la mesa y las manos sobre la cabeza mientras las cubría sobre su cara. Luego permaneció en esa posición, ya en silencio, durante unos segundos que a Ernesto le parecieron una eternidad. La tensión se podía coger con las manos y no sabía como romper aquel silencio.

Ernesto conocía perfectamente los hechos con sus antecedentes. Si no, podía deducirse que Carlos había cometido alguna barbaridad de dimensiones espectaculares. Y no era así. El asunto resultaba de lo más banal y simple. El director técnico había sustituido unos cables viejos por otros nuevos con el objeto de introducir la nueva tecnología digital. Los antiguos no servían para ello. ¿Cúal era el problema entonces? Muy sencillo. La cuestión era que Carlos había tomado una decisión, lógica y normal, sin contar con su jefe. Sin que lo autorizara y le diera el visto bueno. El control absoluto podría verse afectado y no lo podía permitir. Ni tan siquiera dejarlo pasar. Por eso montó en cólera cuando tuvo conocimiento y dio un puñetazo en la mesa para dejar bien claro quien mandaba sobre todo y sobre todos. También comprobó que esos gritos, con gestos, blasfemias e incluso insultos, formaban parte del decorado, de la pose del personaje para conseguir sus objetivos: amedrentar para no pagar o para imponer su voluntad.
A partir de ese momento a Ernesto le invadió un miedo atroz de encontrarse en una situación semejante en el futuro. Y no quería verse en esa tesitura por nada del mundo. También pudo vislumbrar desde ese instante que sus días en la empresa tenían fecha de caducidad. Porque había presenciado lo peor de don Cándido y eso lo no podían conocer otros empleados. 

No salía de su asombro por lo que acababa de presenciar y le impactó tanto que no pudo contener las lágrimas cuando se reunió con su amigo. Se vieron unos minutos más tarde en el despacho de Ernesto. Carlos se dirigió con el rostro muy serio:

- Estoy fuera de la empresa. Después de esto me quedan dos telediarios y seguro que me echa en cuanto pueda. Ahora no, porque tengo que acabarle el trabajo... pero mis días están contados...

Ernesto no pudo reprimir sus sentimientos:
- Me parece totalmente injusto. Con lo que has trabajado en este proyecto. No entiendo semejante bronca por unos cables, le dijo con lágrimas en los ojos mientras se abrazaban.

No se cruzaron más palabras. Por muchas veces que hablaron del incidente no encontraron ninguna explicación lógica. La única razón formaba parte de la personalidad y proceder de don Cándido que imponía sus criterios por encima de todos. No podía dejar nada en manos de terceros aunque fuesen sus más directos colaboradores. Pero eso lo fue descubriendo, desgraciadamente, mucho más tarde. Demasiado tarde quizá.



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