domingo, 25 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (20)


 “A las aladas almas de las rosas
           del almendro de nata te requiero,
                     que tenemos que hablar de muchas cosas,
                                        compañero del alma, compañero”

                                                    (Miguel Hernández, Elegía)




Ernesto y Carlos se juraron fidelidad como si de un matrimonio se tratase. En los últimos meses se afianzó entre ellos una gran amistad iniciada años antes viajando por España. Permanecían ahora más horas juntos que muchas parejas. En la oficina durante toda la jornada, a la hora de comer casi a diario y también cenaban algunas noches. Ernesto se encontraba solo en la capital  y Carlos estaba casado con una periodista con turnos difíciles de compaginar con los suyos. Eso les permitía compartir horas de conversaciones y confidencias que se incrementaban en sus esporádicas salidas viajeras por la península. Sólo los fines de semana dejaban de verse cuando los dos volvían al sur: uno a la Costa del Sol y el otro a Pinto, en donde residía.

En esos cinco años compartieron miles de kilómetros de conversaciones en los que se contaron sus vivencias, sueños y hasta las creencias más íntimas. Su afición por la buena gastronomía les llevó a alardear de conocer los mejores lugares de cada región que visitaban. Establecieron unas rutas gastronómicas en las que competían por elegir el mesón o la tasca más típicos en cada ciudad para degustar los platos más exquisitos. Desde los variados y excelsos arroces de Alicante, a los ibéricos de Plasencia, pasando por los pescaditos malagueños, los mariscos gallegos o los chuletones vascos. En suma, una filosofía de vida que les unía a pesar de su diferencia de edad, pues Carlos era veinte años más joven. Se divertían y disfrutaban con su trabajo. Les unía un proyecto que les ilusionaba y del que se sentían orgullosos, desconocedores del futuro que les aguardaba.

La monumental e injusta bronca que Ernesto presenció aquella mañana de enero le dejó muy deprimido, más incluso que al propio Carlos. Pero también consolidó entre ellos ese lazo de amistad que se estrecha cuando se comparten desgracias personales. Se le revolvían las tripas cada vez que lo recordaba. Por la noche, mientras tapeaban en un bar de la calle Vallehermoso, Carlos le manifestó su pesimista impresión.

- Estoy más fuera que dentro, le dijo.
- No me digas eso..., que tú sabes que te necesita para acabar el proyecto...
- Bueno si, pero en cuanto esté todo funcionando me dará la patada y si te he visto no me acuerdo.
- No hombre, ya verás como cuenta contigo para otros...
- Ya, pero al que no le interesan esos nuevos proyectos será a mí. Me ha engañado. Me ha mentido y encima me ha humillado delante de compañeros…

Sólo pasaron cuatro meses de aquella conversación para que la premonición se cumpliera. Don Cándido le llamó a su despacho cuando todo estuvo funcionando y le propuso que montara una cadena de televisión digital. 

Carlos, que esperaba ese momento, tenía preparada su respuesta:

- No me siento con fuerzas para abordar ese proyecto, le contestó mirándole desafiante.
- Hombre, tu sabes mucho de televisión y yo me voy a meter en ese negocio, le dijo tratando de ponerle el caramelo en la boca.
- Ya, pero no. No lo voy a hacer. Ya te he dicho que no me siento con fuerzas para ello.
- Pero si tú puedes Carlos..., insistía sin querer darse cuenta que lo que estaba escuchando era una rotunda negativa a su oferta. No que no se sintiera capaz de llevarlo a efecto.

Por eso tuvo que mostrarse todavía más contundente:

- ¡Te estoy diciendo que no me siento con fuerzas de llevarlo a cabo!, le tuteó Carlos, que sabía que eso le molestaba.

No le dejó hablar y siguió con la batería de reproches guardados durante meses:
 
- Además, no me fío de ti. Porque no cumples lo que prometes. Lo que me prometiste por llevar adelante el anterior proyecto no lo has cumplido. Aunque lo juraste por tus hijos... ¿Te acuerdas?
Nadie hasta ese momento se había atrevido a decirle algo así, tan directo y a la cara. Y menos a poner en duda su palabra...

- ¡Pero qué se piensa este chaval! ¡Está loco, loco, loco…!, pudo escucharse por toda la oficina.

Lo echó de su despacho y llamó al jefe de personal para que le preparase el finiquito.

Así se lo contó Carlos a su amigo:

- Ha sido una satisfacción, posiblemente de las más importantes que he tenido en los últimos años. Llevo más de cinco y necesitaba resarcirme...
- Tenías que haberle visto, continuó Carlos. No se podía creer que alguien le estuviera diciendo que ¡no! 
- Al todopoderoso don Cándido de Blas nadie le dice que no, parecía que me transmitían sus ojos llenos de ira. Enrojecidos, fuera de sí. Se puso como aquel día en que me armó la bronca por lo de los cables.
- ¿Y cómo aguantaste tanta tensión? 
- La verdad es que me encontré muy sereno. Le dije lo que ya habíamos hablado tú y yo en varias ocasiones previendo el momento: que no me sentía respaldado, ni con ánimo, ni fuerzas para empezar el nuevo proyecto de televisión que me ofrecía... y que no lo iba a hacer. 
- Joder, ¡qué huevos! 
- Y también le dije que ese no era mi trabajo, lo de la tele; y que él sabría qué tenía que hacer… 
- ¿Te amenazó? 
- Imagínate. Y encima le eché en cara que no compliera lo que prometía...
- ¡La hostia que pelotas...!
- Sí, porque no supo reaccionar... quizá no se lo esperaba. Pero en cuanto me echó de su despacho, los gritos se escucharon por todo el edificio. Su secretaria estaba asustada, pensaba que le daba algo. 

