lunes, 14 de enero de 2013

BESOS DALTÓNICOS (28)

                                                                    

Desconfío en la gente que cree tener muchos amigos. Es señal de que no conocen a los demás”

                                          (Carlos Ruiz Zafón, La Sombra del Ángel)





La juez de instrucción le recibió en su despacho. Se presentó acompañado del mismo letrado que asistió a Carlos. Contaba con la ventaja de que ya conocía el caso y las pruebas que esgrimía la policía. El primer tiro les había salido por la culata y no podían errar en otro más. Los medios de comunicación permanecían al acecho, ávidos de un nuevo escándalo de un magnate de la prensa que como un ídolo caído entró en desgracia de la noche a la mañana. La puesta en libertad de Carlos había sido comentada por periódicos, radios y televisiones, además de todos los confidenciales digitales dedicados a los medios de comunicación y de las empresas informativas.

El inspector Sánchez tardó en llegar más de lo que al juez le hubiera gustado teniendo en cuenta que era viernes y había planeado un largo puente en familia. Cuando se presentó le acompañaba el subinspector Álvarez que investigó los billetes del Ave de Ernesto.

A la misma hora, en una vieja cafetería del barrio de Vallecas, Daniel estaba a punto de hacer algo que no quería. Con un maletín de piel en la mano, guantes de cuero, abrigo de felpa marrón y una bufanda cruzó la puerta de un bar mugriento. Los cuatro clientes apoyados en la barra se volvieron nada más verlo entrar. En aquel ambiente no pasó desapercibido. Buscó la mesita junto a la cristalera, como le habían indicado en el e-mail. Estaba convencido que no acudiría nadie a la cita y que todo era una trampa. Un camarero se le acercó y le preguntó qué quería tomar.

- Un café cortado descafeinado de máquina, con un poco de leche fría; le dijo con un tic nervioso y todo seguido.
Miró el reloj por primera vez, pues había llegado un poco más tarde de la hora convenida.

La juez le tomó declaración a Ernesto. Repitió lo que había dicho al inspector. Que estuvo en Córdoba en una reunión de trabajo, que había dormido allí ese viernes y que a la mañana siguiente se volvió a Málaga.
Álvarez le miró a su jefe de reojo, con complicidad, convencido de que estaban a punto de cazarle. Ernesto prosiguió contestando las preguntas del juez y le entregó también los justificantes del hotel y los billetes. No disponía de más elementos que aportar salvo que se pidieran los testimonios de los empleados del hotel cordobés. Además, en su declaración argumentó a su señoría, que “por qué iba a querer matar al jefe. No tengo ningún interés en que le pase nada, me va todo muy bien en la empresa”, concluyó.

El inspector en su turno le rebatió con una rotunda afirmación:

- Pues porque usted supo que le iban a despedir, sentenció en presencia de la juez. La empresa estaba a punto de despedirle y usted lo sabía. Le iba a suceder lo mismo que su amigo Carlos. Y por eso usted tramó sólo o en compañía de otro, la forma de acabar con su jefe. Atropellándole con un coche, al lado de su casa. Usted conocía muy bien sus movimientos, no en vano llevaba los últimos años trabajando codo con codo a su lado.
La juez le interrumpió apremiándole a que aportara alguna prueba y que se dejara de especulaciones, más propias de una película que de la realidad. Entonces el inspector sacó unos documentos fotocopiados y se los entregó.

Habían transcurrido más de quince minutos sin que se le hubiera acercado nadie a su mesa. El café se lo bebió y pidió un vaso de agua fría. Se tomó una aspirina que llevaba en el bolsillo. Se disponía a llamar por el móvil a Sofía para comunicarle que todo había sido un engaño cuando entró por la puerta un joven cubierto con un pasamontañas y gafas oscuras que se sentó en la silla de al lado.

- Soy el testigo que tiene información para usted, le dijo secamente.
- ¿Ha traído el contrato?, continuó.
- Sí, claro, pero antes identifíquese usted.
- Eso luego. Antes quiero ver el contrato. Mientras tanto puede ver estas imágenes que tengo grabadas en mi móvil.
Le entregó un teléfono y Daniel sacó de su cartera unos folios a los que sólo les faltaba poner el nombre y la identidad de una parte.

La juez leyó las copias certificadas que con el logotipo de Renfe acreditaban que Ernesto Navarro había adquirido con su tarjeta de crédito, a través de internet unos billetes del Ave de Córdoba a Madrid y vuelta, para el viernes y sábado del accidente. La fecha de compra era justamente de un día antes.

