miércoles, 9 de enero de 2013

BESOS DALTÓNICOS (27)

- Hay seres humanos que no pueden ir a Fantasía, y los hay que pueden pero que se quedan para siempre allí. Y luego hay algunos que van a Fantasía y regresan. Como tú Sebastian. Y que devuelven la salud a ambos mundos”

                                           (Michel Ende, La historia interminable)





El juzgado de guardia le pasó el caso al de Instrucción número 8 cuando se presentó a declarar la mujer de Carlos. Habían transcurrido sólo unos días desde su encarcelamiento. El auto de prisión estableció una fianza millonaria que no podían pagar, pero fue recurrido ya por su abogado. 
 
En el escrito se aportaban las pruebas que demostraban que el matrimonio estuvo en el balneario gallego de la Toja durante cuatro días, entre ellos el del accidente. Se adjuntaban copias de las facturas del hotel, con llamadas telefónicas realizadas desde la habitación durante esos días y la referencia de los testimonios de empleados que podrían certificar ante el juzgado. Además, argumentaba el abogado, que resultaba de todo punto imposible desplazarse desde la isla de La Toja a Madrid sin que se enterasen en el hotel o notasen su ausencia. En coche se tardaban más de siete horas para cada trayecto, pues la salida y entrada a la isla hasta llegar a Pontevedra resultaba complicada. Y luego, al menos otras seis horas para llegar a la capital. Es decir, que hubiera necesitado más de un día fuera del balneario, entre la ida y la vuelta, para llevar a cabo el supuesto atropello. Y su ausencia la hubieran notado en el hotel.

El testimonio de Natalia ante la jueza fue muy convincente:

- Estuvimos descansando en el balneario durante cuatro días. Y como comprenderá no nos íbamos a ir hasta allí arriba, metidos en una isla para descansar, para volvernos a Madrid y perder un día entero…
- En esta época de temporada baja- continuó Natalia- había muy pocos huéspedes. Para el segundo día ya nos conocían todos los empleados del hotel. Ellos podrán confirmar que no nos movimos de allí en los cuatro días. Estábamos descansando, señoría. 
- Y qué hicieron en esos días, no salieron del hotel…
- Prácticamente no. Nos dimos unas sesiones de masajes, de tratamientos contra el estrés en el balneario, nos bañamos en la piscina climatizada todos los días…No sé, fuimos a descansar y sólo salimos alguna mañana antes de comer, a jugar al golf y a dar un paseo por la isla.

La juez de instrucción revisó el auto de prisión y leyó el recurso presentado por el abogado, junto con las pruebas aportadas. Solicitó que llevaran al detenido a su presencia de manera inmediata, para proceder a interrogarle. También habló con la comisaría para que se personase el inspector Sánchez.

A estas alturas, con la que se había liado en todos los medios, ni la juez podía aislarse del ruido mediático que se generó. No parecía sensato mantenerlo en prisión un día más a la vista de las pruebas y testimonios que se le acababan de presentar. El escándalo sería aún mayor en cuanto se conocieran estos nuevos hechos por todos los medios. Y seguro que se sabrían, pensó la magistrada, dada la difusión y alcance de que gozaba el caso.

El informe policial no disponía apenas de base. No entendía como su colega decidió mandarlo a prisión, eludible eso sí por una fianza, a la que tampoco podían hacer frente. Las supuestas pruebas eran circunstanciales que se caían con la versión del acusado y por las aportadas por su esposa y el abogado defensor. No había caso.
El inspector Sánchez fue sometido a un tenso interrogatorio del que salió mal parado. Ni siquiera las huellas encontradas en el interior de su vehiculo se podían certificar como recientes. Más bien parecían de muchas semanas, o quizá meses. Lo mismo se podría decir de las de Ernesto Navarro, al que la policía seguía buscando insistentemente.

