sábado, 27 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (12)

                                                                      

Así la novela, como hija de distintos progenitores, venía a ser la cosa más pintoresca, variada y original del mundo, y bien podía decir su autor: “Yo, el menor padre de todos/los que hicieron ese niño…”

                                          (Benito Pérez Galdós- 13 Cuentos)




La cara de ira de don Cándido cuando le gritó a Carlos no habría de olvidarla Ernesto en muchos años. Los dos estaban solos, frente a frente, sentados en la gran mesa de la sala de juntas. Un silencio que cortaba el aire precedió a la tormenta de improperios y amenazas. Luego resopló y no paró de gesticular. Parecía como si se hubiese cometido un crimen.

Sin embargo quien había decidido cometerlo era precisamente Ernesto. La idea le obsesionaba y se despertaba casi todas las noches de madrugada, sudando y con pesadillas. Luego, ya no se volvía a dormir. Se levantaba de la cama, sacaba su diario y volvía a repasar lo escrito. Tachaba algunas frases y escribía otras relacionadas con su trabajo o la manera de llevar a cabo su plan. Descubrió que el alma mater de la empresa era su esposa Elisa. Ella había provocado el despido de Carla cuando se enteró de los rumores que la relacionaban con su marido. Conocía la debilidad de su esposo, al que se le iban lo ojos detrás de cualquier falda o escote ajustado. Su matrimonio estaba basado en un pacto que don Cándido no podía traspasar. 
Ahora la situación de la compañía había mejorado y ya no dependía tanto de los recursos de su mujer. La familia le había ayudado en los primeros años, manteniendo una estructura empresarial ruinosa. Pero esos buenos resultados actuales estaban blindados en acuerdos societarios por los que Elisa era dueña de las marcas más rentables.

Sus opiniones pesaban mucho en las decisiones de su marido. Ernesto llegó a esta conclusión cuando acompañó al matrimonio durante un fin de semana de trabajo en Sevilla. Los recogió en la estación de Santa Justa. Subieron al vehículo y los llevó al hotel en donde se hospedaron. Ernesto pensó que le acompañaba para irse de compras o de visita turísitica por la ciudad. Pero no era así. Elisa se mantuvo siempre a su lado en las reuniones, como si fuera su secretaria, preocupándose de todo lo que se trató.

En esos días la conoció de cerca. Tenía un carácter fuerte y decidido. Era más joven que su esposo. No muy agraciada, aunque tampoco fea. Sus ojos eran vivaces y no dejaba escapar ningún comentario. Lo analizaba todo y le daba la razón o le contradecía.

- Las opiniones y las decisiones importantes son de Elisa...Él sólo repite lo que le dice su mujer, le confirmó Pepe cuando le habló a su amigo de la estancia en Sevilla.

Elisa era quien llevaba el mando en la familia y en la empresa. Por eso Ernesto al descubrirlo dedujo que sus días en la compañía estaban en peligro. Don Cándido no podía mantener como colaborador a quién había visto de cerca sus flaquezas y que podría hacer comentarios que deterioraran su imagen. Una imagen de hombre duro que labró para alcanzar sus objetivos y que pretendía transmitir en todo el entorno laboral.

Estas y otras reflexiones bullían en su cabeza en las noches previas al accidente. Las puso en su diario junto con el plan definitivo para llevar a cabo el homicidio.

El coche de Carlos lo dejó en la zona de Rosales, en una calle poco frecuentada. Lo recogería la noche del viernes y esperaría a que apareciese la presa. Luego lo volvería abandonar y rompería un cristal para simular el robo. Los billetes del Ave ya estaban en su poder. Era un plan sencillo y rápido. Si todo discurría como lo previsto no habría forma de descubrirle.

Ernesto había desechado otros planes que le parecieron más ariesgados. Don Cándido salía a primera hora de la mañana a correr por la Casa de Campo. Podría buscar el momento para hacerlo allí. O también cuando sacara a pasear su perro a última hora del día por los jardines próximos a su domicilio. Podría contratar un matón para que ejecutase cualquiera de ellos. Pero no, lo haría él mismo, sin dejar pistas o cómplices, ni involucrar a nadie más. Sus intenciones no las conocía nadie más, ni siquiera su esposa.

Sopesó también la posibilidad de aprovechar la repentina afición por la caza de su jefe para perpetrarlo en una de las jornadas cinegéticas. Las armas las carga el diablo y la ocasión podría resultar propicia. Don Cándido se había enganchado con gran entusiasmo a este deporte en los últimos meses. Frecuentaba cotos en tierras castellanas, extremeñas y en el extranjero. No sabía si por el instinto de matar animales porque estaba de moda entre adinerados empresarios o por el interés de cerrar suculentos negocios. Como nuevo rico sufragó una cacería de urogallos en Rumanía acompañado de varios políticos y amigos a los que pagó todos los gastos durante una semana.

Me recordó -escribió Ernesto en su diario- la trama y las escenas de “La Escopeta Nacional” de Berlanga, cuando le oía relatar sus jornadas de caza con los madrugones y caminatas que realizaron para llegar a los parajes donde se abatían esos animales protegidos. Me lo imaginé enfundado en abrigos gruesos de piel para combatir el frío, con el bigote helado  y con  la escopeta al hombro. Escenas de otros tiempos que creía enlatadas en viejas películas.

Se levantaban a las dos de la madrugada -le contó a Ernesto- y recorrían cientos de kilómetros en coche hasta el bosque donde habitaban los urogallos. Allí, con las primeras luces del día aguardaban que apareciese alguna pieza. Estas aves en extinción tienen prohibida su caza en muchos países y sólo en los del Este se organizan cacerías para millonarios. Con la nieve hasta la rodilla y muchas dificultades para avanzar, soportando un frío polar. Total, para no abatir ningún urogallo, de vuelta a la capital rumana como furtivos por la nieve y con el zurrón vacío. Una estampa que hemos visto en Cine de barrio y que creíamos de otras épocas. Quería codearse con la nueva clase social a la que había arribado merced a su éxito en los negocios, aunque los ricos de cuna le mirasen con desprecio.

Pensó aprovechar un día de cacería para ejecutar su plan, pero lo olvidó enseguida. Ernesto le tenía pavor a las armas de fuego. No las había disparado ni cuando hizo el servicio militar. Se decantó por lo más sencillo y rápido: el atropello con un vehículo a motor. Además, si las circunstancias se torcían o al final dudaba, siempre lo podía dejar pasar y esperar otra oportunidad. O desecharlo definitivamente…




















viernes, 26 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (11)

                                                                       

La reacción del PERIÓDICO después de conocer los asesinatos de sus reporteros fue bastante extraña, y dio lugar a una excitación anormal. Grandes titulares. Ediciones especiales”.

                                     (Heinrich Böll, El honor perdido de Catharina Blum)





La noticia recorrió rápidamente las redacciones de todos los diarios digitales que se hicieron eco de la información y que más tarde repitieron los periódicos impresos de ámbito nacional. La mayoría sin citar la fuente inicial de Internet. Es una práctica muy habitual de unos y otros, aunque siempre se lo echen en cara entre ellos. La irrupción de los blogs, confidenciales, redes sociales y diarios digitales de todo tipo no han traido una praxis periodística adecuada. La lucha por ser el primero en publicar cualquier información, cuando no rumores o chismes de la más baja estofa, se había convertido en una ley de la selva para los medios. No sólo los digitales, sino también los tradicionales.

El inspector Sánchez recibió una llamada de la jefatura central. La información se había extendido como un reguero de pólvora y eso no ayudaba la investigación. Su jefe se mostró muy enfadado y quiso que le explicara cómo habían podido llegar esas noticias a los periódicos.

Cuando Ernesto abrió su ordenador después de comer y tecleó la página web del diario digital no salió de su asombro. La verdad es que se olvidó de llamar a su amigo. Marcó su número, insistió, pero éste no le respondía. Estaba muy enfadado porque las sospechas crecerían contra él. En ese momento recibió una llamada del director general para reunirse en su despacho.

Empezaba a ponerse nervioso y se temió lo peor. Pensó que sería mejor contar la verdad si le preguntaban sobre la información periodística que él había propiciado. La situación se había complicado desde su regreso a Madrid.
- ¡Alguien ha filtrado desde aquí a los medios de comunicación la noticia de la investigación policial!

Fue lo primero que soltó el director general ante los cuatro directivos presentes y el inspector Sánchez, que no dejaba de mirarle con descaro.

