“Usted podrá disculpar el poco
orden que llevo en el relato, que por eso de seguir por la
persona y no por el tiempo me hace andar saltando del principio
al fin y del fin a los principios como langosta vareada,…”
(Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte)
La reunión con directivos italianos de una empresa
comercializadora le sirvió para conocer mejor el carácter de su jefe. Le
acompañaba el director general Pedro Fortuny e intentaban llegar a
un acuerdo para vender sus productos.
Les hicieron
pasar a una estancia muy amplia, de paredes recubiertas de madera y con un gran ventanal a la calle por el que se colaba la luz que se
reflejaba en una mesa ovalada de tres metros. Toda
una muestra de poderío empresarial. Realmente impresionante, escribiría Ernesto en su diario personal.
Los tres se
miraron como preguntándose cuánto costaría aquella sala de
reuniones de treinta metros cuadrados, en pleno centro de la
capital y decorada con mobiliario de diseño moderno. Pensaba en la
importancia de la imagen para los negocios, cuando a los pocos
minutos aparecieron los anfitriones, tres directivos
italianos vestidos con trajes a medida y corbatas floridas muy alegres.
Don Cándido,
que siempre se erigía en protagonista en estas reuniones, comenzó a
hablar mientras se sentaban en los cómodos sillones de piel. Se puso a
contar anécdotas de un amigo o algo así...que no venía a
cuento. Hablaba sin parar mientras los anfitriones transalpinos se
miraban y sonreían. Hablaba y
gesticulaba, aflojándose el cuello de la camisa y cogiéndose su
papada por debajo de la garganta con los dedos índice y pulgar. Una
y otra vez. Era un tic característico y reiterado cuando se
expresaba ante una concurrencia. Su vehemencia sorprendió a todos los allí presentes y; en medio de su
vacía verborrea, se introdujo en los asuntos de fondo
sin interrupción:
-Sólo podemos llegar a un acuerdo... si nos ofrecéis las mismas condiciones que teníamos con la anterior compañía comercializadora.
-Eso va a resultar muy difícil. Ya sabes que no podemos garantizaros una cifra de facturación mínima, le repuso en un castellano singular el directivo de mayor rango.
-Pues entonces, para eso, lo hago yo...Me pongo a vender, porque tengo un producto líder, fanfarroneó.
-Usted verá don Cándido, pero me parece que podíamos intentarlo durante un año. Vemos cómo nos va y si alguna de las partes no está contenta, rompemos el acuerdo. ¿Qué le parece? Lo dejamos muy abierto, sin cláusulas que nos limiten…Y probamos…
-No sé..., dudó. Tampoco quiero dar tumbos con unos y con otros..., si no en el sector van a pensar que no puedo hacer tratos con nadie...
-Me lo pensaré y ya nos vemos otro día, concluyó.
Sin decir una palabra más se levantó y dio por finalizada la reunión. De la misma forma que habló durante quince minutos, de repente, en un instante cortó la conversación y se marchó. Los anfitriones se sorprendieron de su actitud y reaccionaron más educadamente poniéndose en pie y acompañándolos hasta la puerta del ascensor.
Mientras bajaban siguió haciendo comentarios en voz alta:
- A ver que se han creído estos, que yo les voy a dar el producto y lo van a vender cómo quieran.
Y de pronto se encaró con el director general y con Ernesto que habían asistido de convidados de piedra.
- Y vosotros ¿qué decís?, les increpó. Que no habéis abierto la boca... No sé para qué os quiero si lo tengo que hacer todo yo. Negociar con los proveedores, con los clientes… ¡Joder!, vaya equipo que me he buscao, sentenció sin mirarles siquiera a la cara.
No les dio opción a responder, en el momento que Pedro Fortuny se dispuso a replicarle recibió una llamada y le dejó con la palabra en la boca. Durante el trayecto de regreso don Cándido no se despegó de su móvil. A la llegada a la oficina no pudieron tampoco retomar la conversación inacabada y les ordenó que preparasen un informe para el día siguiente.
Ya había tomado una decisión:
-Sí, vamos a firmar un acuerdo con ellos, pero sólo por un año y en las condiciones que yo les ponga. Si quieren bien y si no ¡¡a mamarla!!”, dijo antes de despedirse.
No olvidaría Ernesto esa muletilla tan soez que siempre lanzaba cuando quería imponer su criterio ante cualquier cuestión controvertida. Era el punto final de la discusión: ¡¡ A- ma – mar – la !! , dicho con todas sus sílabas, bien diferenciadas y con amplia pausa entre ellas.
Una expresión especialmente vulgar y obscena que chirriaba en los oídos. La exclamación quedaría como otra anécdota más que le identificaba. Bastaba decir en tono jocoso un ¡ a mamarla ¡ para que la carcajada surgiera entre Ernesto y Carlos. Habían sido muchas horas de reuniones en las que escucharon esa expresión como colofón a sus intervenciones. El último argumento de los que no tienen otro para imponerse por encima de todo. Desgraciadamente esa expresión fue también la última que escuchó Carlos antes de ser despedido unos meses después.
Al día siguiente de la reunión con los italianos le llamó a su despacho junto a Sara, la jefa de publicidad, para fijar las condiciones del nuevo contrato. Esa mañana estaba de buen humor, al contrario que el día anterior. Al director general no lo convocó, dejándolo ya al margen de las siguientes conversaciones. Era el procedimiento habitual para “castigar” a sus directivos. Primero les abroncaba en presencia de otros. Después, les ignoraba y relegaba a vegetar en su despacho. Sabía que así les hundía moralmente y a continuación volcaba su confianza, aparentemente, en otros empleados de menor nivel. El último paso era provocar su despido o esperar a que abandonasen la empresa para ahorrase la indemnización. Este procedimiento, en sus dos variantes, se repitió al menos en cinco ocasiones. El director general abandonó la compaía, motu proprio, pocos meses después del incidente con los italianos.
La reunión de aquella mañana duró pocos minutos. Le dio a Sara instrucciones precisas de las condiciones del contrato comercial. Y, “si las aceptan bien y si no buscamos a otros”, señaló de forma tajante. La presencia de una mujer en una mesa de trabajo le animaba, le hacía sentirse más gracioso y dicharachero. Siguió hablando de su nueva adquisición, un edificio en la Ciudad de la Imagen de tres mil metros cuadrados. Se mostraba orgulloso y alardeaba de la compra por cinco millones de euros. Como nuevo rico, presumía de su dinero.
- ¡ Mirar! , se acercó al ordenador para mostrarles una fotografía en la que se le veía sonriente junto a su esposa, delante del gran edificio que acababa de adquirir.
- Nos trasladaremos en cuanto hagamos las obras. ¡¡Ya tengo mi propio edificio, como el grupo Prisa, Antena 3 o Tele 5!!
Se le notaba eufórico.
- Si queréis- terminó- podéis ir a verlo esta misma tarde. Decirle a Lucio que os acerque...Ya vais a ver que edificio tan estupendo...
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