- No me dirá, se dirigió la juez al inspector con tono airado, que la única prueba que tiene también contra el otro sospechoso es la misma que ha aportado contra Carlos Ferrín.
- No, señoría. Tenemos otras pruebas que demostrarán que Ernesto Navarro estuvo en Madrid la noche del accidente. Lo ha estado ocultando y mintiendo por lo que creemos que él está implicado en este caso.
- Pues, tráigamelo cuanto antes, que bastante ruido están haciendo ustedes con todo este caso.
- Estamos en ello señoría. No aparece, y lo mismo se ha dado a la fuga por la frontera de Portugal. Hemos establecido controles en las carreteras…
- No me cuente películas inspector, le cortó la juez.
- Localícenlo, deténgalo y me lo traen aquí con esas nuevas pruebas. Y no nos hagan perder más el tiempo y quedar en ridículo… Esto es todo.
El inspector Sánchez salió del juzgado con la sensación del boxeador noqueado. Había recibido por todos los lados. Seguro que la juez pondría en libertad a Carlos en muy pocas horas y se organizaría otro enorme escándalo en los medios. Sólo les quedaba darse mucha prisa con la detención de Ernesto. Otro error más le dejaría en muy mal lugar ante la familia de don Cándido y sus superiores.

Ernesto y su esposa permanecían mientras tanto refugiados en el apartamento de Barbate. Desde allí pudieron comprobar el enorme despliegue montado frente al Hotel Dos Mares en Tarifa, en donde se habían quedado sus maletas. Todas las televisiones conectaron aquella noche en los telediarios. ¡Cómo para presentarse en estos momentos! Seguro que a estas horas la policía habría registrado la habitación en donde se quedó su ordenador portátil. 
 
No sabían qué decisión adoptar y volvieron a hablar con el abogado. Éste le informó de la puesta en libertad de su amigo Carlos y de la intensa búsqueda de la policía que controlaba incluso la frontera portuguesa.

- Y si me presento en Madrid en el juzgado que está llevando el caso…
- Me parece una buena idea Ernesto, porque la juez está un poco mosqueada con la policía y te puede dejar en libertad en cuanto tenga alguna duda sobre las pruebas que presenten.
- Pues haré eso. Me iré en el Ave a Madrid y María volverá al hotel a recoger nuestras pertenencias. Y que sea lo que Dios quiera…
- No te preocupes Ernesto que te estaré esperando. Me llamas en cuanto llegues a Atocha y nos vamos al juzgado.

Así lo hicieron a primera hora de la mañana siguiente. Maria le llevó en su coche hasta la estación de Málaga y luego volvió al hotel de Tarifa. El viaje de vuelta se lo tomó con calma, esperando a que transcurrieran más de tres horas para que le diese tiempo a su marido de presentarse en el juzgado. En cuanto recibió el esemese de Ernesto - ya stoy en madri.todo ok.bsos - se dirigió al hotel de Tarifa que afortunadamente ya no ofrecía el despliegue de periodistas y cámaras de las jornadas precedentes.
La policía la identificó en cuanto dejó aparcado su vehículo en la explanada del hotel. Le acompañaron a la habitación a recoger sus maletas.

- ¿Donde está su marido?, le preguntó el subinspector malagueño que estuvo con Sánchez en la cita de la Carihuela una semanas antes.
- A esta hora supongo que compareciendo ante el juez en Madrid.
- ¿Cómo? Entonces no se ha dado a la fuga…
- Por qué se iba a fugar. No tiene nada que ocultar.
- Muy bien, recoja todos sus enseres y acompáñame a la Comisaría de Málaga.
- No puedo pasarme por casa y ver a mis hijos. O ¿es que estoy yo también detenida?
- No, de momento no. Bueno, le acompañaremos a Torremolinos y luego le diré qué hacemos. Tengo que hablar con mis superiores. Vámonos que ya hemos perdido bastante tiempo.
- Desde luego. Y encima no nos han dejado descansar...
El último parte médico del herido añadía más pesimismo a su estado de coma irreversible. La familia de don Cándido no tenìa ya ninguna esperanza. Reunidos en una salita anexa a la habitación de la UCI, Elisa con sus hijos y Daniel se consolaban mutuamente. Barajaron la posibilidad de trasladarle a la mejor clínica del país o del extranjero. No repararían en gastos si les daban alguna probabilidad de mejoría. Pero los propios médicos del hospital madrileño no aconsejaban siquiera moverlo de allí. Sólo cabía seguir esperando.