Ernesto no se atrevió a decir nada en la confianza que no se supiera la indiscreción con su amigo. Desconocía que los teléfonos de la empresa estaban pinchados.

-Tengo que advertiros-continuó el director general- que la policía tiene controlados los teléfonos desde ayer por la sospecha de que se pase información a los medios. O quizá..., hizo una pausa, porque pueda haber alguién involucrado con el accidente de don Cándido.

Las palabras del director general sonaron como una bofetada en la cara de Ernesto. Su rostro tuvo que cambiar de color porque sintió cómo se le encendían los carrillos. Notó también un vuelco al corazón y que se le aceleraba el ritmo cardíaco. Su hipertensión le podía jugar una mala pasada. Debía mantener la calma, mostrarse con aplomo y que sus compañeros no percibiesen su gran nerviosismo.
Por eso, decidió tomar la palabra y asumir que había hablado con un periodista:

-Tengo que comunicaros que he sido yo quien ha hablado con un medio informativo, soltó ante la mirada atónita de sus compañeros y una leve sonrisa del inspector de policía.

No sabía como continuar, sus explicaciones le comprometían seriamente.

- Podréis comprobar lo que he hablado si como parece la policía ha pinchado los teléfonos. No creo que haya dicho nada incorrecto. Es más, le he repetido que no publicara nada...Ya veis que no se puede uno fiar ni de sus amigos. Sobre todo si son periodistas...

Y concluyó:

- Hablaré con él y le diré que desmienta lo publicado. Es lo único que puedo hacer...No se me ocurre otra cosa mejor...

El inspector Sánchez tomó la palabra y le dijo que no era necesario desmentir nada, que sería contraproducente.

- Ya se sabe que si desmientes a un medio informativo, luego...te pueden crucificar.
- Además -recalcó- lo que han publicado es básicamente cierto. Tenemos serias sospechas de que el accidente de don Cándido ha sido intencionado. Un intento de homicidio o si muere...un homicidio. Y encontraremos al culpable o culpables...

El policía se alegró incluso de que se hubiera producido la filtración, pues así -señaló- el autor o autores podrían ponerse nerviosos y cometer errores que los delatasen. Agradeció a Ernesto su sinceridad y le dijo que se quedase en el despacho mientras daba por finalizada la reunión.























miércoles, 24 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (10)

                                                           

El día en que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5,30 de la mañana. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño…

                             (Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada)





Las anotaciones inocentes sobre los viajes y las anécdotas en el trabajo dieron paso a reflexiones sobre cómo organizar y planificar la muerte de su jefe. Una idea que le estaba obsesionando cada día más, fruto de los acontecimientos que acumuló en el último año.

Tiene la costumbre de cruzar el paso de peatones enfrente de su casa, mientras el chofer aparca el Audi en el garaje. ¿Cómo hace un daltónico para no equivocarse y cruzar en rojo, creyendo que está el semáforo verde? ¿Y si un coche le atropellase en ese momento y se diese a la fuga?¿Pasaría por un accidente más? como de los que se producen en las grandes ciudades cada día. Entonces,concluía en su diario, mis problemas y los de mis compañeros se habrían acabado.
Para llevar a cabo esta idea tendré que buscar un coche ajeno y no dejar pistas de que me encuentro en Madrid ese día. Lo haré un fin de semana, cuando se supone que estoy en Málaga. Y utilizaré otro medio de transporte, el Ave quizás, para volver cuando haya ejecutado el plan.

Unos dias más tarde seguía escribiendo en su diario:

El vehículo ya lo tengo localizado. El de mi amigo Carlos, un viejo Renault 19 que apenas utiliza y que lo esconderé para que pueda denunciar su robo y disponga así de una coartada. Me haré con una copia de sus llaves y lo moveré a otra zona de la ciudad para que crea que se lo han robado. Finalmente, cuando lo atropelle lo abandonaré con las ventanillas rotas para que lo encuentre la policía.

Iré en el Ave a Madrid, el viernes por la noche. Los billetes lo sacaré por Internet que deja menos rastro y no tiene controles de identidad como el avión. Regresaré en el  primer Ave de la mañana siguiente. Para disfrazar todo organizaré unas reuniones de trabajo en Córdoba, el viernes por la tarde y el sábado por la mañana. Me registraré en un hotel que conozco próximo a la estación del Ave y cogeré el último tren a la capital de España. Regresaré al mismo hotel y estaré de vuelta hacia las 8 de la mañana siguiente. Luego, tras una nueva reunión, me volveré a Málaga en donde mi mujer e hijos confirmarán que pasé el fin de semana con ellos.

El plan trazado por Ernesto en su diario lo repasó una y otra vez para no dejar ningún cabo suelto. Lo tenía todo preparado hasta conocer que don Cándido tuviera una salida nocturna, en un viernes y sin compañía...Cuando se enteró que ese viernes sería la entrega de los Ondas supo que había llegado su hora...Porque de Barcelona volvería de madrugada y entonces estaría esperando para realizar su acción homicida. La suerte estaba echada: compró los billetes del Ave por internet de Códoba a Mádrid y vuelta; y encargó a Sofía que hiciera las reservas del hotel y los billetes de Málaga-Códoba y vuelta. 

Ese viernes por la mañana abandonó el apartamento antes que lo habitual. Se levantó muy pronto, apenas pegó ojo en toda la noche. Estuvo varias horas rompiendo en mil pedazos cada hoja de su diario. Le invadió un sentimiento nostágico y de pena mientras hacía añicos las casí cien páginas que componían ese bloc. Destruía la historia escrita de su vida, su trabajo y sus recuerdos de los últimos seis años y que fue su mejor compañero en sus viajes solitarios. Pensó quemar los trozos pero no encontró una manera sencilla y limpia de hacerlo sin provocar una humareda en el apartamento. Bastaría con tirarlos a la basura y los metió en una bolsa con restos de comida que dejó preparada en la puerta, junto a la maleta. 

Al salir a la calle el portero de la finca, siempre atento a las entradas y salidas del inmueble, le saludó detrás de los cristales de su garita:

-¡Qué !¿a trabajar?, le dijo.
-Sí, pero me voy a Málaga...y por la tarde estaré en Córdoba. Ya sabe, viajando siempre de aquí para allá...

Tiró la bolsa de basura al contenedor situado enfrente del portal y esperó con la maleta a que llegase Lucio para ir al areopueto. Había huelga de taxis, llovía y aprovechó que el jefe se había ido a la ciudad Condal para pedirle que le hiciera ese favor. Le serviría también de coartada.

-Hoy me voy antes a Málaga porque esta tarde tengo una reunión de trabajo en Córdoba, le dijo para que lo retuviese en su memoria mientras cruzaban la Castellana.

Lucio conocía las rutinas de Ernesto porque le había acercado más de un viernes al aeropuerto. Voló a la capital de la Costa del Sol, comió en casa con su familia y por la tarde viajó en el Ave a Córdoba para reunirse con un agente comercial. La cita fue concertada por Sofía, la secretaria de don Cándido a la que intencionadamente le encomendó esa tarea junto con la reserva del hotel y los billetes de tren. 

Debía simular que pasaba la noche en Córdoba. Se registraría en el hotel y tras esa primera reunión de trabajo cogería el último tren a Madrid. Después de perpetrar el homicidio volvería al hotel en el primer Ave de la mañana. Tendría tiempo de desayunar, reunirse con otra persona y volver a Málaga a mediodía. El plan le parecía perfecto y la coartada también.

El lunes, después del accidente, cuando voló a Madrid no le fue a recoger Lucio. Le  llamó para avisarle de que no podía acudir, pero Ernesto no respondía. Había apagado su móvil cuando embarcó en el vuelo de Spanair que le llevaba del Ruiz Picasso malagueño a Barajas. El avión tuvo problemas “técnicos” cuando se disponía a despegar y tuvieron que esperar más de dos horas a la llegada de otro. El mensaje escueto de Lucio en su buzón de voz no lo escuchó hasta que aterrizó. Cogió un taxi y se presentó en la oficina al mediodía.

Cuando entró por la puerta se dio de bruces con una persona de aspecto osco y serio que no había visto nunca. Le saludó educadamente y se dirigió a la tercera planta. En un momento el inspector, que preguntó al guarda de seguridad por su nombre, le abordó antes de tomar el ascensor.