Tras un breve silencio de ambos, Ernesto volvió a la realidad:

- Así es que ahora sólo te queda esperar que te despida ¿no? 
- ¡Hombre, seguro! Buscará cualquier excusa para despedirme, y si puede, no pagarme los cuarenta y cinco días...
- Pues, yo que tú me cogía la baja. Has estado aguantando una situación de estrés y presión muy fuerte y se te nota cansado. Vete al médico y que te dé la baja...cógete unas vacaciones a ver qué pasa... 
- No es mala idea, no. Además estando de baja no te pueden despedir ¿no? 
- Bueno...Te puede despedir igual pero la improcedencia sería más fácil de probar...
- Pero lo que importa eres tú, Carlos. Tu salud. Se te ve agotado. Vete al médico de cabecera, le cuentas la situación y… 
- Sí, sí. Eso voy a hacer.
Los dos se fundieron en un abrazo mientras se despedían en mitad de la Plaza de España.


jueves, 22 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (19)

                                                                
¡Y tú, Sol poderoso, demuestra a esta gente que no deseas nuestra muerte! ¡Gran Pachacamac!
¡Si no te agrada este sacrificio, esconde tu cara tan brillante!...
¡Gracias astro soberano! Has escuchado mi ruego…
¡Un eclipse..! ¡Un eclipse…!

                           (Hergé- Georges Remi, Las aventuras de Tintín, El Templo del Sol)




El inspector Sánchez telefoneó a Daniel en cuanto llegó al hotel en Córdoba. Llevaba una semana muy agitada de viajes y entrevistas. La cita con Pepe Fernández en Canarias fue un fiasco y no obtuvo ninguna información relevante. Sospechaba que la familia de don Cándido o Daniel le ocultaban muchos datos. Estaba enfadado. Se dirigió de la estación al hotel, a cien metros de la terminal. Era el mismo en el que se alojó Ernesto la noche del accidente. Subió directamente a la habitación Se dio una ducha rápida, sacó de su maleta la ropa y un ejemplar de un diario en el que aparecía una noticia que le interesaba.

Lo puso sobre la mesa, abrió una botella de tónica y se preparó un combinado con ginebra del minibar. Se dispuso a hablar con Daniel, mientras desplegaba la información del periódico que decía así a grandes titulares:

DETENIDO POR MANIPULAR UN COCHE PARA OCULTAR QUE HABIA ATROPELLADO A UN HOMBRE QUE SUFRIO UN COMA

- SE LE ACUSA DE LESIONES, OMISION DEL DEBER DE SOCORRO Y SIMULACIÓN DE DELITO,YA QUE DENUNCIÓ QUE LE HABIAN ROBADO EL VEHÍCULO

 Y seguía la información desde Antequera firmada por Juan Cano, de Diario SUR.


Leyó otra vez la noticia que había visto en el ejemplar que le entregaron en el ave. El parecido con el caso que investigaba era de tal calibre que decidió acercarse hasta Antequera, que le pillaba de paso hacia Málaga, para conocer más detalles. La diferencia era que en su caso la simulación del robo se produjo antes del accidente. Seguramente porque la intención del sospechoso era disponer de una buena coartada y quedar libre de responsabilidades. Pero debía conseguir más pruebas...

- Daniel, soy el inspector Sánchez.
- Ah, hola...
- Me encuentro ya en Córdoba y mañana me desplazaré a Antequera y luego a Málaga.
-¿Antequera? ¿para qué?
-Pues porque cuando venía en el tren he leído una noticia sobre un accidente allí que se parece mucho al nuestro... Son como dos gotas de agua, quiero ver las pruebas de mis compañeros y cómo han llevado la investigación; por si nos pueden ayudar. Le mando por fax una copia de la noticia para que lo compruebe...
-Muy bien, ¿algo más? 
-Si, Daniel. La reunión con el señor Fernández en las Palmas fue un desastre. No me dijo nada y me dejó en ridículo. Me comentó aspectos de la empresa que yo debería conocer...y que espero me ponga al día en cuanto vuelva a Madrid. 

Conforme hablaba se le notaba más enfadado, y no dejaba de  hacer reproches...

- No puedo ir por ahí haciendo preguntas sobre cuestiones que debería saber. Dificulta enormemente mi trabajo y me dejan en muy mal lugar. Como si fuera tonto…
- Bueno, bueno, ya hablaremos a su vuelta. Ahora céntrese en comprobar la coartada de Ernesto y si cree que en Antequera pueden aportarle algo...
- Sí, pero esto no puede continuar así...
- No se enfade... y el lunes hablamos...
- Vale, el lunes hablamos. Adios...

A continuación llamó a la recepción para concertar una entrevista con el director del hotel, al que pidió que localizase a los empleados de los turnos que trabajaron el viernes y sábado del accidente. Se citaron para la mañana siguiente. Estaba muy cansado de tanto viaje en dos días. Primero a Canarias, ida y vuelta en el mismo día con más de seis horas de avión. ¡Con el miedo que le daban esos aparatos! Y ahora en Andalucía, de aquí para allá para volverse al día siguiente a casa. 
La investigación le estaba creando más dificultades de las que sospechó cuando aceptó hacerse cargo del caso. Era un policía veterano, de cincuenta y ocho años, más de treinta y cinco en el cuerpo y a punto de pasar a la segunda actividad. Si conseguía resolverlo supondría un gran colofón a su carrera profesional y quizá la familia le compensaría para su jubilación. Pero si no era capaz de lograrlo o los medios seguían metiendo la nariz en todo este asunto, las influencias del potentado empresario podrían estropearle su feliz retiro.

No dejó de darle vueltas a todas estas circunstancias y a los datos que manejaba hasta el momento. No concilió el sueño más de tres horas seguidas. No podía parar en la cama y se levantó muy temprano. Se duchó y bajó a dar un paseo por las calles cordobesas. Eran las seis de la mañana y hacía mucho frío. A las siete ya estaba sentado en el comedor dispuesto a dar buena cuenta del desayuno continental del cuatro estrellas.