- ¿Cómo me explica esto?, le preguntó la juez.
- Muy sencillo. En efecto, no puedo negar que compré esos billetes. Pero no llegué a utilizarlos.
- Y por qué no lo había dicho antes…
- No me pareció relevante. Es verdad que tuve la intención de volver a Madrid aquella noche, pero no lo hice. Me quedé en el hotel…
- Y cómo lo va a demostrar, interrumpió el inspector.
- No tengo que demostrar nada. En todo caso tendrán que ser ustedes...
- ¿Nosotros?
- No interrumpa, Sr. Sánchez, le dijo la juez. Prosiga Sr. Navarro.  
- Pues no llegué a coger ese tren. Me quedé dormido. Estaba muy cansado. Subí a la habitación y después de cenar algo, me puse a ver la televisión encima de la cama y me quedé dormido. Cuando desperté eran más de las diez de la noche. 
- Y eso creo que se podrá comprobar, intervino su abogado.  
- En efecto. Tiene usted razón, volvió a terciar la juez.
Y dirigiéndose al policía le dijo:

- Inspector Sánchez, han comprobado si Ernesto Navarro viajó finalmente en esos trenes. Que compró esos billetes parece claro con los documentos que han aportado. Pero que viajó realmente…Parece sencillo comprobarlo, basta con verificar si esos billetes se utilizaron y pasaron por los controles de acceso de las estaciones de Córdoba y Atocha. Habría testigos…cámaras en Atocha, no sé...
 
El policía titubeó. Miró a su compañero. Ambos pasaron por alto tan importante detalle confiando en que el descubrimiento de los billetes y su ocultación por parte del sospechoso era suficiente prueba para demostrar su culpabilidad. Otra vez se había equivocado.

En efecto, se pudo comprobar que en el listado de viajeros de Renfe no figuraba que los asientos 2 A del coche 7, hubiera sido utilizado ese viernes. Ni tampoco, por supuesto, el de vuelta el sábado en el coche 11 asiento 7B. Ambos habían sido presentados como prueba por la policía para justificar esos trayectos.

Las imágenes del móvil no eran muy nítidas, pero podía verse a dos jóvenes riéndose y bajándose de un Renault 19. Uno de ellos era el chaval que tenía enfrente. El otro incluso parecía más joven. Se les veía como los jóvenes miraban el golpe en el coche y tocaban las manchas de sangre de la carrocería. Le quitó el teléfono y leyó el contrato.
A Daniel no le cabía ninguna duda, ambos jóvenes eran los que atropellaron a don Cándido. Dos menores delincuentes que pretendían ahora aprovecharse de la situación y encima cobrar un buen dinero.

- Pero vosotros habéis cometido un atropello que está a punto de matar a una persona muy influyente y rica, que puede acabar con vosotros.
- Qué te pasa tío. Yo no he sido. Era mi amigo el que conducía el coche. Íbamos bebidos a toda leche por la calle y ese pavo se nos cruzó en la carretera. No pudimos hacer nada.
- Ya, pero os disteis a la fuga y seguro que tampoco tenéis carnet de conducir.
- Y qué más da… Si somos menores de edad. Mi amigo tiene quince años… Y además yo estoy colaborando con la justicia, ¿no?
- ¿No estoy contando lo que pasó?, le dijo acercándose a su cara.
- Pero eres cómplice de un delito…
- Anda tío, dame ese papel que yo he cumplido con mi parte. Si quieres saber como se llama el otro y donde vive págame lo que me debes. O si no, tendré que ir yo al juez a contarlo todo…Y a la prensa también. Lo mismo me pagan una pasta por contarlo en exclusiva en la tele… Con estas imágenes quedará muy guai…y tengo más minutos grabados.
La familia no estaba para más escándalos. Había que cerrar el caso cuanto antes. La prueba que aquel chaval les proporcionaba pondría punto final a la investigación judicial. Todo había sido una pesadilla…

Las empresas finalmente se vendieron a una multinacional que pretendía introducirse en el mercado español. Los directivos que quisieron marcharse fueron indemnizados con importantes sumas. Don Cándido permaneció en coma durante casi un año y falleció finalmente.

El joven que conducía el coche estuvo internado durante dos años en un centro especial para menores. Su amigo cobró la recompensa y luego se la repartieron.

Los medios de comunicación recogieron con grandes titulares la resolución del caso. Los jóvenes hicieron declaraciones en las televisiones pidiendo perdón. Aducían que solo quisieron dar una vuelta con el coche que encontraron abandonado. Que estaban bebidos y no sabían lo que hacían.

La delincuencia juvenil había sido la causante del accidente mortal. El asunto se acalló unas pocas semanas después. Como un mal sueño. Como un sueño equivocado. Así se sintió la familia de don Cándido de Blas cuando despertaron al día siguiente de enterrarle en su pueblo natal, en la montaña, en una tarde lluviosa. En la que los colores se confundían a través de las nubes que dejaban pasar un rayo de luz.

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