-Soy el inspector Sánchez y estoy investigando el accidente de don Cándido ¿ Usted es Ernesto Navarro?
-¡Ay! sí, disculpe, es que no sé de qué me está hablando. ¿El accidente de don Cándido? ¿Qué accidente?
- Si le parece, vamos a mi despacho y hablamos más tranquilos. Aquí en el ascensor no es el lugar más adecuado para hablar de este asunto.

De entrada, le sorprendió que alguién ajeno a la empresa dispusiera ya de un despacho propio y se moviera por las oficinas como si fuera su casa.

-Me dice que no sabe nada del accidente de don Cándido, le dijo nada más cerrar la puerta.
- ¿No le han llamado este fin de semana para informarle de los hechos?, le lanzó el inspector.
-¡Pues no!, mintió Ernesto que sabía lo ocurrido por su amigo Carlos que le telefoneó el domingo cuando se enteró de la noticia. 
- He tenido el móvil apagado y como voy a Málaga los fines de semana, esta es la primera noticia que tengo ¿qué ha pasado?

El inspector le explicó algunos detalles y el estado de coma en que se encontraba su jefe. Tenía serias sospechas de que no se trataba de un simple accidente de tráfico. Ernesto le contó lo que había hecho desde el viernes hasta hoy. Al policía no le satisfizo la explicación y le dijo que tendría que confirmar algunos detalles de su relato con los testimonios de otros compañeros, incluso de su familia. 

Ernesto se dirigió a su despacho tras la breve conversación con el inspector y descolgó el auricular para llamar a su casa. No sospechó que los teléfonos estuvieran pinchados.
- Hola, cariño. Te llamo para decirte que el jefe ha sufrido un accidente de tráfico y se encuentra en coma. La policía parece que duda que haya sido un accidente...
- Bueno, le contestó su esposa, y eso que tiene que ver contigo...Tú has estado aquí el fin de semana…Bueno, desde el sábado por la mañana...
- Sí, sí, le interrumpió. No hay ningún problema, ya se lo he dicho yo al inspector...Lo digo por si te llaman...ya te contaré esta noche desde el apartamento. Un beso.

Tras colgar, llamó a su amigo Carlos, despedido unos meses antes y que le avisó del atropello el domingo. Hablaron de la investigación, de lo que consideraban una caza de brujas y de la conversación que mantuvo con el inspector. Acordaron verse por la tarde para hablar más tranquilos.

A continuación telefoneó a Fermín, un amigo periodista que dirigía un diario digital muy leído en el sector audiovisual.
 
- Te habrás enterado del accidente de don Cándido supongo, le dijo.
- Hombre claro, Ernesto, es que no lees nuestro digital. Es el mejor informado de todos los medios…No me fastidies. Ya lo publicamos ayer domingo por la mañana. Luego nos fusilaron todos los medios digitales y hoy lunes los periódicos...
- Es que ha habido alguna novedad...¿la ha palmao don Cándido?
- ¡No! Bueno...creo que no. La verdad es que no lo sé. Pero no, me habría enterado aquí en la oficina...

Ernesto dudó si contarle que el inspector que estaba investigando los hechos sospechaba que no se trataba de un accidente de tráfico. Al final, se fue de la lengua:

- Lo que te quiero decir Fermín es que me extraña que un inspector de policía esté por aquí haciendo preguntas a todos los empleados. Parece como si sospechara que el atropello ha sido intencionado...y que lo hubiera cometido alguno de nosotros. Ya sabes que tenemos algunos problemas por despidos de trabajadores...pero de ahí a sospechar que hayan intentado matarle…
-¡No me jodas! ¿Qué sospechan que se trate de un intento de homicidio? Eso sería un bombazo…
- Oye, espera, no vayas a sacar nada todavía. Que esto te lo cuento off de record por lo que me ha dicho el policía ese…No saques nada todavía...y si me entero de algo más te cuento. Llámame mejor al móvil en una hora y te lo confirmo.
- Vale, pero esto es un scoop que nos puede dar mucha credibilidad. Hablamos…

No debió llamar a su amigo, se arrepintió enseguida Ernesto. Lo más probable es que publicara la noticia directamente en su página web, sin confirmarla con otra fuente. Era una práctica habitual en este tipo de periodismo digital que buscaba adelantarse en la publicación de todo tipo de rumores, casi siempre sin verificar.

Y así fue. Apenas media hora después de la conversación telefónica publicaban como noticia destacada y en exclusiva esta información:

EXCLUSIVA DEL DIARIO DIGITAL
LA POLÍCIA SOSPECHA QUE CANDIDO DE BLAS FUE OBJETO DE UN INTENTO DE HOMICIDIO

Según ha podido saber este diario digital de fuentes solventes, la policía está investigando la posibilidad de que el accidente del empresario de la comunicación Cándido de Blas, que se encuentra en esta muy grave, haya sido intencionado.

Al parecer un investigador privado está interrogando a los trabajadores de la empresa para despejar las dudas sobre esta sospecha. Como ya ha informado este periódico, Candido de Blas había tenido serios problemas con varios directivos a los que despedió en los últimos meses. Una de ellas, una periodista con la que al parecer mantuvo una relación sentimental. Este caso se encuentra pendiente de juicio por que la redactora lo demandó por acoso laboral y sexual.

Los nervios en la compañía parecen desatarse como consecuencia de que la situación actual deja descabezada la empresa y sin control, después de haber conseguido una importante indemnización de 30 millones de euros. El presidente gobernaba con mano de hierro y sin delegar ninguna tarea por lo que se puede producir una parálisis en su actividad.

El accidente de tráfico se produjo el pasado sábado de madrugada cuando fue arrollado por un turismo que se dio a la fuga. Todavía no se ha localizado ni el vehículo ni su conductor. En el último parte médico se señala que el herido continúa muy grave, en estado de coma irreversible.

[Junto a la información aparecía una fotografía antigua de Candido de Blas, muy sonriente]

La bomba informativa había sido lanzada y las reacciones en los medios de comunicación no se harían esperar. Todo lo que habían tratado de evitar la familia y Daniel, su abogado. Pero sólo fue el comienzo...


martes, 23 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (9)

                                                                       
Para escribir novelas no hace falta imaginación, sólo memoria. Las novelas se escriben          
                                                       combinando recuerdos”
            (Javier Cercas, Los soldados de Salamina )





        Los lunes, de vuelta en Madrid, se le acababa a Ernesto el relax y sosiego de Málaga. Del fin de semana en la Costa del Sol, en donde vivía su familia, a los lunes sin sol metido en los despachos, de reunión en reunión. Don Cándido vivía a pocos metros de la oficina y acudía muy temprano con ideas o propuestas que traía escritas en un cuaderno. 

El cuaderno de “petete”. Una expresión que había acuñado entre sus compañeros, parodiando la imagen jocosa que ofrecía cuando aparecía con su cuaderno debajo del brazo. Entraba al despacho de Ernesto, se sentaba enfrente y le leía las cuestiones que traía anotadas. Parecía el examen semanal de cada lunes. Cifras, porcentajes que volvía a repetir una y otra vez. Ernesto creyó al principio que se trataba de un gesto de confianza, que su opinión contaba para él. Pero no, era otro espejismo. Don Cándido quería contrastar sus informaciones y después actuar como más le conviniera. Porque si Ernesto le argumentaba lo más correcto, fruto de su experiencia profesional, éste le rebatía diciéndole que estaba loco y que no podía ser así. Aunque, en el fondo, supiera que su respuesta era la más lógica. El ceremonial lo repetía con otros directivos a los que volvía a preguntar lo mismo, sometiéndoles a idéntico cuestionario.

Ernesto se evadía de esta rutina laboral con la escritura en su diario donde evocaba sus largos viajes. Recordaba sus comienzos en la empresa y sus recorridos solitarios por tierras del sur: desde las playas de Alquián en Almería a las marismas de Huelva. En el fondo agradecía la posibilidad que le permitía este trabajo para conocer Andalucía, Valencia y Murcia. Las tierras extremeñas que también visitó no le eran ajenas porque había pasado largos veranos en su infancia. Lo escribió así en el diario:
12 de Marzo de 2009. Estruendo en Valencia

No se me olvidarán las Fallas que conocí por primera vez. Con los oídos todavía taponados por el ensordecedor ruido de los petardos y tracas. Con el olor a pólvora y el humo que el viento de levante acercaba hasta el segundo piso del edificio Generalli. Escribo en mi diario estos y otros recuerdos de mis viajes por las tierras del Sur. Son los relatos de un viajero solitario. La radio ha querido que mi espíritu viajero recobre energía. Quiero conocer nuevas tierras y sus paisajes.