La entrevista con el responsable del hotel y los empleados no despejó ninguna duda. Ernesto se había registrado el viernes a las cinco de la tarde, había subido a la habitación y salió después durante más de dos horas. El lapso de tiempo coincide con la reunión que mantuvo en una agencia de publicidad cordobesa y que fue concertada por la secretaria. Volvió antes de las ocho de la tarde, cuando se produce el cambio de turno. Volvió a su habitación y pidió que le subieran un sandwich con una cerveza para cenar. Ningún empleado le vió ya hasta la mañana siguiente, sobre las diez, cuando tras desayunar abonó con su tarjeta de crédito los gastos del minibar, la cena y de un par de llamadas. El resto de la cuenta estaba incluido en el bono de empresa de Viajes El Corte Inglés. Se lo había facilitado Sofía, la secretaria de dirección. Lo mismo que el billete de avión de Madrid a Málaga, y los del ave a Córdoba y vuelta a Málaga. Nada que objetar. Tenía todos los justificantes que confirmaban el relato de Ernesto. 
Las cámaras de seguridad del hotel, instaladas en la recepción y en la puerta de acceso, tampoco aportaron nada. No se sabe por qué extrañas circunstancias no grabaron aquel fin de semana. El director del hotel lo achacó a un problema eléctrico en el sistema informático que sólo detectaron cuando el inspector le llamó para pedirle las copias de esos días. Con ese material hubiera podido comprobar si Ernesto abandonó el hotel aquella noche...

Sin embargo, no disponía de ningún otro dato que indujera a más sospechas. Y eso le irritaba, porque  la coartada le parecía demasiado perfecta. Por eso no terminaba de fiarse... Pensó que Ernesto pudo dejar el hotel, sin ser visto, y desplazarse en el último ave que sale de Córdoba a las 21,59 y llega a  Madrid a las 23,50. Y pudo regresar a la mañana siguiente en el primero de las ocho, tras cometer el atropello. También, quizás, pudo alquilar un vehículo que le hubiera puesto en la capital en menos de cuatro horas. Suficiente para ir y volver. Pero..., ambas posibilidades hubieran dejado rastros y posibles testigos.

Se acercó a la taquilla de Renfe en la estación cordobesa y confirmó los horarios del ave. Mostró una fotografía de Ernesto que le facilitó el jefe de personal, pero no le reconocieron. ¿Tal vez sacó los billetes por internet? Tampoco había cámaras de seguridad en la estación y entonces recordó que debía pedir que lo comprobaran en la de Atocha.
En las compañías de alquiler de vehículos, ubicadas en la misma estación, tampoco le ayudaron. Ninguna persona con esa identidad había alquilado un vehículo. El inspector se convenció que sería muy difícil que lo recordaran entre tanto viajero que circula por la estación en un viernes. O tal vez no pasó ni por la taquilla, ni por los rent a car...Tendría que seguir buscando otras opciones.

Su tren para Antequera estaba a punto de salir y no quería perder más tiempo. Llevaba una semana muy agitada, sin descansar ni un día y pretendía finalizar lo más pronto posible. Por la tarde confiaba ser recibido por Ernesto y su familia en Torremolinos. Y el domingo, ya en Madrid, se relajaría por lo menos un día. Este trabajo le empezaba a incomodar por muchas circunstancias y algo le decía que no acabaría bien.








lunes, 19 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (18)


Estaban fríos los pechos de la Gorda de la Cala, sentía su humedad en las mejillas el Babirusa, y abajo estaba aquel calor de fiebre que se iba abriendo, que lo atrapaba con un escozor dulce…”

                                         (Antonio Soler, El camino de los ingleses.
                                              Adaptada por Antonio Banderas en un film del mismo título)






Aquella tarde resultó muy productiva y Ernesto disponía de material para escribir muchas páginas en su diario personal. La conversación con el tercer chofer del jefe en ese año le mostró aspectos muy graciosos y reveladores de su forma de actuar. Se llamaba Jorge y apenas aguantó tres meses en el puesto.

Así lo expresaba Ernesto en su diario de tapas rojas:

Madrid, 8 de Junio 2011

Jorge entró en mi despacho muy enfadado, con muchas ganas de desahogarse. Lo conocí en uno de los viajes para asistir a una cita en una agencia de publicidad. Acababa de llegar a Madrid y mientras esperábamos al jefe charlamos e hicimos buenas migas. Pero esa tarde irrumpió en mi oficina dando voces más altas de lo normal:

- ¡Estoy hasta las narices de meter horas...!  

Traté de calmarle y le dije que se sentara, mientras prosiguió con sus quejas:

- Llevo dos meses aquí y no ha habido día que haya trabajado menos de doce horas. Ayer, sin ir más lejos, estuve desde las 8 de la mañana hasta la una de la madrugada. De aquí para allí y luego esperándole que acabara de cenar...Estuvo con unos amigos en un restaurante al lado de su casa y fue incapaz de decirme que me fuera, que ya volvería en taxi o andando. Y me tuvo, en el coche, a la puerta...hasta la una de la madrugada.
-¡ Y... por mil euros al mes, sin cobrar una sola hora extra...!

Estaba muy enfadado y concluyó: 

-¡En cuanto pueda me marcho…!

Jorge conducía el A-8 de la empresa, un vehículo muy potente con dos motores en V de seis mil centímetros cúbicos. Un verdadero  F1 que consumía cerca de veinte litros cada cien kilómetros en ciudad. Repostaba todos los días el depósito con setenta y cinco litros de combustible. Los cristales tintados y la pintura gris plata le daban un aspecto de coche oficial, como el de los ministros. No conocía bien la ciudad y se perdía a menudo, a pesar del GPS. Me contó como un día mientras daban vueltas en busca de un domicilio, el jefe se volvió hacia él, lo miró fijamente y le espetó:

- ¡O este coche está estropeado o usted no tiene ni puta idea de conducir!

Le trataba siempre de usted aunque a continuación le insultara. Pilotaba con mucha tensión pues no perdía ocasión para meterse con su forma de vestir o le reñía por equivocarse de itinerario. Aguantarle todo el día, de aquí para allá soportando sus improperios y esas largas jornadas laborales no tenía precio. Jorge llevaba dos dedos escayolados, rotos en un accidente doméstico, pero no se atrevía a coger la baja por miedo a ser despedido.

