jueves, 22 de noviembre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (19)

                                                                
¡Y tú, Sol poderoso, demuestra a esta gente que no deseas nuestra muerte! ¡Gran Pachacamac!
¡Si no te agrada este sacrificio, esconde tu cara tan brillante!...
¡Gracias astro soberano! Has escuchado mi ruego…
¡Un eclipse..! ¡Un eclipse…!

                           (Hergé- Georges Remi, Las aventuras de Tintín, El Templo del Sol)




El inspector Sánchez telefoneó a Daniel en cuanto llegó al hotel en Córdoba. Llevaba una semana muy agitada de viajes y entrevistas. La cita con Pepe Fernández en Canarias fue un fiasco y no obtuvo ninguna información relevante. Sospechaba que la familia de don Cándido o Daniel le ocultaban muchos datos. Estaba enfadado. Se dirigió de la estación al hotel, a cien metros de la terminal. Era el mismo en el que se alojó Ernesto la noche del accidente. Subió directamente a la habitación Se dio una ducha rápida, sacó de su maleta la ropa y un ejemplar de un diario en el que aparecía una noticia que le interesaba.

Lo puso sobre la mesa, abrió una botella de tónica y se preparó un combinado con ginebra del minibar. Se dispuso a hablar con Daniel, mientras desplegaba la información del periódico que decía así a grandes titulares:

DETENIDO POR MANIPULAR UN COCHE PARA OCULTAR QUE HABIA ATROPELLADO A UN HOMBRE QUE SUFRIO UN COMA

- SE LE ACUSA DE LESIONES, OMISION DEL DEBER DE SOCORRO Y SIMULACIÓN DE DELITO,YA QUE DENUNCIÓ QUE LE HABIAN ROBADO EL VEHÍCULO

 Y seguía la información desde Antequera firmada por Juan Cano, de Diario SUR.


Leyó otra vez la noticia que había visto en el ejemplar que le entregaron en el ave. El parecido con el caso que investigaba era de tal calibre que decidió acercarse hasta Antequera, que le pillaba de paso hacia Málaga, para conocer más detalles. La diferencia era que en su caso la simulación del robo se produjo antes del accidente. Seguramente porque la intención del sospechoso era disponer de una buena coartada y quedar libre de responsabilidades. Pero debía conseguir más pruebas...

- Daniel, soy el inspector Sánchez.
- Ah, hola...
- Me encuentro ya en Córdoba y mañana me desplazaré a Antequera y luego a Málaga.
-¿Antequera? ¿para qué?
-Pues porque cuando venía en el tren he leído una noticia sobre un accidente allí que se parece mucho al nuestro... Son como dos gotas de agua, quiero ver las pruebas de mis compañeros y cómo han llevado la investigación; por si nos pueden ayudar. Le mando por fax una copia de la noticia para que lo compruebe...
-Muy bien, ¿algo más? 
-Si, Daniel. La reunión con el señor Fernández en las Palmas fue un desastre. No me dijo nada y me dejó en ridículo. Me comentó aspectos de la empresa que yo debería conocer...y que espero me ponga al día en cuanto vuelva a Madrid. 

Conforme hablaba se le notaba más enfadado, y no dejaba de  hacer reproches...

- No puedo ir por ahí haciendo preguntas sobre cuestiones que debería saber. Dificulta enormemente mi trabajo y me dejan en muy mal lugar. Como si fuera tonto…
- Bueno, bueno, ya hablaremos a su vuelta. Ahora céntrese en comprobar la coartada de Ernesto y si cree que en Antequera pueden aportarle algo...
- Sí, pero esto no puede continuar así...
- No se enfade... y el lunes hablamos...
- Vale, el lunes hablamos. Adios...

A continuación llamó a la recepción para concertar una entrevista con el director del hotel, al que pidió que localizase a los empleados de los turnos que trabajaron el viernes y sábado del accidente. Se citaron para la mañana siguiente. Estaba muy cansado de tanto viaje en dos días. Primero a Canarias, ida y vuelta en el mismo día con más de seis horas de avión. ¡Con el miedo que le daban esos aparatos! Y ahora en Andalucía, de aquí para allá para volverse al día siguiente a casa. 
La investigación le estaba creando más dificultades de las que sospechó cuando aceptó hacerse cargo del caso. Era un policía veterano, de cincuenta y ocho años, más de treinta y cinco en el cuerpo y a punto de pasar a la segunda actividad. Si conseguía resolverlo supondría un gran colofón a su carrera profesional y quizá la familia le compensaría para su jubilación. Pero si no era capaz de lograrlo o los medios seguían metiendo la nariz en todo este asunto, las influencias del potentado empresario podrían estropearle su feliz retiro.