Tras estas líneas en su cuaderno de bitácora continuaba el relato con su paso por el chiringuito de la playa de Alquián, en Almería, en abril del mismo año:

El mar es tranquilo y el lugar difícil de encontrar. Se llega por una estrecha carretera junto a un lateral de la pista del aeropuerto almeriense. Allí localicé el sitio tras girar en un cruce mal señalado y por un camino de tierra. El “chiringuito de Alquián” se llama y está repleto de comensales aunque parece un merendero desvencijado. Los coches aparcados a la puerta se ven desde la carretera y permiten encontrarlo. Vehículos lujosos que contrastan con la modestia del local. Un barracón en la misma playa con techo de uralita y estructuras de aluminio adosadas que han crecido conforme lo hacía la clientela. El camarero que me atiende, Francisco, es el dueño y explica con orgullo el  éxito del restaurante:

- Aquí vienen gentes de todo tipo. Desde familias enteras el fin de semana a directivos de alto nivel entre semana. Son muchos años en los que hemos trabajado mi mujer, mi suegra y los hijos. La clientela aprecia el trato y la calidad de los productos... y siempre repiten.

Sentado en una mesa para dos, el viajero solitario ve pasar bandejas de mariscos, cigalas, gambas a la plancha, puntillitas, boquerones fritos…y el gambón rojo que dicen es el mejor de este mar almeriense.

Fuera empieza a llover. Una ligera lluvia que presagia una tormenta que se aproxima por los montes que rodean Almería.

Cierra su diario y descansa, el lunes llega pronto.

La vuelta a Madrid le deparó su primera reunión importante en la que don Cándido llevó la voz cantante y se mostró en estado puro.

Uno habla, los demás escuchan, asienten o reafirman sus palabras con gestos. Pocas veces nadie le contradice. Son monólogos consentidos”. Escribió Ernesto y describió como se desarrollaban aquellas sesiones. Lugares comunes, frases hechas que se repitían una y otra vez. Un ceremonial reiterado que en aquella primera ocasión llamó su atención...

- ¡La “vaquiña” por lo que vale, a mi no me engañan esos!, dijo contundente don Cándido ante la cara atónita de sus directivos. 

Y prosiguió, casi sin parar:

- ¡A ver si se van a creer esos que soy tonto porque no he estudiado! ¡Yo tengo a mis órdenes a los mejores abogados de este país...que mis dineros me cuestan!

Todo dicho así seguido, de corrido, sin que ninguno de los asistentes tenga tiempo de asimilar lo que escucha. Asienten con la cabeza y Ernesto esboza una leve sonrisa cuando don Cándido clavó en él su mirada. Una mirada que no habría de olvidar y que le quitó el sueño en más de una noche.










viernes, 19 de octubre de 2012

BESOS DALTONICOS (8)

                                                                     
“Al hombre sabio le son más útiles sus enemigos que al necio sus amigos”
          “Hay que tener mucho cuidado con el que alaba, mayor que con el que critica”

                                               (Baltasar Gracián, El arte de la prudencia)




En el cuerpo a cuerpo don Cándido no aguantaba el tipo. El símil boxístico resultaba muy apropiado para una persona que se fajó en este deporte como aficionado en su juventud. La sensación de victoria la obtenían los que negociaban por primera vez con él. Pero era un engaño, porque luego no cumplía lo acordado verbalmente. Dejaba alguna puerta, algún resquicio para volverse atrás. Por eso parecía que perdía en el cuerpo a cuerpo y que conseguían lo que buscaban. Falsa sensación porque rectificaba y se hacía lo que se le antojaba. Su táctica era siempre la misma: no ofrecía nada concreto, daba largas y dejaba que el otro pidiera. Se manejaba estupendamente.

Así le ocurrió a Ernesto la primera vez que negoció su subida salarial cuando accedió al nuevo puesto en la capital.

-¿Cuánto quieres ganar?, le soltó de improviso sentados a la mesa de un restaurante de la calle del Buen Suceso. 
 
Ernesto le soltó una cifra redonda.
- Quiero ganar 4.000 euros netos al mes, le contestó también rápidamente sin titubear, como si llevara la respuesta preparada. Además-añadió- de los gastos de estancia, comidas y viajes.

Le miró a la cara y le dijo rápidamente que estaba de acuerdo y pasaron a otra conversación antes de finalizar el almuerzo.

En su diario personal Ernesto recogió los detalles de esa comida.

Me sorprendió la rapidez en su respuesta y la facilidad con la que alcanzamos un acuerdo. Me asaltó la duda de si me habría quedado corto en mis pretensiones económicas, de si podría haberle sacado más...o si había resultado muy sencillo el acuerdo”, escribió. 

Se trataba de una reflexión lógica teniendo en cuenta la fama que tenía de hombre duro en los negocios. Sin embargo, todo había sido rápido y aparentemente sencillo. O así lo pensó en aquel momento. Pero no era así. Fue él quien no calculó en ese momento lo que significaban esos cuatro mil euros que prometió pagarle cada mes, el doble de lo que ganaba hasta ese momento. 

También se sorprendió su compañero Carlos cuando conoció esa cifra.
- Ojalá me equivoque, pero me parece increíble que esté dispuesto a pagarte esa cantidad al mes, le soltó cuando compartían una cerveza en el bar de la esquina.

El comentario de su amigo habría de recordarlo cuando supo meses después que don Candido no le pagaría más ese dinero“o si no, que se vaya a la puta calle”, fueron sus palabras. La conversación, con su jefe de personal, la escuchó accidentalmente Ernesto la mañana en la que tomó la resolución de acabar con él.

Siempre jugaba con ventaja. Decía que sí porque luego no cumplía lo prometido. Por eso en el cuerpo a cuerpo no ganaba nunca. Se dejaba ganar. Era su estrategia en los negocios. Ernesto asistió a reuniones con empresarios o directivos muy cualificados que acababan de la misma forma. Se creaba un ambiente de cordialidad, incluso de campechanía en el trato. Pero era solo apariencia, una pose. Así el contrario se relajaba y se confiaba. Parecía un garrulo y llegaban a menospreciarle. Era su baza. Una situación ideal para él, pues con las defensas bajas sus oponentes cometían errores que tenía consecuencias catastróficas. Así fue como logró el contrato leonino con una gran compañía.

Este método lo repetía minuciosamente en todas sus relaciones. Hasta con sus propios empleados a los que entretenía con promesas que no cumplía. Poniendo incluso a sus hijos como garantía: te juro por mis hijos que te voy a pagar lo que me has pedido, le dijo a Carlos al que prometió una subida salarial que nunca ejecutó. Además, su insistente reclamación le supuso también el despido.

Al día siguiente de cerrar el acuerdo retributivo con Ernesto, le llamó a su despacho y le dijo que era mucho dinero, que fiscalmente era un problema y que tenía que hablarlo con el asesor. A duras penas consiguió que le abonase lo pactado que como complemento de la nómina cobraba en dinero B. Todos los meses con la incertidumbre de que se lo dejase de pagar como finalmente sucedió y que desencadenó su deseo homicida. 


Cualquier gasto, por pequeño que fuera, tenía que autorizarlo don Cándido con su firma. Nadie más tenía poderes suyos para liquidar la factura más pequeña. Ni sus directivos podían tomarse la más pequeña atribución si no querían arriesgarse a duras reprimendas. 

Ese fue el caso de un incidente al que asistió atónito Ernesto en una fría mañana de enero. Los gritos que oyó no los había escuchado de ningún dueño o alto directivo en todas las empresas en las que trabajó en los últimos veinte años. Ocurrió en su despacho, don Cándido se mostraba más nervioso que de costumbre. Mantenía su tic compulsivo característico de pasarse el dedo pulgar por el interior del cuello de su camisa, mientras inclinaba la cabeza. Era un gesto que repetía una y otra vez mientras hablaba y que no pasaba desapercibido. Pero aquella mañana su tono de voz era más elevado que de costumbre. Había ordenado a Sofía que localizasen a Carlos y que lo quería en su despacho en cuanto llegase. Estaba a punto de  conocer su verdadero rostro.

Carlos llegó más tarde de lo habitual porque venía de reparar una avería. Llamó a la puerta del despacho y sin traspasar el umbral escuchó los alaridos de su jefe.