Permaneció en mi despacho más de media hora- siguió escribiendo Ernesto en su diario- e intenté tranquilizarlo. Le ofrecí un pitillo y nos fuimos al patio a fumarlo. En esa época consumía un paquete diario. Mientras lo apurábamos, se soltó un poco más y acabó contando una anécdota muy divertida:

-No sabes lo que nos pasó la otra noche en la Casa de Campo...ja, ja, ja...
- A la vuelta de una cena, a la una de la madruga o así, me confundí y me metí por la zona de las putas...Joder, es que sólo de acordarme, me parto...
- Pues había un atasco monumental y estábamos parados cuando se nos acercó una negra y, al ver semejante cochazo, se sacó las tetas y las restregó contra el cristal...

No podía contenerse de risa mientras lo recordaba, pero siguió:

- Estaba medio desnuda...Tenías que haber escuchado el grito de don Cándido: “¡Corra, corra, arranque, arranque de aquí!”. 
- Si le ves como se movió al otro lado del asiento mientras la tía seguía enseñándole las tetas...Casi se me escapa una carcajada cuando vi por el espejo retrovisor su cara de susto. 
-Tuve que aguantarme la risa porque si  no me mata...pero, cuando llegué a casa y se lo conté a mi novia nos partimos el culo durante un buen rato...Tenías que haberle visto... No sé cómo me pude aguantar… ¿No te parece de traca?
- Sí la verdad, tuvo mucha gracia. No creo que volváis a ir por allí...
- No, no creo. Encima esta noche tiene otra cena con unos amigos y sospecho que la jornada se va a volver a alargar hasta la madrugada. 
- Y yo, allí esperando en el coche...Como se me hinchen las narices me cojo y me marcho, fanfarroneó Jorge.

Desgraciadamente lo que ocurrió fue que lo despidió al día siguiente, sin ninguna explicación. Bueno, dijo que era un inepto que se perdía por Madrid. Que además no se lavaba, que olía mal y que cuando le acompañaba algún invitado se avergonzaba del olor que dejaba en el coche. Pobre infeliz. Encima de apaleado y calumniado, mal pagado y despedido.

El cuarto chofer que contrató ese año fue Lucio, el que estaba la noche del accidente. Era un joven de veintidos años, con poca práctica al volante y con escaso conocimiento también de la ciudad. Lo mismo que a los anteriores le sometió a unas duras pruebas de intensa actividad durante todo el día. A poco de llegar le vimos salir del garaje y le faltaron escasos milímetros para empotrarse contra un pretil. El grito que le dio se escuchó desde la calle, salvando el blindaje insonorizado del audi. No lo echó en aquel mismo instante porque no disponía de recambio para asistir esa tarde a una importante cacería de negocios en Ciudad Real. 









miércoles, 14 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (17)



- Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más que la cola; si vuesa merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le serviré como jumento todos los días que me quedan de vida”.

                                 (Miguel de Cervantes, 2ª parte de Don Quijote de la Mancha)





Pepe Fernández fue director de programas durante seis años y abandonó la compañía apenas un mes antes del accidente. Aceptó una oferta para dirigir una pequeña red de emisoras en las Islas Canarias. Aunque  no le mejoraron las condiciones económicas buscaba un cambio de aires para no seguir sufriendo desprecios personales y ninguneos profesionales. Por eso, en cuanto recibió la propuesta no se lo pensó dos veces. Prefirió viajar lejos de su casa a seguir soportando una situación que le disgustaba. Quería probar fortuna en otra empresa en donde pudiera demostrar su valía profesional y ser reconocido por ello.

-Me voy, Ernesto, no aguanto más aquí, le dijo a su amigo.
-No veo futuro. Por mucho que tengamos unos resultados estupendos y que don Cándido gane mucho dinero con el negocio. Nosotros no tendremos posibilidad de mejorar ni profesional, ni económicamente...
-Pero hombre, ahora que vamos a funcionar autónomamente te vas a marchar…  
-No te lo creas Ernesto. Nunca nos va a dejar que desarrollemos y pongamos en práctica lo que sabemos. Él siempre hará lo que quiera. Somos unos peones de brega y cuando le parezca nos dará la patada de Charlot...y si te he visto no me acuerdo. Yo no quiero estar aquí para verlo, por eso me voy cinco minutos antes...
-Y te vas así de rápido, como huyendo…
-Sí, tú lo has dicho. Fíjate si me voy rápido que ayer firmé el nuevo contrato y hoy se lo he comunicado al jefe. Que por cierto, se ha quedado de piedra. No se lo esperaba. Pero es tan desconfiado que me ha exigido que le firme una cláusula de confidencialidad para que no revele nada...Para que así se quede tranquilo…
-¿Que has firmado qué, Pepe?
-Sí. No me digas lo mismo que me ha dicho Carlos, que soy tonto y que él  no habría firmado nada...
-Hombre claro, opino lo mismo. Firmar qué, sin que te de un duro, con la pasta que ha ganado a nuestra costa…
-Deja, deja. Prefiero irme a las buenas de aquí, que este es capaz de amargarme la vida por donde vaya. No me fío nada…
-Pero precisamente si no firmas eso es cuando tienes las cartas en tu mano para que no haga ningún movimiento que te perjudique.
-No, yo creo que no. Que lo mejor es irme sin ruido, que él no quiera saber más de mí, ni yo de él…
-Ya veo, ya. Estás más quemado de lo que yo pensaba.
-No sabes cuánto Ernesto…No sabes cuánto.
Aquellas palabras de su amigo, que conocía muy bien los entresijos de la empresa, las tuvo siempre muy presentes. Ernesto se mostró a partir de entonces más cauto y desconfiado, a pesar de las perspectivas tan halagüeñas que se le abrieron en ese momento con su marcha. Las reflexiones de Pepe le habían abierto los ojos y estuvo siempre muy atento.
Ascendió a ocupar despacho y tarjeta como nuevo Director de Expansión en una compañía que se ponía como modelo en el sector. Sin embargo para sus empleados ya no resultaba tan atractiva. Todo lo contrario, el desencanto llegaba enseguida.

