“Para escribir novelas no hace falta imaginación, sólo memoria. Las novelas se escriben
combinando recuerdos”
(Javier Cercas, Los soldados de
Salamina )
Los lunes, de vuelta en
Madrid, se le acababa a Ernesto el relax y sosiego de Málaga. Del fin de semana
en la Costa del Sol, en donde vivía su familia, a los lunes sin sol metido en los despachos, de reunión en reunión. Don
Cándido vivía a pocos metros de la oficina y acudía muy temprano con ideas o propuestas que traía escritas en un
cuaderno.
El cuaderno de “petete”. Una expresión que había acuñado entre
sus compañeros, parodiando la imagen jocosa que ofrecía
cuando aparecía con su cuaderno debajo del brazo. Entraba al despacho de Ernesto, se
sentaba enfrente y le leía las cuestiones
que traía anotadas. Parecía el examen semanal de cada lunes.
Cifras, porcentajes que volvía a repetir una y otra vez. Ernesto creyó al principio que se trataba de un gesto de confianza, que su opinión contaba para él.
Pero no, era otro espejismo. Don Cándido quería contrastar sus
informaciones y después actuar como más le conviniera. Porque si Ernesto
le argumentaba lo más correcto, fruto de su
experiencia profesional, éste le rebatía diciéndole que estaba loco y que no podía
ser así. Aunque, en el fondo, supiera que su respuesta era la más lógica. El ceremonial lo repetía con otros directivos a los que volvía a preguntar lo
mismo, sometiéndoles a idéntico cuestionario.
Ernesto se evadía de esta rutina laboral con la escritura en su diario donde evocaba sus largos viajes. Recordaba sus comienzos en la empresa y sus recorridos solitarios por tierras del sur: desde las playas de Alquián en Almería a las marismas de Huelva. En el fondo
agradecía la posibilidad que le permitía este trabajo para conocer Andalucía, Valencia y Murcia. Las
tierras extremeñas que también visitó no le eran ajenas porque había pasado largos veranos en su infancia. Lo escribió así en el diario:
12 de
Marzo de 2009. Estruendo en Valencia
No se me olvidarán las Fallas que conocí por primera vez. Con los oídos todavía taponados por el ensordecedor ruido de los petardos y tracas. Con el olor a pólvora y el humo que el viento de levante acercaba hasta el segundo piso del edificio Generalli. Escribo en mi diario estos y otros recuerdos de mis viajes por las tierras del Sur. Son los relatos de un viajero solitario. La radio ha querido que mi espíritu viajero recobre energía. Quiero conocer nuevas tierras y sus paisajes.
Tras estas líneas en su cuaderno de bitácora continuaba el relato con su paso por el chiringuito de la playa de Alquián, en Almería, en abril del mismo año:
El
mar es tranquilo y el lugar difícil de encontrar. Se llega por una estrecha carretera junto a
un lateral de la pista del aeropuerto almeriense. Allí localicé el sitio tras girar en un cruce mal señalado y por un camino de tierra. El “chiringuito de Alquián” se llama y está repleto de comensales aunque parece un merendero desvencijado. Los coches aparcados a la puerta se ven
desde la carretera y permiten encontrarlo. Vehículos lujosos que contrastan con la modestia del local. Un barracón en la misma playa con techo de uralita y
estructuras de aluminio adosadas que han crecido conforme lo
hacía la clientela. El camarero
que me atiende, Francisco, es el dueño y explica con orgullo el éxito del restaurante:
- Aquí
vienen gentes de todo tipo. Desde familias enteras el fin de
semana a directivos de alto nivel entre semana. Son
muchos años en los que hemos trabajado mi mujer, mi
suegra y los hijos. La clientela aprecia el trato y la calidad de los
productos... y siempre repiten.
Sentado
en una mesa para dos, el viajero solitario ve pasar bandejas de
mariscos, cigalas, gambas a la plancha, puntillitas, boquerones
fritos…y el gambón rojo que dicen es el mejor de este mar
almeriense.
Fuera
empieza a llover. Una ligera lluvia que presagia una tormenta que se aproxima por los montes que rodean
Almería.
Cierra su
diario y descansa, el lunes llega pronto.
La vuelta a Madrid le deparó su primera reunión importante en la que don Cándido llevó la voz cantante y se mostró en estado puro.
“Uno
habla, los demás escuchan, asienten o reafirman sus palabras con gestos.
Pocas veces nadie le contradice. Son monólogos consentidos”.
Escribió Ernesto y describió como se desarrollaban aquellas sesiones. Lugares
comunes, frases hechas que se repitían una y otra vez. Un ceremonial
reiterado que en aquella primera ocasión llamó su atención...
-
¡La “vaquiña” por lo que vale, a mi no me engañan esos!, dijo
contundente don Cándido ante la cara atónita de sus directivos.
Y prosiguió, casi sin parar:
Y prosiguió, casi sin parar:
- ¡A ver si
se van a creer esos que soy tonto porque no he estudiado! ¡Yo tengo a mis
órdenes a los mejores abogados de este país...que mis dineros me
cuestan!
Todo dicho así seguido, de corrido, sin que ninguno de los asistentes tenga tiempo de asimilar lo que escucha. Asienten con la cabeza y Ernesto esboza una leve sonrisa cuando don Cándido clavó en él su mirada. Una mirada que no habría de olvidar y que le quitó el sueño en más de una noche.
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