- ¡Pero tú que te crees! ¿que puedes hacer lo que te de la gana?, le lanzó acercándose a su cara.
- Te dije que no se cambiara nada de los estudios y que se dejasen los cables como estaban. Y tú vas y tiras todos los cables y los pones nuevos…

Todo ello en un tono amenazante y a toda velocidad mientras tiraba al suelo los papeles que había encima de la mesa. No le dejó explicarse y sólo pudo oir las últimas palabras fuera de sí, antes de echarle del despacho:

- Vete de aquí, que no te quiero ver… Si no, te voy a dar una hostia... La que me ha hecho…la que me ha hecho…

Siguió repitiendo esa última expresión sentado, con los codos apoyados en la mesa y las manos sobre la cabeza mientras las cubría sobre su cara. Luego permaneció en esa posición, ya en silencio, durante unos segundos que a Ernesto le parecieron una eternidad. La tensión se podía coger con las manos y no sabía como romper aquel silencio.

Ernesto conocía perfectamente los hechos con sus antecedentes. Si no, podía deducirse que Carlos había cometido alguna barbaridad de dimensiones espectaculares. Y no era así. El asunto resultaba de lo más banal y simple. El director técnico había sustituido unos cables viejos por otros nuevos con el objeto de introducir la nueva tecnología digital. Los antiguos no servían para ello. ¿Cúal era el problema entonces? Muy sencillo. La cuestión era que Carlos había tomado una decisión, lógica y normal, sin contar con su jefe. Sin que lo autorizara y le diera el visto bueno. El control absoluto podría verse afectado y no lo podía permitir. Ni tan siquiera dejarlo pasar. Por eso montó en cólera cuando tuvo conocimiento y dio un puñetazo en la mesa para dejar bien claro quien mandaba sobre todo y sobre todos. También comprobó que esos gritos, con gestos, blasfemias e incluso insultos, formaban parte del decorado, de la pose del personaje para conseguir sus objetivos: amedrentar para no pagar o para imponer su voluntad.
A partir de ese momento a Ernesto le invadió un miedo atroz de encontrarse en una situación semejante en el futuro. Y no quería verse en esa tesitura por nada del mundo. También pudo vislumbrar desde ese instante que sus días en la empresa tenían fecha de caducidad. Porque había presenciado lo peor de don Cándido y eso lo no podían conocer otros empleados. 

No salía de su asombro por lo que acababa de presenciar y le impactó tanto que no pudo contener las lágrimas cuando se reunió con su amigo. Se vieron unos minutos más tarde en el despacho de Ernesto. Carlos se dirigió con el rostro muy serio:

- Estoy fuera de la empresa. Después de esto me quedan dos telediarios y seguro que me echa en cuanto pueda. Ahora no, porque tengo que acabarle el trabajo... pero mis días están contados...

Ernesto no pudo reprimir sus sentimientos:
- Me parece totalmente injusto. Con lo que has trabajado en este proyecto. No entiendo semejante bronca por unos cables, le dijo con lágrimas en los ojos mientras se abrazaban.

No se cruzaron más palabras. Por muchas veces que hablaron del incidente no encontraron ninguna explicación lógica. La única razón formaba parte de la personalidad y proceder de don Cándido que imponía sus criterios por encima de todos. No podía dejar nada en manos de terceros aunque fuesen sus más directos colaboradores. Pero eso lo fue descubriendo, desgraciadamente, mucho más tarde. Demasiado tarde quizá.



miércoles, 17 de octubre de 2012

BESOS DALTONICOS (7)



                                 “Un amigo hace sufrir tanto como un enemigo”
                                                               (Proverbio árabe)




El director de personal estaba reunido con el abogado de la familia, Daniel Jiménez, cuando les avisaron de la llegada del inspector Sánchez.

- Siento molestarles con mis preguntas en estos momentos pero necesito la mayor información para iniciar la investigación.

Las sospechas de que no se tratara de un simple accidente de tráfico hicieron que Daniel presentara una denuncia en comisaría. El resultado fue que la policía judicial ya se había puesto manos a la obra.

El responsable de personal le entregó una relación con los nombres de todos los empleados, una breve reseña de su trabajo y alguna anotación complementaria. Los teléfonos móviles figuraban debajo de cada nombre. No eran más de treinta.

- Sí, son todos los que trabajan en esta compañía, pues aunque es de ámbito nacional, sólo tenemos centro de trabajo aquí en Madrid, se adelantó a aclararle Daniel. 
 
- Le estamos preparando otro listado-continuó- con otros empleados que ya no están en la compañía y que la abandonaron en circunstancias conflictivas. Ya le dije que lo del accidente me parecía sospechoso. Le contaré también el problema con nuestros socios “comerciales”. No podemos dejar fuera ninguna línea de investigación.

Daniel ya había mantenido una primera conversación con el inspector después que su amigo de la Dirección General le presentara como el profesional que podría resolver esta investigación. La forma de actuar del abogado era la misma que la de su jefe herido. El dinero todo lo puede y está para las ocasiones. Máxime en un asunto de vida o muerte. Así se lo había comunicado también Sofía, la esposa del empresario. Ella conocía todos los entresijos de las empresas. No en vano fue la que sostuvo, con los recursos de su familia, los negocios incipientes y ruinosos de su impulsivo marido.

El inspector se sentó junto a Daniel y empezó a leer la lista con los nombres de los empleados. No encontró nada extraño salvo que varios tuvieron problemas laborales. Que alguno estaba de baja y que se habían producido varios despidos en los últimos meses. Tenía por donde empezar. Ahora le interesaba conocer la opinión de Daniel:

- Quiero que me diga por qué sospecha que no ha sido un accidente y que alguien puede estar interesado en acabar con don Cándido. Dentro o desde fuera de la empresa...

El inspector le lanzó esta pregunta a quien se había erigido en portavoz de la familia, con amplios poderes de actuación, que conocía todos los avatares de la compañía desde sus inicios y que mantenía una estrecha relación de amistad con todos ellos.

El abogado le contó a grandes rasgos cómo ganaron un pleito de 30 millones de euros a una empresa rival, de la que fueron socios comerciales. Había directivos de aquella compañía con motivos para desquitarse. Le facilitó sus nombres, aunque tendrían que esperar- le dijo - hasta concluir otras pesquisas. Podría resultar muy espinoso y con muchas repercusiones mediáticas. No le dijo nada más, ni le mencionó el asunto turbio de un investigador privado que espió a un juez. Él mismo lo descubriría más tarde.

Daniel le manifestó que los sospechosos podían estar dentro de la empresa o en sus aledaños por haber sido despedidos en los últimos meses. Le contó los conflictos más recientes con varios empleados de confianza y le remitió al jefe de personal para que le diese sus últimas direcciones y teléfonos de contacto. En concreto, le pidió que investigara a un directivo despedido tres meses antes y cuyo juicio estaba señalado en unas semanas. Se llamaba Carlos Ferrín y que, según le recalcó, había participado decisivamente en los juicios en los que la compañía obtuvo esos importantes beneficios. Podría estar resentido porque con sus declaraciones e informes ayudó a ganar el pleito millonario y luego fue despedido por don Cándido.

También le puso en antecedentes de la periodista Carla, a la que se le atribuyó una relación con el jefe y cuyo despido provocó un escándalo en varios medios sensacionalistas. El asunto estaba pendiente de juicio por acoso laboral y despido nulo porque la familia se negó a pagar una indemnización elevada por taparlo todo.

O de cómo el último director general había dejado la empresa por voluntad propia y de forma sorpresiva, para marcharse a una pequeña empresa en las islas Canarias.

Conforme le relataba estos hechos el inspector fue consciente que el asunto contenía más ingredientes que un simple accidente de tráfico. O al menos que las circunstancias que lo rodeaban presagiaban aspectos oscuros.

Su primera tarea, una vez conocida la versión de los más allegados, era hablar con todo el personal. Le esperaba una delicada tarea pues las entrevistas no debían levantar sospechas ni filtraciones. No en vano se trataba de profesionales de medios de comunicación y dispondrían de amigos periodistas en otros. Si el asunto saltaba a la prensa se organizaría un gran escándalo, al que se sumarían gustosos la competencia.