Pepe Fernández leía el confidencial en internet sobre el accidente de don Cándido y las sospechas policiales sobre su intencionalidad cuando le avisaron de la llegada del inspector Sánchez. Estaban citados desde la semana anterior. El inspector voló a las Islas Canarias y se presentó a la hora acordada. Todos los gastos corrían por cuenta de la empresa para la que investigaba.

Se sentaron en la mesa de reuniones. Pepe, como siempre, no se anduvo con rodeos. No esperó siquiera a los saludos de cortesía ni a las preguntas de rigor sobre el buen tiempo de las Canarias en invierno o al viaje en avión. Fue directo al grano inducido por lo que acababa de leer en internet:

- ¿Tengo que suponer que soy sospechoso de algo...señor inspector?, le soltó con sorna y en un tono muy ácido.
- Hombre, no me sea tan suspicaz. Yo tan solo estoy cumpliendo con mi trabajo, hablando con el personal y con antiguos empleados, tratando de esclarecer algunos hechos. Porque usted era su mano derecha hasta hace un mes ¿no es así?
- Hombre, si lo quiere ver de esa manera…Era el director de programas de una empresa de comunicación muy particular y personalista. No sé si ha conocido a don Cándido... porque, al final nos debajaba muy pocas atribuciones.
- No, no le he conocido...pero si me han hablado muy bien de usted...
- Por eso, continuó el inspector, me gustaría que me contase otros detalles o entresijos vividos en estos años en la empresa... Por si existe algún hecho que aporte luz a mi investigación.
- ¿No sé de qué manera puedo ayudarle…?, seguía a la defensiva.

La conversación transcurrió por otros derroteros que no le agradaron, sobre todo cuando el inspector le insinuó si disponía de alguna coartada para la noche del accidente. En ese momento Pepe saltó de su silla y le dijo:

-Bueno, pues para que se vaya enterando estuve toda esa semana de viaje por Europa. Tengo todas las pruebas que necesite y si…
-Le repito- interrumpiéndole- que no sospecho de usted. Sólo quería tener una conversación amigable para conocer algunos detalles de personas que trabajaron en la empresa. Y sobre todo, lo que me pueda contar del detective privado que contrató para seguir al juez...
-¡Ah!, ¡va por ahí!, no le dejó terminar. Pues pregúnteselo al abogado de la compañía. Se llama Daniel Jiménez, no sé si lo conoce usted, volvió a lanzarle con ironía.  Él es el que sabe todo sobre ese asunto... Yo sólo fui el que contactó con el detective. Me facilitaron un sobre cerrado, con su nombre, dirección y una cita para entregárselo.Y unos meses después, cuando me lo ordenaron,  lo fui a recoger. Fui un simple correo y no tengo ni idea que contenía dicho sobre... Creo que se equivoca de persona. Además ya no me acuerdo de nada, le dijo otra vez con retintín.
-No me venga con tonterías, que no han pasado más que unos meses de aquella historia…
-Ya, pero no sé si sabrá que firmé una cláusula de confidencialidad de la que sólo puede liberarme don Cándido. Y creo que no está en condiciones de hacerlo en estos momentos. Así es que, si no quiere nada más…
-Bueno, me gustaría que pudiéramos hablar de Ernesto Navarro, que le sustituyó en sus funciones cuando se marchó y de Carlos Ferrín, el… 
-Sí,sí... ya sé quienes son los dos. Unos compañeros estupendos como trabajadores y formidables personas. Con los que trabajé muy a gusto durante unos años, y a los que considero incapaces de hacer nada...Y, si no quiere nada más, creo que su tiempo se ha terminado y el mío también. Soy un hombre muy ocupado.
-Pero me gustaría…
-Adiós, concluyó Pepe mostrándole la puerta de su despacho.

El inspector salió de la oficina con muy mal humor y sin nada nuevo que le ayudase en la investigación. Tres mil kilómetros y un viaje horrible en avión para volver de vacío. Hablaría con Daniel que no le informó de aspectos relevantes que le habían dejado en una posición ridícula frente a varios sospechosos.



domingo, 11 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (16)

                                                                          

El caso es que tres segundos bastaron para que el martillo cayera sobre el atril, y el Atlas de Urrutia quedase adjudicado a la mujer rubia cuyo rostro seguía sin ver Coy”

                                 (Arturo Pérez-Reverte, La carta esférica)





Elisa había vuelto a la cabecera de la cama en donde se encontraba su marido desde hacía una semana. No experimentaba ninguna mejoría. Los médicos le daban muy pocas esperanzas, si bien ella conocía la fortaleza de su esposo. No en vano en su juventud había sido un luchador encima de los cuadriláteros.

“Pitín” era como le llamaban sus amigos más íntimos de sus años mozos. No había pasado de algunos combates de aficionado que le curtieron para toda la vida. Por eso confiaba que superaría el coma. 
Aunque no era muy creyente, le rezaba a su "santiña" para que lo ayudase a superar el difícil trance. Su dinero de poco le servía ahora. No había escatimado en medios: le trasladaron a una clínica privada, atendido por los mejores médicos y por tres enfermeras que le vigilaban en la uci las veinticuatro horas del día.
Consultaron con varios especialistas para trasladarle a Estados Unidos, o donde hiciese falta, le dijo a Daniel. No repararía en gastos. Elisa se devanaba los sesos pensando en posibles soluciones. Pero siempre se enfrentaba con ese muro infranqueable de su estado que parecía irreversible. “Sólo podemos esperar y confiar en su fortaleza física para que aguante”, le repitieron los médicos desde el primer día.
En las largas noches sentada junto a su esposo repasó todas las opciones. Su vida entera de los últimos treinta años...Su rostro había envejecido y mostraba unas grandes ojeras. Necesitaba descansar.

Sus hijos, Vero y Cándido, tampoco habían faltado un solo día al hospital. La hija mayor, empleada en la empresa, no se incorporó al trabajo. No quería dar explicaciones a sus compañeros, se refugió en su casa y en la clínica para relevar a su madre. El pequeño, Cándido júnior, estudiaba en la Universidad y estos acontecimientos le descentraron. Se ocupaba de trasladar a su madre a casa por la noche y al hospital cada mañana.