No dejó de darle vueltas a todas estas circunstancias y a los datos que manejaba hasta el momento. No concilió el sueño más de tres horas seguidas. No podía parar en la cama y se levantó muy temprano. Se duchó y bajó a dar un paseo por las calles cordobesas. Eran las seis de la mañana y hacía mucho frío. A las siete ya estaba sentado en el comedor dispuesto a dar buena cuenta del desayuno continental del cuatro estrellas.

La entrevista con el responsable del hotel y los empleados no despejó ninguna duda. Ernesto se había registrado el viernes a las cinco de la tarde, había subido a la habitación y salió después durante más de dos horas. El lapso de tiempo coincide con la reunión que mantuvo en una agencia de publicidad cordobesa y que fue concertada por la secretaria. Volvió antes de las ocho de la tarde, cuando se produce el cambio de turno. Volvió a su habitación y pidió que le subieran un sandwich con una cerveza para cenar. Ningún empleado le vió ya hasta la mañana siguiente, sobre las diez, cuando tras desayunar abonó con su tarjeta de crédito los gastos del minibar, la cena y de un par de llamadas. El resto de la cuenta estaba incluido en el bono de empresa de Viajes El Corte Inglés. Se lo había facilitado Sofía, la secretaria de dirección. Lo mismo que el billete de avión de Madrid a Málaga, y los del ave a Córdoba y vuelta a Málaga. Nada que objetar. Tenía todos los justificantes que confirmaban el relato de Ernesto. 
Las cámaras de seguridad del hotel, instaladas en la recepción y en la puerta de acceso, tampoco aportaron nada. No se sabe por qué extrañas circunstancias no grabaron aquel fin de semana. El director del hotel lo achacó a un problema eléctrico en el sistema informático que sólo detectaron cuando el inspector le llamó para pedirle las copias de esos días. Con ese material hubiera podido comprobar si Ernesto abandonó el hotel aquella noche...

Sin embargo, no disponía de ningún otro dato que indujera a más sospechas. Y eso le irritaba, porque  la coartada le parecía demasiado perfecta. Por eso no terminaba de fiarse... Pensó que Ernesto pudo dejar el hotel, sin ser visto, y desplazarse en el último ave que sale de Córdoba a las 21,59 y llega a  Madrid a las 23,50. Y pudo regresar a la mañana siguiente en el primero de las ocho, tras cometer el atropello. También, quizás, pudo alquilar un vehículo que le hubiera puesto en la capital en menos de cuatro horas. Suficiente para ir y volver. Pero..., ambas posibilidades hubieran dejado rastros y posibles testigos.

Se acercó a la taquilla de Renfe en la estación cordobesa y confirmó los horarios del ave. Mostró una fotografía de Ernesto que le facilitó el jefe de personal, pero no le reconocieron. ¿Tal vez sacó los billetes por internet? Tampoco había cámaras de seguridad en la estación y entonces recordó que debía pedir que lo comprobaran en la de Atocha.
En las compañías de alquiler de vehículos, ubicadas en la misma estación, tampoco le ayudaron. Ninguna persona con esa identidad había alquilado un vehículo. El inspector se convenció que sería muy difícil que lo recordaran entre tanto viajero que circula por la estación en un viernes. O tal vez no pasó ni por la taquilla, ni por los rent a car...Tendría que seguir buscando otras opciones.

Su tren para Antequera estaba a punto de salir y no quería perder más tiempo. Llevaba una semana muy agitada, sin descansar ni un día y pretendía finalizar lo más pronto posible. Por la tarde confiaba ser recibido por Ernesto y su familia en Torremolinos. Y el domingo, ya en Madrid, se relajaría por lo menos un día. Este trabajo le empezaba a incomodar por muchas circunstancias y algo le decía que no acabaría bien.








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