Antes de despedirse el abogado le reiteró al inspector que pidiese todo lo que necesitara, que no reparase en gastos para afrontar la investigación.
- Le pagaremos los desplazamientos, comidas y estancias que le hagan falta. Pásese por las oficinas y la secretaria le preparará un talón. Y no dude en solicitar otro adelanto cuando le haga falta.
- Ah, y si requiere algún despacho-concluyó-se le asignará uno para que realice las entrevistas y gestiones que considere oportunas. Si le parece, cada día, a última hora nos vemos aquí para intercambiar información.


















martes, 16 de octubre de 2012

BESOS DALTONICOS (6)

                                                                      
Entre todas las características de la condición humana, la envidia es la más lamentable. La persona envidiosa no sólo desea hacer daño, además la envidia la hace desgraciada. En lugar de obtener placer de lo que tiene, sufre por lo que tienen los demás”
                       
                                 (Bertrand Russell, La conquista de la felicidad)





Trabajaba para don Cándido desde hacía seis años viajando por todo el sur de España en su coche particular. Visitaba las ciudades para controlar a los directores de las emisoras. No se fiaba de nadie, ni de su propia gente. Y debía entregarle un informe cada viernes. Había convertido su trabajo en el de un inspector con la maleta a cuestas. Nada creativo y altamente estresante. Tampoco entendía, al principio, el sentido de esta actividad. Sólo meses más tarde pudo averiguarlo. Recogía información y pruebas para asestar un golpe mortal a su socio ganando un pleito millonario.
Su objetivo era hacerse con un importante grupo de comunicación como forma de pago de la deuda. Finalmente no lo consiguió, aunque su cuenta corriente se vio notablemente aumentada.

Ernesto puso fecha en el bloc con su pluma Mont Blanc de tinta granate y escribió en aquel cuaderno-diario de tapas rojas y hojas sin rayas:

Málaga, 4 de Noviembre de 2010.
Respondí a la llamada de don Cándido y me presenté en Madrid al día siguiente. Nos reunimos y me explicó la situación legal planteada.

- Tenemos cuatro meses para poner en marcha el proyecto por nuestra cuenta, me dijo sin pausa. El 15 de marzo debemos estar segregados, tanto desde el punto de vista técnico como de la comercialización. Tu tienes experiencia y te ofrezco un puesto directivo, el que quieras asumir.

No me lo podía creer, escribió en el diario. Me dio un par de días para que lo pensara. Era su táctica. Lanzaba un “haz lo que quieras, tu tienes preferencia” y luego… ya veremos. 

A los dos días nos volvimos a reunir y le contesté afirmativamente. Le dije que me atrevía con todo y que podía contar conmigo para lo que necesitase.
Don Cándido no parecía darse por enterado totalmente, pues me respondía con evasivas. Yo estaba desconcertado, aunque finalmente me presentó a los compañeros. Conocí al Director General que también acababa de contratar, Pedro Fortuny. Era amigo personal de la familia. Anunció mi nombramiento al resto del staff directivo compuesto por Carlos Ferrín, en la parte técnica; Juan Aguirre, como director financiero y Pepe Fernández, el encargado de los contenidos. En verdad, la estructura era muy escasa y eso auguraba un futuro completo de trabajo, completó en su diario.

Las reuniones se sucedieron inmediatamente, día tras día. No les quedaban apenas horas libres con tanta reunión. Trabajaban contrarreloj pues quedaban sólo cuatro meses. En ese tiempo debían desarrollar su propia estructura empresarial o llegar a acuerdos con otras que les facilitasen esos servicios. De momento no disponían siquiera de un local donde instalarse. Carlos, el director técnico, había recomendado uno.
 
-Es un edificio estupendo, comentó. Tiene cuatrocientos metros, es independiente, con plazas de garaje propias y está en una zona muy tranquila de la capital, cerca de  Arturo Soria.

Así lo escribió Ernesto en su diario, antes de ir a verlo en una mañana de enero, a la vuelta de las vacaciones de Navidad. 

Curiosamente ya lo conocía don Cándido y lo había rechazado. Le pareció pequeño y mal ubicado. Para alguién que no conoce bien la capital esa zona residencial le quedaba muy lejos. Además, se perdieron cuando fueron a visitarlo la primera vez. El chofer, recién contratado, era de Zaragoza y no conocía tampoco la ciudad. Tardó más de cuarenta y cinco minutos en localizar el edificio. No dejaban de dar vueltas en su Audi por las inmediaciones sin que ni siquiera el GPS fuera capaz de orientarles.

Meses después ya le pareció estupendo y lo compró rápidamente por dos millones de euros.

En las primeras semanas de noviembre Ernesto se mantuvo hospedado en un pequeño hotel. A los pocos días le ofrecieron un apartamento muy céntrico en la Plaza de España, propiedad de la empresa. Sofía, la secretaria de dirección, le entregó enseguida las llaves para que lo viera. 
 Sólo su buena situación a un paso del centro neurálgico de la capital le convenció. Se notaba que había permanecido desocupado durante muchos años.Tenía dos habitaciones, un baño, salón y una pequeña cocina. Era muy oscuro, con escasa iluminación eléctrica y sin apenas decoración. Sólo unos cuadros antiguos tapaban las paredes necesitadas de una buena pintada. Lo mejor era su ubicación en plena Plaza de España junto a la Gran Vía y cerca de la Plaza de Callao. Encontró que no funcionaba tampoco el aire acondicionado. La instalación obsoleta estaba rota. En verano, con temperaturas de más de cuarenta grados resultaría necesario. Ahora en invierno la calefacción central calentaba con fuerza. Tuvo que abrir más de una vez las ventanas para que se ventilara. Pero en verano sin aire acondicionado se asfixiaría por las noches. Puso el problema en conocimiento de Sofía que le garantizó que lo solucionaría antes de la primavera. Una promesa que como otras no se cumplieron en los meses que vivió allí. Menos mal que agosto lo pasaba en la Costa del Sol…


miércoles, 10 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (5)

                                                  


    “Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”
                                                                                     (Mario Benedetti)




La investigación de la policía municipal acabó una vez que redactaron el atestado de tráfico y pasó a la brigada criminal por indicación del abogado de la familia, Daniel Jiménez, que había presentado una denuncia en comisaría por un presunto delito de homicidio. Al abogado, conocedor de todos los entresijos de las empresas, no le convencía la apariencia de accidente y enseguida tuvo en su mente a varios sospechosos. Por eso, desde el primer momento, contactó con un amigo en la Dirección General de la Policía al que le pidió que le asignara un inspector de confianza para que investigara todas las circunstancias del caso.
-Mira, le dijo Daniel, ya sabes que don Cándido tiene amigos en el Gobierno y estamos muy interesados en que esto se esclarezca rápidamente.
-No te preocupes que te pondremos al mejor inspector que hay en Madrid, muy discreto y eficiente. Está a punto de jubilarse y tiene mucha experiencia.
-Gracias. Y por supuesto que todo lo que necesite...Queremos resolver esto cuanto antes y sin hacer demasiado ruido. Ya sabes que hay mucha gente que le tiene ganas y podrían aprovechar las circunstancias para… Bueno, ya me entiendes, para sacar trapos sucios pasados…
-Tranquilo Daniel que haremos todo lo posible por resolverlo con rapidez y sin que trascienda demasiado a los medios de comunicación.
El informe policial recogía que hacia las 02,33 de la madrugada del sábado se había producido un atropello en el paso de peatones regulado por semáforo. No hubo testigos del accidente, ni transeúntes ni conductores. Añadía que el vehículo causante del atropello se dio a la fuga después de un fuerte impacto en la parte derecha y de pasarle la rueda por encima del cuerpo. Se encontraron restos de un faro y huellas de neumáticos que se estaban analizando. El estado del peatón atropellado era de extrema gravedad y permanecía en coma profundo.
Así de escueto fue redactado el atestado ante la falta de otros datos que lo complementaran. La policía realizaba las pesquisa para identificar el modelo de vehiculo, su matrícula y la identidad del conductor mediante la supervisión de las cámaras  de tráfico instaladas en el mismo cruce. 
Ni siquiera el chofer que acababa de dejar a don Cándido en la acera opuesta a su casa pudo ver el accidente. Se apresuró en continuar al garaje y marcharse. Acumulaba más de catorce horas seguidas trabajando, era viernes de madrugada y quería irse a descansar. De hecho Lucio, el chófer, no se enteró de lo ocurrido hasta la mañana del domingo cuando fue a buscarle para ir de caza a una finca de Cáceres. Durante el año que conducía a su servicio no se había retrasado en ninguna de sus citas. Era un hombre muy metódico y puntual.
Pero esa mañana, después de esperar más de un cuarto de hora con el vehículo en doble fila debajo de su portal, se extrañó. Llamó a su móvil y no lo cogió. Le pareció muy raro pues llegarían tarde y don Cándido no faltaba a sus citas. Y menos a una montería a la que acudirían políticos y empresarios muy influyentes. Le había escuchado conversaciones por teléfono en el coche y comentarios sobre el evento durante toda la semana.
Por fin se decidió a llamar a su domicilio. Descolgó el portero automático su hija Verónica quién le invitó a subir. Todavía le pareció más extraño porque en los meses que llevaba trabajando a sus órdenes nunca le habían hecho ese ofrecimiento.
Subió en el ascensor y al llegar al tercer piso le esperaba su hija con la puerta abierta. Le hizo pasar al salón. Sorprendido por tanta amabilidad y sin tiempo a mediar una palabra Verónica se le echó a llorar en sus brazos, sollozando y sin que comprendiera qué quería decirle.
- Mi padre está muy mal Lucio, le dijo entre lágrimas.
- No sé si saldrá de… Está en coma en el hospital. Le atropelló anoche un coche cuando venía a casa.
- Pero como es posible, si le dejé en la puerta…balbuceó Lucio sin saber qué decir en esas circunstancias.