La noche anterior, mientras cenaban, hablaron de la situación y de las consecuencias si no se recuperaba del accidente. No ya que muriese sino, algo peor para ellos, que se quedase en estado vegetal o en silla de ruedas para siempre y sin capacidad mental. El golpe en la cabeza había sido muy fuerte y de momento no se podía intervenir. Las distintas fracturas de cadera, piernas y brazos eran menos importantes y se curarían con el tiempo, aunque le dejasen secuelas.

- Vosotros que pensáis de todo esto, les dijo Elisa a sus hijos mientras comían un trozo de pizza.
- ¿Qué pensamos de qué mamá? le respondió Vero.
- Pues del futuro de la empresa de papá, de los trabajadores, de la posibilidad de seguir nosotros con el negocio o no…
- No te parece un poco pronto para pensar en esas cosas, le inquirió Cándido.
- Es que todas estas noches en vela, ahí a solas, con vuestro padre… Lo miraba, todo lleno de cacharros…Y me ha dado por pensar que esta vida es muy corta, que tenemos más de lo que podemos gastar y que hay que vivirla y disfrutarla.
- Ya, pero Papá se pondrá bien, ¿no Mamá?
- No lo sé hija. ¡Ojalá!. Pero si no... ¿qué futuro nos espera? Vosotros ¿os haríais cargo de la empresa o mejor la vendemos? Nos darían bastantes millones por ella...
- No sé cómo puedes pensar en eso…
- Pues hay que pensarlo, porque Daniel me ha dicho que a papá ya le habían puesto encima de la mesa varias ofertas para comprarle todo y le daban más de mil millones de euros. Y con eso nos podíamos dedicar a cuidarle y vosotros a vivir felices.
- Déjalo Mamá, ya habrá tiempo de pensar en esas cosas... ¡Se me han quitado las ganas de cenar! se enfadó Vero y se fue a su habitación.

Elisa estaba recordando esta conversación cuando entró Daniel en la habitación de la uci. Le dio dos besos y le mostró los periódicos del día. La prensa no dejaba de rebuscar en la vida de su marido haciendo sangre de los problemas laborales de los últimos meses. Hablaban de las investigaciones policiales que apuntaban a la intencionalidad del accidente, incluso alguno se atrevía a especular sobre la posibilidad de que la compañía fuera comprada por una multinacional del sector de la  comunicación. Se referían a una supuesta oferta que le habrían hecho para adquirir sus empresas por más de mil millones de euros.

- Daniel, ¿tú sabes quienes son los que le hicieron la oferta a mi marido?, le soltó a bocajarro.
- Elisa, esas son cosas de don Cándido… A mi me comentó algo el año pasado, pero no le di mas importancia. Ya sabes que comía con propietarios de medios y con inversores...y entre plato, bebida y demás, a veces se les soltaba la lengua y hablaba de anto podía costar la compañía y si la vendería...
- ¡O sea, que no hay nada!
- Hombre, a mi me dijo que se lo habían comentado unos directivos de un grupo multinacional muy importante que querían implantarse en España. Sé quienes son, pero no me parece que en estos momentos…
- No, no, ahora no. Pero si tienes oportunidad de buscar el contacto para un futuro…y dependiendo cómo se desarrollen los acontecimientos...para sondearlos por si mantienen la oferta. Ya me entiendes…
- Bueno, lo tendré en cuenta y si surge la ocasión o se vuelve a comentar algo…
- Eso, eso. Sin prisas, pero estando atentos por si se vuelve a dar la oportunidad…

Daniel se marchó desconcertado tras la conversación con Elisa. Además de su abogado se consideraba como uno más de la familia. Pero..., lo que acababa de escuchar era contrario a la filosofía empresarial de don Cándido. Llevaba más de quince años vinculado a ellos, era padrino de Vero y los conocía muy bien a todos. Por eso, le sorprendió todavía más la reacción de Elisa. Primero fue su decisión de llegar a un acuerdo con el empleado despedido. Algo que jamás hubiera autorizado su esposo y menos cuando la policía sospechaba como posible causante del accidente. Y ahora lo de la venta de las empresas...Sólo pensarlo, con el jefe en coma postrado en el hospital, le producía una enorme desazón.

Sonó su teléfono cuando salía del hospital. Era el inspector Sánchez que le llamaba desde el tren, de viaje a Andalucía. Ya no recordaba que le encomendó la tarea de contrastar la coartada de Ernesto. Se mostró un poco alterado al otro lado del teléfono que no escuchaba bien y se entrecortaba continuamente:

- Estoy en el A-v-e a Má-la-ga…
- Le escucho un poco mal. Se corta.
- Que estoy en el Ave y a-c-a-b-... de leer una ...-for-ma-ci-ón...,se volvía a cortar.
- Bueno, llámeme cuando llegue al hotel y hablamos más tranquilos, que no se le entiende bien. Se va la voz…

En ese momento el tren se introdujo en un túnel muy largo próximo a la estación de Córdoba y se interrumpió la conexión.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (15)

                                                       

Usted podrá disculpar el poco orden que llevo en el relato, que por eso de seguir por la persona y no por el tiempo me hace andar saltando del principio al fin y del fin a los principios como langosta vareada,…”

                             (Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte)




La reunión con directivos italianos de una empresa comercializadora le sirvió para conocer mejor el carácter de su jefe. Le acompañaba el director general Pedro Fortuny e intentaban llegar a un acuerdo para vender sus productos.
Les hicieron pasar a una estancia muy amplia, de paredes recubiertas de madera y con un gran ventanal a la calle por el que se colaba la luz que se reflejaba en una mesa ovalada de tres metros. Toda una muestra de poderío empresarial. Realmente impresionante, escribiría Ernesto en su diario personal.