En ese momento entró en la sala de espera Sofía, con una leve sonrisa en los labios, desconocedora de las malas noticias que los médicos acababan de comunicarles. Llegaba sonriente porque de todas las llamadas recibidas tras los anuncios en la prensa, una de ellas mostraba una gran verosimilitud. Disponía del teléfono del joven que anunció conocer al conductor del vehículo que provocó el atropello. Lo había llamado más de cuatro veces en esa tarde pero no contestaba. Sin embargo, el joven se puso en contacto a través de un correo electrónico en el que ofrecía más detalles y proponía un encuentro con un representante de la familia. Lo malo era que pedía el pago de una cantidad por adelantado. Facilitaba un número de cuenta en donde hacer efectivo el primer pago, a cuenta del millón de euros prometido. Además, exigía que a la cita señalada para dos días después en una cafetería de Vallecas, acudiera sólo el portavoz de la familia con un contrato y las condiciones del acuerdo.

Daniel leyó el e-mail detenidamente y se lo pasó a Elisa. Reclamaba el pago de cien mil euros antes de la primera entrevista, a la que sólo podía acudir una persona. Antes, tendría que identificarse mediante una fotografía remitida también por e-mail. Si descubría que había policía en las inmediaciones, tampoco acudiría a la cita y se quedaría con la cantidad pagada a cuenta.

La propuesta no resultaba aceptable de ninguna manera y debía comunicárselo a la policía. Parecía un chantaje. Sin embargo, Elisa se adelantó a la opinión de Daniel y se mostró muy tajante.

- Daniel, prepara un contrato con las condiciones que ofrecíamos en el anuncio y transfiere mañana mismo ese dinero que pide.
- Pero Elisa, me parece una barbaridad…
- No admito reparos, tenemos que saber qué ocurrió de verdad aquella noche. Yo no puedo vivir con esta incertidumbre, con mi marido muriéndose y saliendo todos los días en los periódicos con escándalos…

En ese momento se echó a llorar en los brazos de Sofía, a la que se susurró al oído.

- Y tú Sofía, insiste con el teléfono y mándale mañana un correo adelantándole que estamos de acuerdo, pero que tenga cuidado y que no nos engañe. Porque si es así le localizaremos y entonces si iremos con la policía.
- Pero Elisa, lo que te quiso decir Daniel es que puede ser un engaño para sacarnos dinero…
- Me da lo mismo. Tenemos que intentarlo… Y se puso otra vez a llorar.

Aquella noche fue la más larga de su vida. Se le agolpaban en su cabeza los recuerdos junto a su esposo. Cómo se conocieron, el breve noviazgo, su embarazo, la boda en la intimidad… Veinticinco años de matrimonio siempre juntos, aunque ella sospechara de sus infidelidades. Siempre rodeado de chicas jóvenes y hermosas, incluso diría que provocativas. Por eso cuando se enteró de aquella relación con una redactora le colocó a su esposo entre la espada y la pared. O la despedía inmediatamente o se divorciaban. Y él sabía que un divorcio le supondría la pérdida del poder en la compañía porque le correspondía más de la mitad. No habían hecho separación de bienes y todo era por mitades. Y sus hijos además la apoyaban. Los tenía de su mano pues era ella quien se había preocupado siempre de su educación, de su cuidado, de todos sus problemas y confidencias.

Con lo que les había costado conseguir todo lo que tenían, pensó. Y este viejo verde se enrolla con una jovencita que podría ser su hija. No dejaba de recordarlo en el insomnio de aquel momento. Menos mal que el problema lo había resuelto ahora pagándole una buena indemnización para que se suspendiera el juicio por acoso sexual. No hubiera soportado otro nuevo escándalo con su marido en coma y los medios azuzándole todos los días.

Sus hijos quisieron acompañarla toda la noche al pie de la cama, porque  esperaban lo peor en las próximas horas. Pero los mandó a dormir para que la relevaran por la mañana. Necesitaba estar sola, quería meditar sobre su futuro sin su marido. Se despidió de ellos, y se quedó pensativa, como ausente.

Lo acababa de decidir. Aunque no les gustase ni a sus hijos, ni a Daniel, ni por su puesto a su marido si volviera de su estado de coma, vendería la empresa y se retiraría del mundo de los negocios. Tenía que decírselo a Daniel para que contactara inmediatamente con la multinacional que se había interesado en la compra.






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