Verónica era una joven muy atractiva de veinte años, morena, con el pelo largo y de ojos verdes claros. Siempre elegante, vestía modelos muy caros, de marca, propios de nuevos ricos. Ahora Lucio la tenía entre sus brazos mientras olía una fragancia intensa a rosas que exhalaba de su ropa. Ni siquiera llegó a abrazarla, no sabía donde poner sus manos, y era ella la que le rodeaba en un impulso en busca de protección.
En un instante, sin más tiempo para disfrutar el momento, sonó el timbre del video portero situado en el vestíbulo. Verónica se soltó bruscamente y se dirigió a descolgar el telefonillo.

           - Sí, quién es...
        - Hola, soy el inspector Sánchez. Vengo para hablar con la familia de don Cándido de Blas.
               -Adelante, suba por favor, le dijo Verónica mientras se acicalaba el pelo y se secaba las lágrimas con un Klinex.

El inspector llegó enseguida y tras ser recibido por la joven que le dio dos besos pasó también al salón en donde aguardaba Lucio. Una habitación de gran tamaño con dos sofás muy cómodos, una chimenea y presidida por una escultura que parecía de mucho valor. Le presentó a Lucio que le estrechó la mano, todavía desconcertado por lo que acababa de vivir.
- Siento mucho lo sucedido señorita, dijo el inspector Sánchez. Desde este momento estoy a disposición de ustedes para esclarecer las circunstancias de este desgraciado accidente.
- Muchas gracias inspector. Mi madre no se encuentra en casa. Está en el hospital. ¿Qué necesita saber o con quien quiere hablar?
- Quisiera contactar con alguien de la empresa lo más rápidamente posible para que me facilite información de los nombres y datos de los empleados para comenzar la investigación. Aunque sea domingo me trasladaré al centro de trabajo o donde me digan y me pondré manos a la obra. No le quiero molestar más.
- No es molestia, muchas gracias. Si quiere, Lucio, que es el chofer de mi padre le llevará a las oficinas y le pondrá en contacto con el jefe de personal para que le facilite toda la información que precise.
- Muchas gracias. No la molesto más. Si necesita alguna cosa no tiene nada más que llamarme. Este es mi teléfono. 
Le entregó una tarjeta de visita y abandonó el domicilio. Durante el trayecto a las oficinas el inspector le sometió al primer interrogatorio de los muchos que iba a realizar a todos los empleados. El chofer fue la última persona que estuvo con él apenas unos segundos antes del atropello. Le contó que no había visto nada pues se metió muy rápido al garaje para aparcar el coche. La entrada se encuentra junto al semáforo en donde se apeó don Cándido, enfrente de su domicilio. Después se marchó enseguida, sin enterarse de lo que había sucedido, por la salida del subterráneo que daba a otra calle.
        -¿Cómo es posible que no viera nada si la entrada al garaje está muy cerca del lugar de los hechos?, le inquirió el inspector mientras se dirigían a las oficinas de la compañía.    
   -Muy sencillo, de dijo Lucio en evidente estado de nerviosismo. Porque estaba muy cansado y me marché rápidamente. Llevaba más de catorce horas de servicio y tenía prisa por irme a casa. Le dejé en la puerta del garaje, como siempre...,continuó sin darse un respiro. Y mientras él se disponía a cruzar la calle yo entré en el garaje. Dejé aparcado el coche en su plaza y me llevé el mío estacionado allí. Como la salida es por otra calle, no me enteré de nada. De hecho hasta esta mañana no he tenido noticia... ¿Es que sospecha de mí?, se revolvió Lucio.
   -No, claro que no. Pero me sorprende que me diga que se bajaba y cruzaba la calle, como siempre a pie. ¿Por qué no le dejaba en la puerta de su casa que está enfrente y así no tendría que cruzar toda la calle con ese semáforo tan peligroso y con tanto tráfico?
        -Pues porque había que dar toda la vuelta a la manzana para volver a entrar al garaje y él me había ordenado que lo hiciera de esa manera. Y así lo hacía siempre...
         -Ah, ja,ja, carraspeó el inspector. Y esa costumbre la conocía más gente de la empresa, además de usted.
          -Pues no lo sé..., dudó en principio. Yo hago lo que me dice el jefe y a callar. A nadie se lo he dicho, pero…bueno más de un directivo ha viajado con nosotros y se han bajado en este mismo sitio. No me parece... ¿por qué lo dice?
          -Por nada, por nada, quiso zanjar el inspector. Y dice que varios directivos han viajado algunas veces con don Cándido y se han bajado en el mismo lugar. Dígame quienes son, por favor…

Lucio le facilitó los nombres de todo el staff directivo y de su secretaria personal. El inspector Sánchez los anotó en una libreta que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Al sacarla, le permitió entrever por el espejo retrovisor una funda de cuero marrón con un revolver cerca del pecho. Continuaron el viaje por la M-40 en dirección a las nuevas oficinas de la compañía. Había muy poco tráfico en esa mañana soleada y fría.
Aunque era domingo el accidente había alarmado a los empleados que vivían en la capital y avisados por el director de personal se encontraban en sus puestos de trabajo. Sólo faltaban los que residían fuera de la ciudad que hasta el lunes no se incorporarían. La noticia se propagó ya rápidamente pues en lo boletines informativos no se dejaba de contar cada hora, con los partes médicos que facilitaba el hospital. Las muestras de apoyo también se sucedieron. El director general se puso al frente del comité de crisis. Solo faltaba Ernesto que no respondía en su móvil.


jueves, 4 de octubre de 2012

BESOS DALTÓNICOS (4)

                                              


Por primera vez había cogido el gusto por la soledad. ¡Cuánto ayuda la soledad a poner en orden la cabeza!
                                                       (Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada)



Todo empezó en la habitación de un hotel de playa, en el Puerto de Santamaría, tras una jornada de trabajo por Andalucía. En la soledad de la habitación Ernesto decidió ponerse a escribir el relato de su experiencia al lado de un hombre de negocios dueño de las empresas para las que trabajaba. Lo había pensado muchas veces en los últimos meses.
Un vaquero que se hizo millonario gracias al pelotazo con una empresa de comunicación. Treinta millones de euros fueron la condena final. Ernesto Navarro que trabajaba desde hacía más de seis años bajo sus órdenes no se lo podía creer. Acababa de escuchar la noticia por la radio, los informativos no dejaban de repetirla en cada boletín horario. Pensó que debía llamar a su jefe y buscó el número del móvil. Le saltaba el buzón de voz y sólo dejó un breve mensaje con la enhorabuena.

El pez chico estaba a punto de comerse al grande, sentenció finalmente en el cuaderno de tapas rojas.
Algunos de los adjetivos con los que sus enemigos le calificaban decían que era un hombre insaciable, rapaz y sanguijuela. Y quizá se quedaban cortos, pensó Ernesto cuando leía unas declaraciones en diarios digitales que enseguida se hicieron eco de la sentencia.
Los periódicos nacionales, en sus secciones especializadas, dedicaron también grandes titulares. Su perfil personal y profesional estaba muy cuidado, lo trataban de gran empresario, el de mayor éxito en España en los últimos años. Miembro del círculo de empresarios y de otros foros, a punto estuvieron de premiarle en alguna revista como Empresario del Año. No en vano don Cándido se había preocupado de compensar con extraordinarias campañas publicitarias a esos diarios de grandes tiradas y tarifas millonarias. También en las revistas más influyentes aparecieron anuncios a doble página. Algunas migajas para los emergentes diarios digitales les compensaba por tratarle con excesiva benevolencia, escribía sin parar en su cuaderno.
Las informaciones no se compran o se venden sino con campañas de publicidad a toda página y en color. No es necesario presionar de otra manera. Se trataba de un hombre hecho así mismo, siguió escribiendo con la Mont Blanc, curtido en la más dura escuela de la vida. Desde su más tierna infancia acarreando cántaros de leche de caserío en caserío. Bajito, de un metro sesenta, moreno y con poco pelo, con apenas estudios primarios y ex boxeador.