Los tres se miraron como preguntándose cuánto costaría aquella sala de reuniones de treinta metros cuadrados, en pleno centro de la capital y decorada con mobiliario de diseño moderno. Pensaba en la importancia de la imagen para los negocios, cuando a los pocos minutos aparecieron los anfitriones, tres directivos italianos vestidos con trajes a medida y corbatas floridas muy alegres.
Don Cándido, que siempre se erigía en protagonista en estas reuniones, comenzó a hablar mientras se sentaban en los cómodos sillones de piel. Se puso a contar anécdotas de un amigo o algo así...que no venía a cuento. Hablaba sin parar mientras los anfitriones transalpinos se miraban y sonreían. Hablaba y gesticulaba, aflojándose el cuello de la camisa y cogiéndose su papada por debajo de la garganta con los dedos índice y pulgar. Una y otra vez. Era un tic característico y reiterado cuando se expresaba ante una concurrencia. Su vehemencia sorprend a todos los allí presentes y; en medio de su vacía verborrea, se introdujo en los asuntos de fondo sin interrupción:

-Sólo podemos llegar a un acuerdo... si nos ofrecéis las mismas condiciones que teníamos con la anterior compañía comercializadora.
-Eso va a resultar muy difícil. Ya sabes que no podemos garantizaros una cifra de facturación mínima, le repuso en un castellano singular el directivo de mayor rango.
-Pues entonces, para eso, lo hago yo...Me pongo a vender, porque tengo un producto líder, fanfarroneó.
-Usted verá don Cándido, pero me parece que podíamos intentarlo durante un año. Vemos cómo nos va y si alguna de las partes no está contenta, rompemos el acuerdo. ¿Qué le parece? Lo dejamos muy abierto, sin cláusulas que nos limiten…Y probamos…
-No sé..., dudó. Tampoco quiero dar tumbos con unos y con otros..., si no en el sector van a pensar que no puedo hacer tratos con nadie... 
-Me lo pensaré y ya nos vemos otro día, concluyó.

Sin decir una palabra más se levantó y dio por finalizada la reunión. De la misma forma que habló durante quince minutos, de repente, en un instante cortó la conversación y se marchó. Los anfitriones se sorprendieron de su actitud y reaccionaron más educadamente poniéndose en pie y acompañándolos hasta la puerta del ascensor. 

Mientras bajaban siguió haciendo comentarios en voz alta:

- A ver que se han creído estos, que yo les voy a dar el producto y lo van a vender cómo quieran.

Y de pronto se encaró con el director general y con Ernesto que habían asistido de convidados de piedra.

- Y vosotros ¿qué decís?, les increpó. Que no habéis abierto la boca... No sé para qué os quiero si lo tengo que hacer todo yo. Negociar con los proveedores, con los clientes… ¡Joder!, vaya equipo que me he buscao, sentenció sin mirarles siquiera a la cara.

No les dio opción a responder, en el momento que Pedro Fortuny se dispuso a replicarle recibió una llamada y le dejó con la palabra en la boca. Durante el trayecto de regreso don Cándido no se despegó de su móvil. A la llegada a la oficina no pudieron tampoco retomar la conversación inacabada y les ordenó que preparasen un informe para el día siguiente. 

Ya había tomado una decisión:

-Sí, vamos a firmar un acuerdo con ellos, pero sólo por un año y en las condiciones que yo les ponga. Si quieren bien y si no ¡¡a mamarla!!”, dijo antes de despedirse.

No olvidaría Ernesto esa muletilla tan soez que siempre lanzaba cuando quería imponer su criterio ante cualquier cuestión controvertida. Era el punto final de la discusión: ¡¡ A- ma – mar – la !! , dicho con todas sus sílabas, bien diferenciadas y con amplia pausa entre ellas.  
Una expresión especialmente vulgar y obscena que chirriaba en los oídos. La exclamación quedaría como otra anécdota más que le identificaba. Bastaba decir en tono jocoso un ¡ a mamarla ¡ para que la carcajada surgiera entre Ernesto y Carlos. Habían sido muchas horas de reuniones en las que escucharon esa expresión como colofón a sus intervenciones. El último argumento de los que no tienen otro para imponerse por encima de todo. Desgraciadamente esa expresión fue también la última que escuchó Carlos antes de ser despedido unos meses después. 

Al día siguiente de la reunión con los italianos le llamó a su despacho junto a Sara, la jefa de publicidad, para fijar las condiciones del nuevo contrato. Esa mañana estaba de buen humor, al contrario que el día anterior. Al director general no lo convocó, dejándolo ya al margen de las siguientes conversaciones. Era el procedimiento habitual para “castigar” a sus directivos. Primero les abroncaba en presencia de otros. Después, les ignoraba y relegaba a vegetar en su despacho. Sabía que así les hundía moralmente y a continuación volcaba su confianza, aparentemente, en otros empleados de menor nivel. El último paso era provocar su despido o esperar a que abandonasen la empresa para ahorrase la indemnización. Este procedimiento, en sus dos variantes, se repitió al menos en cinco ocasiones. El director general abandonó la compaía, motu proprio, pocos meses después del incidente con los italianos.

La reunión de aquella mañana duró pocos minutos. Le dio a Sara instrucciones precisas de las condiciones del contrato comercial. Y, “si las aceptan bien y si no buscamos a otros”, señaló de forma tajante. La presencia de una mujer en una mesa de trabajo le animaba, le hacía sentirse más gracioso y dicharachero. Siguió hablando de su nueva adquisición, un edificio en la Ciudad de la Imagen de tres mil metros cuadrados. Se mostraba orgulloso y alardeaba de la compra por cinco millones de euros. Como nuevo rico, presumía de su dinero.

- ¡ Mirar! , se acercó al ordenador para mostrarles una fotografía en la que se le veía sonriente junto a su esposa, delante del gran edificio que acababa de adquirir.
- Nos trasladaremos en cuanto hagamos las obras. ¡¡Ya tengo mi propio edificio, como el grupo Prisa, Antena 3 o Tele 5!!

Se le notaba eufórico.

- Si queréis- terminó- podéis ir a verlo esta misma tarde. Decirle a Lucio que os acerque...Ya vais a ver que edificio tan estupendo...

 

sábado, 3 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (14)

                                                       


La libertad de un periodista se mide por sus conocimientos”
“La información de calidad es siempre ética. Y a la inversa: 
               nunca será de calidad la información que carezca de ética”
                                   (Carlos Soria, La hora de la ética informativa)





Los medios de comunicación convencionales, prensa, radios y televisiones de ámbito nacional ampliaron la noticia del digital confidencial respecto a las sospechas policiales del accidente. El periódico que más espacio le dedicó fue el diario El Mundo que recogió las declaraciones de un empleado que confirmó la presencia de un agente de policía en sus oficinas. Este, cuya identidad no se facilitaba, corroboraba cómo un inspector se había instalado allí al día siguiente del accidente, interrogando a todos los trabajadores de la compañía. El rotativo obtuvo también el informe policial, el atestado y las fotos del vehículo. Todo el material informativo apareció en una doble página interior con un amplio despliegue tipográfico y fotos a color.

El titular decía así:

El vehículo que atropelló a Cándido de Blas era de un ex empleado”

Y como antetítulo:

La policía sospecha que pudo ser intencionado como venganza por un despedido”

Y en uno de los ladillos de la noticia:

El empresario sigue en coma irreversible”

La información ofrecía el nombre de Carlos Ferrín como propietario del turismo que atropelló al empresario de la comunicación, si bien no mencionaba la circunstancia de que fue robado y que había sido denunciada su desaparición. La noticia abundaba en las pesquisas policiales que desde el principio habían sospechado de la intencionalidad del atropello, por los problemas que atravesaba la empresa con varios empleados.

El inspector Sánchez ojeaba la prensa cuando leyó esta información y no pudo más que expresar una mueca de sorpresa. Otros diarios de tirada nacional apenas recogían unas líneas de la noticia. Las radios se limitaron a leer las informaciones de la prensa o los teletipos. Las televisiones también hicieron lo mismo, sólo que con recursos de imágenes del exterior del edificio de la compañía y alguna conexión en directo en programas como Madrid Directo.

Las instrucciones recibidas por el inspector eran contundentes: no quería más filtraciones ni noticias relacionadas con el caso. Por eso, estas informaciones en medios de difusión nacional no le habían agradado. Sospechó de nuevo de Ernesto. Le convocó en su despacho y tuvieron unas palabras subidas de tono. Le acusó de alimentar a los medios bien por interés concreto, por perjudicar a su jefe o para ocultar algo más. Ernesto se defendió con negativas rotundas señalando que eran muchos los empleados cabreados. Además, le recalcó que los periodistas tienen su propia dinámica y disponen de sus fuentes. Cuando el inspector quiso interrogarle sobre el accidente, Ernesto le dijo que no hablaría nada más. Que si tenía sospechas que le acusara formalmente para poder defenderse. La conversación finalizó con una amenaza hacia su amigo y él; porque podrían haberlo organizado para vengarse por el despido de Carlos y por el suyo, que parecía inminente.

El inspector no disponía de más sospechosos, por ahora. No había localizado todavía a Carla, la redactora también despedida tras el supuesto romance con el jefe. Con el ex director general Pepe Fernández, sólo pudo contactar por teléfono y concertaron una cita. Quizá  hablase con Juan Aguirre, otro empleado que se enfrentó a don Cándido y que se encontraba de baja con depresiones. El resto ya había pasado por su despacho y fueron objeto de minuciosas entrevistas. Otros que aparecían en una lista facilitada por Daniel no podía todavía interrogarles. Se trataba de directivos que dirigían otros medios de comunición. Pero, era material muy sensible y con las filtraciones en la prensa, debía andarse con mucho cuidado. Decidió dejarlo para el final...
 
El hallazgo del vehículo de Carlos le pareció decisivo. En el informe policial se aportaban las pruebas y se concluía en solicitar al juez la orden de detención como imputado. Pero el inspector quería tener más pruebas e implicar también a su amigo Ernesto. Conocía su buena relación y que éste iba a declarar a su favor. Los habían seguido y tenía fotos de la reunión con un abogado. Al final, de manera sorprendente, Elisa decidió cerrar un acuerdo extrajudicial  y no hubo juicio por despido.

Cuando Daniel se lo comunicó no comprendió la postura de la esposa. El inspector opinó que hubiera sido una buena estrategia presionarles en el interrogatorio de la vista oral, aunque fuese laboral, para ponerles nerviosos y comprobar cómo se desenvolvían. De haberle consultado, se hubiera opuesto al acuerdo. 
- Daniel, soy el inspector Sánchez, le dijo por teléfono.
- Ah, inspector. Alguna novedad…
- No, lo que ya le conté respecto a Ferrín y Navarro. Soy partidario de avanzar y presentar una acusación por intento de homicidio, a la espera de ver cómo evoluciona...Si no mejora o si terminase falleciendo, que Dios no lo quiera, los cargos serían de homicidio e incluso de asesinato...si somos capaces de demostrar la intencionalidad premeditada...
- Pero, ¿cree que tiene las pruebas suficientes para que el juez lo considere y se pueda mantener la acusación…?
- Hombre, tenemos su coche, y las huellas de sangre y el informe pericial…
- ¿Pero, el coche no se lo habían robado?
- Bueno, eso puede ser una estratagema para cubrirse. Hay muchas huellas suyas en el volante, en el salpicadero, en el cambio de marchas…
- Usted sabrá inspector. Pero no vayamos a meter la pata y el juez no lo considere...y salgamos otra vez en todos los periódicos. Se puede armar otro escándalo que no nos beneficia...La familia, en especial Elisa, no quiere más publicidad. Sólo si tenemos todas las pruebas...si no, mejor afrontarlo con calma.
- Bueno..., dudó el inspector, seguiremos investigando entonces…
- Sí, será mejor para buscar más pruebas o interrogar a otros sospechosos...
- Pero ya le digo que pueden ser cómplices. No disponemos de evidencias contundentes, pero...Tendría que irme a Málaga y a Córdoba para verificar algunos datos que no me cuadran y comprobar la coartada de Ernesto.
- Eso me parece mejor, inspector. Ya le he dicho que no hay problema con los gastos. Llame a Sofía y que le reserve los billetes del ave, del hotel y lo que necesite...Váyase a completar su investigación. Y dejemos la acusación contra Ferrín en “stand by”. ¿No le parece?
- De acuerdo Daniel, me iré para allí...