Estos detalles de su biografía los conocía de su propia confesión a lo largo de los almuerzos de trabajo que habían compartido muchas veces. Otras confidencias eran de Juan Aguirre, su amigo y compañero de la infancia, gerente de sus empresas. Juan permanecía ahora postergado y enfermo por el acoso sufrido durante un año. Trataba con la misma distancia a sus rivales empresariales como a sus más directos colaboradores o empleados. Incluso peor a estos últimos. Por eso, si lo conocieran-pensó Ernesto- no se utilizarían expresiones tan halagadoras en los medios de comunicación. No entendía como era tan mezquino cuando, por fín, la vida le había sonreído con tanta generosidad.

En la soledad del apartamento, junto a la playa, Ernesto había decidido contar estas experiencias para convertirlas en una novela o quizá finalmente llevarlas a la práctica. No le resultaría sencillo y le podía costar su puesto de trabajo si llegara a sospecharlo. Por ello, no habló del proyecto ni con su mejor amigo, Carlos. Ni siquiera con su mujer. Guardó con mucho celo aquel secreto que escondía finalmente la intención de acabar con él.

Pensó en  varios títulos para su obra: “30 razones para matar al jefe” o “Cómo acabar con el jefe". Consideró que resultaban demasiado explícitos y que ya se le ocurriría algo. Ahora lo importante era seguir dando forma al proyecto y plasmarlo en los escritos que recogería en su cuaderno-diario. No descansó en casi toda la noche confeccionando un esquema con las historias que se le agolpaban. Ernesto rememoró cómo se inició en los medios logrando unas concesiones que nunca llegó a explotar y la creación de una gran compañía a nivel nacional más tarde. La elección de una nueva marca comercial resultó innovadora. Finalmente firmó un contrato millonario y leonino con una gran empresa a la que estuvo a punto de arruinar. Era como el inquilino que se encuentra de prestado en una casa, en donde no paga ni el alquiler, ni los gastos de comunidad y que al final se queda con el piso.

A cualquiera le gustaría disfrutar de una situación semejante en los negocios o en la vida cotidiana. Pues así funcionaba en los negocios su jefe, escribió Ernesto. Pero ¿cómo lo conseguía? Ernesto dudó si sería capaz de explicarlo y que fuera verosímil. Conoció a personas que le vieron ascender y que no daban crédito a su éxito. Lo recordaban como una persona trabajadora pero escasamente preparada y ruda en el trato. ¿Cómo había logrado alcanzar ese estatus en los medios de comunicación? No tenía estudios ni pertenecía tampoco a ninguna familia influyente.
En los años 80, en plena carrera por abrirse un hueco en los medios audiovisuales, había conocido a don Cándido, como gustaba que le llamasen. Se iniciaba en una actividad totalmente desconocida para él, cuando Ernesto dirigía entonces una pequeña emisora de provincias. Le pareció un hombre campechano, un poco tosco en el trato pero aparentaba sinceridad. En realidad era un hombre de paja en un conglomerado político-empresarial. Y el hombre de paja se hizo fuerte y habitó entre nosotros, tituló Ernesto en su diario.
Poco a poco fue controlando más empresas a través de un entramado y apoyados por el partido en el poderconstituyeron un potente grupo de comunicación a su servicio. El proyecto  inicial se quebró cuando un directivo despechado denunció la trama llevando a la cárcel a algunos destacados dirigentes. Entonces don Cándido aprovechó la confusión y en la desbandada general  se hizo  con el control de las sociedades fantasma que adquiriró a bajo precio.
Su táctica siempre se basaba en obtener ventajas, concesiones o prebendas de manera gratuita para explotarlas con el menor riesgo económico, sentenció finalmente Ernesto en esa primera noche en la que inauguró su diario.

Todo era virtual en las empresas. Desde la sede social situada en una gran avenida de la capital de España hasta el número de trabajadores que apenas sumaban varias decenas en todo el país. La sede servía sólo como dirección postal donde llegaba todo el correo. No había oficinas de trabajo, ni apenas empleados.
Ernesto tenía curiosidad por conocer que se escondía en esa misteriosa dirección de correo. Por eso se escapó en cuanto volvió a Madrid tras su periplo viajero por el sur. Desde la Plaza de España subiendo en dirección a Callao, junto a una boca de metro, se encontraba la misteriosa dirección. El inmueble no era de los más lujosos de esa zona. Más bien al contrario, antiguo y un poco desconchado.

En la puerta, muchas placas doradas daban cuenta que el edificio albergaba sólo oficinas y despachos. Ninguna señal exterior o en el directorio del portal mostraban signo alguno de lo que buscaba. Entró decidido hasta el final del estrecho pasillo que desembocaba en un patio amplio. Allí en medio, un mostrador semicircular abarrotado de sobres que trataba de ordenar un portero. Se dirigió al enchaquetado que se afanaba en colocar la correspondencia en montoncitos con una goma.

-Hola, buenos días, le dijo Ernesto.
-Buenos días, le respondió el portero sin levantar la vista de su tarea.
-Estoy buscando las oficinas de don Cándido de Blas.

En ese momento, al oir el nombre se quitó las gafas que sostenía en su pequeña nariz y se puso a la defensiva.
     -Y para qué quiere Vd. saber dónde están las oficinas de don Cándido de Blas.
     -Bueno,-le contestó Ernesto que llevaba preparada la respuesta- soy funcionario de la inspección de telecomunicaciones y quisiera verle. Creo que es el administrador único y propietario de sesenta y cinco emisoras que el Ministerio quiere inspeccionar y no hay manera de dar con él.

El portero carraspeó sorprendido y le confirmó que en esta dirección sólo se recogía la correspondencia oficial de sus empresas que luego enviaba a otro domicilio. Miró en una agenda y le indicó las señas exactas. Ernesto ya había conseguido averiguar el escondite legal de su jefe.

Cuando se lo contó a su amigo Pepe y también su intención de escribir sobre ello, éste torció el gesto y le aconsejó que no lo hiciera.
   -Es capaz de todo, es muy vengativo y haría todo lo que            estuviera en su mano para impedirlo, le advirtió muy serio.
Pepe Fernández era su amigo además de su compañero de trabajo, hacía muchos años. Él llevaba una década con don Cándido y lo conocía mejor.
         -Yo cuando me vaya de aquí no quiero saber nada de él, le  dijo Pepe.  
           No diré ni que le he conocido. No me fío...
Parecía una premonición, unos meses más tarde Pepe dejaba la empresa deprisa y corriendo, casi sin avisar.
A Ernesto le sorprendió el temor que le mostró su amigo e intentó sonsacarle más información. 
- Pero que me va a pasar...me va a partir las piernas, afirmó en tono jocoso para tratar de distender el ambiente.
- No te diría que no, le cortó.
- Mira-continuó Pepe- y esto lo negaré a quien me lo pregunte. Yo he visto aquí cosas increíbles...He contratado a un investigador privado para que siguiera y controlara a un juez…
- ¿Qué me dices?, respondió Ernesto sorprendido.
- Bueno, no te digo nada más, porque no quiero involucrarte en algo muy oscuro, sentenció Pepe. 
- Pero eso es muy fuerte…
- Vamos a hablar de otra cosa, cortó. Sólo te digo y te aconsejo que te olvides de él. Que hagas tu trabajo, lo mejor posible; y te vayas buscando otro para salir de aquí en cuanto puedas. Yo, al menos es lo que estoy haciendo y no me quedan muchos meses para marcharme.
-Si, quizá eso será lo mejor, concluyó Ernesto para tranquilizarle pues la conversación se había puesto tensa.
De esta charla se habría de acordar muchas veces en los meses siguientes. Primero, cuando algunos medios de comunicación publicaron la noticia de un turbio asunto sobre un supuesto soborno a un juez. Pero sobre todo cuando comprobó  por sí mismo que su amigo llevaba razón en su análisis de la situación. Las cosas no se ven claramente hasta que no nos afectan directamente, en nuestras propias carnes. Por mucho que seamos advertidos de antemano de los riegos.